06/06/2026
El riesgo del sentimentalismo religioso
Aunque los himnarios no son reliquias ni piezas de museo, tampoco son infalibles. Deben cantarse con entendimiento, discernimiento y a la luz de las Escrituras.
La nostalgia por los himnos antiguos es comprensible. Las melodías del pasado evocan recuerdos: la voz de nuestros abuelos, los cultos de antaño, los coros de una iglesia sencilla pero fervorosa.
Sin embargo, el sentimiento no es un criterio teológico.
Cuando el corazón se aferra más a las emociones que a la verdad, se produce una forma de espiritualidad romántica, una fe que idealiza el pasado y teme el presente.
El peligro es sutil: el creyente comienza a sentir que lo antiguo es automáticamente más puro, más santo, más fiel. Pero la historia demuestra que no todo lo antiguo fue saludable y no todo lo nuevo es carnal.
Salomón escribió:
“Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría.” (Eclesiastés 7:10)
El apóstol Pablo advierte:
“Examinadlo todo; retened lo bueno.” (1 Tesalonicenses 5:21)
El examen implica juicio, análisis y discernimiento.
No se trata de cantar lo que “nos gusta”, ni lo que nos resulta familiar, ni lo que nos trae recuerdos de otra época, sino de cantar lo que honra a Dios y edifica al cuerpo de Cristo (1 Corintios 14:26).