06/08/2026
DESPUES DE SU MUERTE...
Después de la muerte de la Beata Ana María Taigi, la voz pública, que no se equivoca cuando proclama santas a las personas verdaderamente justas, no dudó en honrarla como una verdadera sierva de Dios, e incluso como santa. En efecto, su cadáver fue visitado con frecuencia por personas de todas las condiciones, tanto del pueblo como de la nobleza romana, que acudían a encomendarse a su intercesión.
Su funeral fue como el de una reina: fue escoltado por sacerdotes, religiosos, prelados, nobles, pobres y niños. Todos querían llevar al menos un rincón de la mortaja.
Desde el momento de su muerte, comenzaron a circular numerosos relatos sobre su vida, todos llenos de elogios, prodigios y virtudes. Estos se multiplicaron de boca en boca y en pequeños folletos, y aumentaron aún más la veneración popular. Incluso muchas personas enfermas comenzaron a invocar su intercesión y aseguraban haber recibido gracias y curaciones por su medio.
La fama de su santidad no se limitó a Roma: se extendió también a otras ciudades de Italia e incluso fuera del país. Muchos extranjeros que habían oído hablar de ella cuando aún vivía, y otros que solo la conocieron después de su muerte. Se decía que quien se encomendaba a ella con fe, no quedaba sin consuelo.
Muchos obispos y sacerdotes se convencieron rápidamente de su santidad. El Cardenal Pedicini, su confesor, testificó más de una vez sobre la pureza de su alma y el heroísmo de sus virtudes. El célebre Cardenal Ostini, y otros prelados que la conocieron, hablaban con profunda veneración de ella. Algunos, al verla en vida, ya sospechaban que era santa; pero al verla morir con tanto abandono en Dios, y al notar la paz celestial de su rostro incluso después de la muerte, ya no les quedaban dudas.
En Roma, y especialmente entre los piadosos, su imagen estaba presente en muchas casas, como la de una protectora del hogar. Algunas personas empezaron a colocar lámparas encendidas ante su retrato, y otros la invocaban como si ya hubiese sido canonizada. Muchas mujeres la tomaban como modelo de esposa, madre y mujer de oración. Algunos sacerdotes, en la dirección espiritual, recomendaban su ejemplo como una guía segura para alcanzar la perfección cristiana en el estado laical.
Se cuenta que un sacerdote francés que residía en Roma durante esos años, al enterarse de su muerte, comentó: “¡Roma ha perdido una de sus más grandes joyas! ¡Dios nos la ha dado como ejemplo para los siglos!”.
La veneración hacia ella se convirtió en una verdadera devoción. No solo se recordaban sus acciones heroicas, sino también los consejos que daba, los favores obtenidos por su oración y su extraordinario don de consejo espiritual, que había ayudado a tantas almas en momentos difíciles. Incluso algunos obispos testificaron que se habían beneficiado de su consejo, y que la consideraban un instrumento de la Providencia.
Su reputación de santidad, entonces, no fue fabricada por interés humano, sino que brotó espontáneamente del corazón del pueblo cristiano, como una flor perfumada que crece al pie de la cruz. Su vida fue una continua oblación, y su muerte, una corona de gloria. Su memoria quedó grabada en la historia de la Iglesia, no con letras de oro, sino con el perfume de las virtudes que nunca se marchitan.