09/08/2026
REVISTA INTERNACIONAL MARANATHA
Vol. 39. No.18. Julio/ 2026
Pastor Efraím Valverde III
Templo Filadelfia
Salinas, California
EL ACEBUCHE Y LA OLIVA NATURAL
Por: Pastor Efraím Valverde, Sr.
Amados hermanos, los saludo una
vez más en el Nombre del Señor,
y deseo que la bendición, paz y
Gracia de nuestro Señor Jesucristo sea
en cada corazón.
Quiero invitarles para que ocupemos
nuestra atención en una porción de la
Palabra del Señor que no es nada
desconocida, en cambio, se trata de algo
tan real que es necesario traerlo a nuestra
memoria, porque tiene que ver con el
tiempo presente y con nuestra misma
salvación (con la esperanza que hay en
nosotros).
Este Texto lo encontramos en la carta a
los Romanos: “Mira, pues, la bondad y la
severidad de Dios: la severidad ciertamente
en los que cayeron; mas la bondad para
contigo, si permanecieres en la bondad;
pues de otra manera tú también serás
cortado. Y aun ellos, si no permanecieren en
incredulidad, serán ingeridos; que poderoso
es Dios para volverlos a ingerir. Porque si
tú eres cortado del natural ACEBUCHE, y
contra natura fuiste ingerido en LA
BUENA OLIVA, ¿cuánto más éstos, que
son las ramas naturales, serán ingeridos en
su oliva? Porque no quiero, hermanos, que
ignoréis este misterio, para que no seáis
acerca de vosotros mismos arrogantes: que
el endurecimiento en parte ha acontecido en
Israel, hasta que haya entrado la plenitud
de los Gentiles; y luego todo Israel será
salvo; como está escrito: Vendrá de Sión el
Libertador, que quitará de Jacob la
impiedad; y este es mi pacto con ellos,
cuando quitare sus pecados”
(Rom. 11:22-27).
Mencioné ya que “este misterio” (Rom.
11:25) es algo muy importante, tanto
que tiene que ver con la vida o con la
muerte. Es algo que por la voluntad de
Dios está mancomunado con el mensaje
del Evangelio y con la salvación de las
naciones gentiles que no puede hacerse a
un lado, no puede desprenderse, y cuando
se ha tratado de ignorar “este misterio”
(Rom. 11:25) en el transcurso de los
siglos que la Iglesia tiene sobre la faz de
la Tierra, le ha traído ruina, porque el
ignorarlo tiene una consecuencia lógica,
que es la que el apóstol Pablo aquí nos
declara: la arrogancia.
Antes de entrar en detalle, solamente
quiero anticiparme para llamar la
atención en algo que consta a mis
hermanos que están leyendo, y es que, si
alguna cosa abunda en el llamado
cristianismo del tiempo presente, es
precisamente la arrogancia, y también
mucha ignorancia. Y digo esto con dolor,
porque no quisiera que fuera verdad,
pero es cierto. Y esto, refiriéndome no al
mundo incrédulo impío que no busca el
rostro del Señor, que no conoce nada de
Dios, no me refiero a aquellos que
niegan a Dios o que han sido enseñados
que Dios no existe, porque si ellos actúan
así no es algo extraño. En cambio, a
quien sí me estoy refiriendo es al mundo
llamado “cristiano” en el que hay una
arrogancia terrible, y ni modo que me
digan que no es cierto.
Lo que vamos a tratar es de suprema
importancia, pues no tendría caso
predicar, anticipar, señalar ni estar
ocupados en un peligro que no existe, o
que sencillamente fuera algo de menos
importancia, pero “este misterio” (Rom.
11:25) es de importancia capital porque
tiene que ver con la salvación o con la
condenación.
La arrogancia, que es hermana de la
soberbia y de todos los frutos contrarios
al Espíritu que son abominables ante el
Señor, vienen por consecuencia de
ignorar “este misterio” (Rom. 11:25) de la
relación de la Iglesia con el pueblo de
Israel (que ahora es más conocido en las
mentes de muchos como el pueblo
Judío), ese pueblo que Dios llamó y
escogió hace ya cerca de 4,000 años
(pues incluso, aproximadamente 2,000
años antes de que la Iglesia naciera, el
Señor ya había escogido a Israel) para
traer, por medio de ese pueblo (usarlos
como un conducto, como un canal, como
una tubería, como una acequia), la
bendición al mundo, empezando con el
Libro Santo.
En esta ocasión, estoy escribiendo de una
forma en que quiero que mi hermano y
mi amigo que está leyendo esto, considere
esta instrucción: qué tan importante es la
relación de la Iglesia con el pueblo Judío,
ese pueblo que Dios escogió para traer la
salvación y la bendición a las naciones.
Pues el mismo Señor lo dijo, hablando
con la mujer samaritana: “Vosotros adoráis
lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que
sabemos: porque la salud (salvación) viene
de los Judíos” ( Jn. 4:22).
El apóstol Pablo le escribe a la Iglesia en
Roma y, entendiendo que desde entonces
ya empezaba a operar ese desvío de tener
en poco a la raza por la cual, vuelvo a
repetirlo, ha venido la salvación a las
naciones de la tierra, les reafirma: “Que
son ISRAELITAS, de los cuales ES la
adopción, y la gloria, y el pacto, y la data de
la ley, y el culto, y las promesas; cuyos son los
padres, y de los cuales es Cristo según la
carne, el cual es Dios sobre todas las cosas,
bendito por los siglos. Amén”
(Rom. 9:4-5).
Quiero enfatizar aquí algo de suprema
importancia en el Texto citado, referente
a la Humanidad del Señor Jesús y al
pueblo Judío. Pues el Señor Jesús, en Su
condición (aspecto) de Humanidad, fue
Judío, aunque declara enseguida que en
Su Divinidad es Dios sobre todas las
cosas. No es el tema de la Divinidad en
esta ocasión el que estoy tratando, pero sí
estoy citando sobre esta parte (aspecto)
de Humanidad del Señor, que incluso a
mí mismo me disgustó oír en mis
principios cuando el predicador dijo que
Cristo Jesús el Señor era Judío. La razón
de mi disgusto al escuchar lo citado fue
porque estaba obrando en mí el mismo
espíritu citado que obra en la humanidad,
operado por el engaño y el trabajo del
“dios de este siglo” (2 Cor. 4:4),
Satanás.
Quiero citar en breve y declarar la verdad
de que Satanás es el anticristo. El
anticristo no es un hombre, como lo han
enseñado algunos, y que “va a venir”. No,
el anticristo es uno que “se hace parecer
Dios”, y es al único al que la Biblia llama
“dios” fuera del Dios Eterno, él es “el dios
de este siglo” (2 Cor. 4:4), que es Satanás,
y él es el anticristo. Y se presenta por
medio de la “religión” usando aún la
misma Biblia, usando el mismo Nombre
del Señor para trastornar.
Ya he explicado esto en otras ocasiones y
lo vuelvo a repetir de paso, por medio
muy especialmente de la “religión
organizada”, de las organizaciones
religiosas en donde el hombre ha tomado
control de las mentes, provocando y
haciendo que se odien unos a otros en
“nombre de la Iglesia”, en “nombre de la
Biblia”, en “nombre de la religión
cristiana”, en “Nombre del mismo Cristo”
se odian y se aborrecen. Si hay alguna
cosa en el llamado cristianismo citado es
soberbia, y la prueba de ello es el
aborrecimiento que existe de los
cristianos unos para otros.
Mas retomando nuestro Texto inicial, el
apóstol Pablo escribió hace 19 siglos a la
iglesia en Roma, mirando que había en
ellos aquella desviación y aquella
tendencia a despreciar y aborrecer a la
raza por la cual, lo digo otra vez, ha
venido la salud espiritual a las naciones
de la Tierra. Es en el pueblo Judío, en
esta raza, donde se han estado cumpliendo
tremendas profecías (dos de las más
portentosas fueron el regreso a su tierra
en 1948, y el regreso de Jerusalem a sus
manos en 1967), y lo que falta por
cumplirse, lo mayor, tendrá su
cumplimiento en esa raza y en esa tierra.
Pues recordemos que ahí está el centro
de la Tierra, porque Dios así lo quiso
poner, y hay una ciudad en el mundo que
Dios la ha llamado Su ciudad, Jerusalem
(Mt. 5:35).
A Jerusalem no la ha hecho famosa la
humanidad ni ningún hombre, sino que
es Dios quien la ha distinguido y la ha
señalado como la ciudad clave sobre la
cual se están cumpliendo hoy en este día
tremendas profecías (no alcanzarían las
páginas de esta revista para entrar en
detalle, pero con gusto estamos dispuestos
y a la orden de quien pidiere razón para
explicar sobre ello). La ciudad de
Jerusalem está en tal forma ceñida con el
pueblo Judío que no se pueden
desprender, como ya hemos visto a través
de los anales transcurridos.
Y así como empezó el desvío de
arrogancia a causa de ignorar o tener en
poco al pueblo Judío cuando el apóstol
Pablo exhortó a la iglesia en Roma, esto
no solo sucedió en Roma en aquel
tiempo, sino también en otros lugares, y
aun ha prevalecido este desvío hasta el
día de hoy, incitado por el espíritu del
anticristo, porque no puede ser el Espíritu
de Cristo el que nos lleve a aborrecer a
ese pueblo, pues Israel es el pueblo de
Dios.
Esto es confirmado en el principio del
capítulo once, pues hablando sobre el
pueblo Judío, dice: “Digo pues: ¿Ha
desechado Dios a Su Pueblo?”. ¿Y cuál es la
maravillosa y clara respuesta? “EN
NINGUNA MANERA… No ha
desechado Dios a Su pueblo, al cual antes
conoció” (Rom. 11:1-2). Y cabe mencionar
aquí, que algo muy distinto, ciertamente,
es que el Señor sí cegó a Su pueblo para
que no conociera que Él es el Mesías,
pero con un propósito, porque si hubieran
conocido al Señor cuando vino, “nunca
hubieran crucif icado al Señor de gloria”
(1 Cor. 2:8).
El Señor quiso cegar a Su pueblo, para
que estando cegados fueran usados para
que pidieran Su crucifixión. Y quiero
aclarar aquí que no todos los Judíos
pidieron la crucifixión del Señor, porque
el dicho común entre el cristianismo ha
sido este: “Los Judíos mataron a Cristo”,
y no es así; sino que fueron los príncipes
del pueblo Judío los que pidieron la
crucifixión del Señor. El Señor ha cegado
a Su pueblo para que no entienda que
Aquel Jesús de Nazaret no solo es el
Mesías que Israel espera, sino que aun es
la Imagen Visible del Dios Invisible.
Tenga presente, mi hermano que esto
leyere, que el mismo Señor se manifestó
entre el pueblo Judío. Tenga presente, mi
amigo, que todos los apóstoles fueron
Judíos. Tenga presente el que está
leyendo este escrito, que la Iglesia en su
principio era Judía en su totalidad.
Para estas fechas, ¿cuál es una razón por
la cual el pueblo Judío no ha entendido
que el Señor Jesús es el Mesías? Ya
mencionamos la primera razón, que el
Señor quiso cegarlos para que no lo
conocieran (1 Cor. 2:8; 2 Cor. 3:14). Mas
consideremos otra razón, pues, qué ironía
que el pueblo Judío ha experimentado en
la Iglesia que se llama seguidora de
Jesucristo, un odio en contra de ellos. Y
ha sido la Iglesia llamada “cristiana” más
que nadie, en el transcurso de los siglos,
la que ha perseguido, martirizado,
matado y tratado de destruir a esa raza.
Mas nadie los puede destruir, porque
Dios mismo ha dicho que primero
dejarán de ser las leyes que gobiernan el
universo, que dejar de ser nación el
pueblo de Israel ( Jer. 31:35-36).
¿Pero quién ha tratado de destruirlos? Es
irónico e increíble, viniendo al último
tiempo, ¿no es Alemania la cuna del
protestantismo? ¿No es Alemania donde
se editó la primera Biblia en imprenta?
¿No es Alemania una nación que conoció
la Palabra del Señor y que profesó ser
una nación cristiana? ¿Y qué hizo en el
siglo pasado? Los llevó al suplicio, a la
muerte, a los hornos. Esa actitud y
barbaridad, es lo que los llevó a cometer
esa acción indescriptible a la que se le ha
llamado “El Holocausto”, donde más de
6 millones de hombres, mujeres y niños
Judíos fueron llevados al degolladero, a
los hornos, por la única razón y el único
delito de ser miembros de un pueblo, el
pueblo Judío.
Entonces, esto es la prueba de que la
Palabra del Señor se cumple cuando el
cristianismo ha olvidado que la raza
Judía es la madre de la Iglesia. Así como
Noemí es la madre de Ruth, porque
Ruth tipifica a la Iglesia gentil, o sea a
nosotros, a quienes el apóstol Pablo (el
apóstol de los gentiles) nos habla. Noemí
es la tipificación de esa raza y, Ruth, la
nuera, que se convirtió en su hija y que la
aceptó no nomás como suegra, sino
como madre, le dijo: “Tu pueblo será mi
pueblo, y tu Dios mi Dios” (Rt. 1:16).
Esa es la figura exacta de la Iglesia gentil
que debe de amar y respetar a la raza
Judía que es su madre, porque de ahí
vino la salvación, pues por medio de ellos
el Señor escogió manifestarse, ahí Dios
depositó Su Palabra. Los hombres que
trajeron la Biblia, los hombres que fueron
usados por el Espíritu Santo para
traernos el Libro Santo en su totalidad,
son hombres que pertenecieron al pueblo
Judío.
Y en esta ocasión, mis hermanos, Dios
me ha movido a escribir sobre “este
misterio”, sobre el “acebuche… y la buena
oliva” (Rom. 11:22-27). El Señor puso
en mi mente este Texto, que resonaba
como una voz: “Porque no quiero,
hermanos, que ignoréis este misterio, para
que no seáis acerca de vosotros mismos
arrogantes” (Rom. 11:25). Y sentí el
impulso fuerte de escribir de esto para
decirle a mi hermano que profesa ser
cristiano y que profesa ser miembro de la
Iglesia del Señor, que recuerde que aquí
nos señala, que como un “acebuche”
(Rom. 11:17), como una oliva silvestre,
así nosotros los gentiles fuimos tomados
e injertados en “la grosura de la oliva”
(Rom. 11:17).
Dios, en Su misericordia, invirtió el
proceso (pues en lo natural, la buena
rama se injerta en el árbol, no las ramas
dañadas ni ordinarias) y, veamos, nosotros
que no merecíamos, que éramos árboles
silvestres, espinosos, sin fruto, que somos
venidos de naciones gentiles, paganas e
idólatras, ahora tenemos parte y hemos
sido injertados en el árbol de la oliva fina.
Pues nos dice el apóstol Pedro: “Vosotros,
que en el tiempo pasado no erais pueblo,
mas ahora sois pueblo de Dios”
(1 Ped. 2:10).
Aquella rama corriente y mala, ha sido
injertada en el tronco de la oliva fina, y
ese tronco es Cristo, en donde las ramas
naturales son el pueblo Judío, este pueblo
que Dios llamó y que no lo ha desechado
porque es Su pueblo. Y aunque hasta el
momento presente todavía parecen dos
rebaños, va a llegar el día en que el Señor
va a cumplir lo dicho cuando se refirió a
nosotros: “También tengo otras ovejas que
no son de este redil; aquellas también me
conviene traer, y oirán Mi voz; y habrá un
rebaño, y un Pastor”( Jn. 10:16).
Las profecías en el pueblo Judío se están
cumpliendo en forma vertiginosa y ya no
queda mucho por cumplirse. El Señor
Jesucristo viene otra vez y cuando Él
aparezca en las nubes, la venda (“el
endurecimiento en parte”, Rom. 11:25),
va a ser quitada de Israel, cuando “Vendrá
de Sión el Libertador, que quitará de Jacob
la impiedad” (Rom. 11:26). Y le verán,
creerán y entenderán que a Quien ellos
mismos despreciaron y no creyeron en
Él, es Aquel que, siendo clavado en la
cruz del calvario, con Su muerte abrió la
puerta para la salvación de todos los
gentiles. Los que no teniendo antes
parte, ahora tenemos parte con Dios,
“por gracia sois salvos” (Ef. 2:8).
Ahora, estando conscientes de esta
verdad, amamos al pueblo Judío, y
aunque ellos no nos amaren e incluso
nos despreciaren, nosotros amamos y
bendecimos al pueblo de Israel. Si
nosotros estamos conscientes de la
realidad, vamos a amarlos porque la
salvación de la que participamos ahora,
se manifestó de esa raza, y cuando lo
entendamos vamos a ser libres de la
arrogancia porque vamos a entender que
lo que tenemos es por misericordia del
Señor, y entonces ahí no hay lugar para
el orgullo sino para llorar de gratitud y
caminar en esa humillación, amando y
sirviendo a Cristo, amando a nuestros
hermanos y amando al pueblo Judío,
porque son nuestro pueblo.
“Tu pueblo será mi pueblo” (Rt. 1:16). La
Gracia del Señor Jesucristo sea con todos
mis hermanos, es una vez más la oración
y el deseo de vuestro servidor.
Amen.