06/09/2026
⚠️ Hay una trampa espiritual tan peligrosa que puede esconderse incluso dentro de las personas más comprometidas con la Iglesia.
La trampa de trabajar para Dios mientras dejamos de estar con Dios.
Comienza de forma casi imperceptible.
Una catequesis.
Un ministerio.
Una reunión.
Una actividad parroquial.
Y después otra.
Y otra más.
Poco a poco la agenda se llena de compromisos religiosos, pero el corazón comienza a vaciarse de oración.
Paradójicamente, una persona puede pasar toda la semana haciendo cosas para la Iglesia y casi no dedicar tiempo a escuchar al Señor.
El Evangelio nos muestra esta realidad en la casa de Marta y María.
Marta sirve.
Corre.
Se preocupa.
Se esfuerza.
María simplemente permanece a los pies de Jesús escuchando su palabra.
Marta no estaba haciendo algo malo.
Su problema fue pensar que el servicio podía sustituir la presencia.
Y nunca puede hacerlo.
La Iglesia necesita catequistas.
Necesita lectores.
Necesita cantores.
Necesita servidores.
Necesita voluntarios.
Pero antes de todo eso necesita discípulos.
Porque cuando la actividad deja de alimentarse de la oración, tarde o temprano aparecen el cansancio, la frustración y la amargura.
Comenzamos a servir por obligación.
Nos irritamos fácilmente.
Buscamos reconocimiento.
Nos convencemos de que todo depende de nosotros.
Y olvidamos que la obra es de Dios.
No nuestra.
Los santos comprendieron esta verdad.
Por muy ocupados que estuvieran, defendían con firmeza sus momentos de encuentro con el Señor.
Sabían que nadie puede dar lo que no posee.
Y que es imposible llevar a Cristo a los demás cuando uno mismo deja de permanecer con Él.
Quizá hoy no necesitas hacer más.
Quizá necesitas detenerte.
Entrar en una capilla.
Guardar silencio.
Y volver a sentarte a los pies de Jesús.
Porque antes de enviarte a trabajar en su viña, Cristo quiere recordarte algo esencial:
Tu primera vocación no es ser un trabajador del Reino.
Tu primera vocación es ser hijo de Dios.
🙏 "Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; una sola es necesaria." (Lc 10, 41-42)