10/06/2026
Qué triste es cuando una persona viene herida del combate de la vida, llega a una comunidad cristiana buscando consuelo y sanación, y en lugar de encontrar alivio, termina saliendo todavía más herida. Es como si alguien llegara buscando medicina para su dolor y nosotros, en vez de ofrecerle bálsamo, le diéramos vinagre sobre sus heridas.
No estamos llamados a ser una Iglesia que señala, juzga o aparta. Estamos llamados a ser una Iglesia de puertas abiertas, donde nadie tenga miedo de acercarse y donde todos puedan sentirse acogidos. Como tantas veces insistía el Papa Francisco: “todos, todos, todos”. Primero abramos las puertas, recibamos, abracemos; después dejemos que sea el Señor quien vaya transformando y sanando lo que encuentre en cada corazón.
El Evangelio del Buen Samaritano nos invita a ir todavía más lejos. Jesús no solamente nos pregunta quién es nuestro prójimo; nos enseña a hacernos prójimos, a vivir nuestra fe desde la proximidad, desde la cercanía. A ser una Iglesia cercana a su gente, cercana a sus dolores y a sus heridas; una Iglesia que no se queda esperando a que el herido llegue, sino que sale a los caminos a buscarlo, como hizo el Buen Samaritano.
¿Y adónde llevó aquel samaritano al hombre que encontró herido? A una posada. Y podemos mirar esa posada como una hermosa imagen de la Iglesia: el lugar donde el Señor recibe al herido, lo cuida, venda sus heridas y derrama sobre ellas la medicina de su amor y de su misericordia.
Muchos llegan cargando culpas, errores, decisiones equivocadas y heridas que incluso pudieron nacer de sus propias elecciones. Pero nosotros no estamos aquí para juzgar su historia. Estamos para decirles: “Entra. Esta es tu casa. Deja que el Señor te cuide, deja que sane tus heridas y permite que su misericordia restaure tu vida”.
Y qué hermoso es descubrir que, cuando nuestras propias fuerzas no alcanzan para pagar todas nuestras deudas, hay Alguien que ya ha pagado por nosotros. Cristo se hizo cargo de nuestra deuda, cargó nuestras heridas y entregó su vida por nosotros.
Por eso la Iglesia debe ser siempre esa posada de misericordia donde el herido pueda entrar sin miedo y descubrir que todavía hay esperanza, que todavía puede comenzar de nuevo y que existe un Dios que no lo abandona en el camino, sino que se acerca, lo levanta y lo lleva de regreso a casa.
Fr. Ramón