05/23/2026
A medida que los Estados Unidos se acercan a su año 250, muchas voces están llamando a la reflexión, no solamente sobre la historia de la nación, sino también sobre la condición espiritual de su pueblo. Desde la perspectiva de la IMS SDA Church Reform Movement, toda verdadera rededicación debe comenzar no con orgullo nacional, soluciones políticas o restauración cultural, sino con un humilde arrepentimiento delante de Dios y un regreso a Sus mandamientos y a Su verdad.
Este llamado encuentra eco en las Escrituras:
Lamentations 5:21
“Vuélvenos, oh Jehová, a ti, y nos volveremos; renueva nuestros días como al principio.”
La carga principal no es primero la condición de las naciones, sino la condición de los corazones.
La condición espiritual de la sociedad
Las Escrituras advierten repetidamente lo que sucede cuando un pueblo se olvida de Dios:
Isaiah 60:12
“Porque la nación o el reino que no te sirviere perecerá.”
Psalms 9:17
“Los malos serán trasladados al Seol, todas las naciones que se olvidan de Dios.”
Desde esta perspectiva, la preocupación no es solamente el deterioro cultural, sino el alejamiento espiritual de la ley de Dios, de la verdad y de la justicia. La IMS SDA Church Reform Movement enfatiza que la incredulidad, el rechazo de la Palabra de Dios, la confusión moral y la mundanalidad son síntomas de una separación espiritual más profunda de Cristo.
Aunque las sociedades puedan avanzar materialmente, sin obediencia a Dios decaen espiritualmente.
Una nación no puede reemplazar el Reino de Dios
La IMS SDA Church Reform Movement no enseña que alguna nación terrenal sea el Reino de Dios, ni que los sistemas políticos puedan lograr una renovación espiritual. Las Escrituras son claras:
Gospel of John 18:36 — “Mi reino no es de este mundo.”
Por lo tanto, aunque los gobiernos puedan servir para mantener el orden y el propósito civil, no pueden producir justicia en el corazón.
“No se puede legislar la moralidad ni hacer volver a una nación a Dios mediante el poder político.”
La verdadera transformación siempre es individual y espiritual: mediante el arrepentimiento, la obediencia y el poder renovador de Cristo.