12/20/2015
COSAS DE DUENDES
Mi primer amigo
Alicia Estévez
El primer amigo que hice en la Universidad Autónoma de Santo Domingo fue Henry Hernández, un dirigente del FEFLAS que acudió en mi auxilio cuando un empleado de registro universitario, abusando de que yo era una novata, quiso hacerme la vida difícil. Lo conté el año pasado en una columna donde hablaba de la gratitud. En ella recordé que aquel día, mi primero en la universidad, el encargado de dar acceso al proceso de inscripción me devolvió de la puerta en dos ocasiones exigiendo requisitos que él se inventó sólo porque, según me confesó años más tarde, yo tenía cara de que no había pasado trabajo y decidió darme mi primera lección. Henry, que siempre asistía a los estudiantes nuevos en las inscripciones, reparó en que yo tenía los ojos llenos de lágrimas y se acercó. Le expliqué que el portero me había exigido primero un folder más pequeño y luego un orden de los papeles que a nadie más le pidió. Henry lo enfrentó y me hizo pasar sin esperar su autorización. Fuimos amigos desde entonces y yo me sentía importante, él era un dirigente estudiantil conocido, cuando nos encontrábamos en cualquier esquina del campus y me saludaba con esa sonrisa con la que ahora lo recuerdo siempre. Me tardé 27 años en darle las gracias públicas por aquel favor inmenso que le hizo a una provinciana desamparada. Por un amigo supe que Henry leyó la columna que le dediqué entonces. Hace unos meses, escuché que alguien tocaba bocina de manera insistente junto a mi vehículo, volteé y era él lanzándome besos a través del aire que le devolví con el mismo afecto que siempre me inspiró por su bondad y su solidaridad. Le envié tantos besos con las manos que mi hijo me preguntó “¿Quién es ese?”. Le dije que era un amigo muy querido al que no veía desde hacía tiempo. Me había enterado que trabajábamos a media cuadra de distancia y nos gritamos, de carro a carro, que teníamos que juntarnos. Pero aquellos besos, que nunca llegaron a su destino, eran la despedida. Henry murió el domingo electrocutado mientras cortaba un árbol junto a un cable de 220 voltios que había sido reportado como peligroso pero que nadie fue a reparar. Los periódicos que informaron de esa muerte absurda contaban de su labor social y su lucha por el cuatro por ciento para la educación, mientras una funeraria atestada de hombres y mujeres llorosos era la mejor prueba del amor que repartió en este mundo. Yo lamento hoy haber perdido al primer amigo que encontré en ese monstruo enorme que en aquel entonces me parecía la UASD.