09/13/2026
Homilia de 24° Domingo A, 13 de septiembre 2026, por Padre David Carter
¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Por qué hemos venido a Misa? La palabra “Eucaristía” significa acción de gracias. Pero, ¿por qué damos gracias? Damos gracias porque una deuda ha sido pagada. Damos gracias porque nuestras vidas han sido salvadas.
El Evangelio de hoy habla de una deuda tan grande que el siervo jamás podría pagarla. Y esa es también nuestra situación delante de Dios. El pecado ha creado una deuda que nosotros no podemos pagar por nuestras propias fuerzas. No podemos salvarnos a nosotros mismos.
Por eso venimos aquí. Traemos al altar algo muy sencillo: pan y vino. Eso es lo que nosotros podemos ofrecer. Pero el pan y el vino, por sí mismos, no pueden quitar nuestros pecados. No pueden vencer la muerte. No pueden salvar el mundo.
Entonces los ponemos humildemente sobre este altar y pedimos que se conviertan en algo infinitamente más grande. Y Dios, en su gran misericordia, responde a nuestra pobreza con su generosidad. Nos da a su propio Hijo. El pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo: el verdadero Cordero de Dios, cuyo sacrificio redime al mundo, cuya Sangre expía nuestros pecados y cuyo Cuerpo, recibido como alimento, tiene el poder de llevarnos a través de la muerte hasta la vida eterna.
Por eso estamos aquí. Porque nosotros no podíamos hacerlo solos. Porque Dios nos ha amado tanto que nuestra primera respuesta solamente puede ser: gracias.
Pero Jesús nos dice hoy que no basta con decir “gracias” dentro de esta iglesia. Esa gratitud tiene que transformar nuestra vida.
Cuando venimos a Misa, dirigimos nuestro corazón, nuestra mente, nuestra alma e incluso nuestro cuerpo hacia Dios. Por eso hemos elegido también esta antigua y universal postura de la oración cristiana: sacerdote y pueblo, cabeza y cuerpo, todos orientados juntos hacia el Señor. No estamos mirándonos unos a otros. Juntos estamos ofreciendo el único sacrificio de Cristo al Padre. Nuestro culto comienza mirando hacia Dios.
Pero no termina aquí.
El Señor ha unido inseparablemente el amor de Dios con el amor al prójimo. Y por eso, cuando terminamos la Misa y nos volvemos otra vez hacia el mundo, tenemos que llevar con nosotros aquello que hemos recibido aquí.
Eso es precisamente lo que Jesús nos enseña en el Evangelio. El siervo recibe una misericordia inmensa. Su deuda es perdonada. Pero después encuentra a alguien que le debe mucho menos y se niega a perdonarlo.
Ésa es la pregunta para nosotros.
Después de presentarnos delante de Dios como pecadores y pedir: “Señor, ten piedad”; después de contemplar sobre este altar el sacrificio por el cual nuestros pecados son perdonados; después de recibir el Cuerpo de Cristo que murió por nosotros, ¿podemos salir de esta iglesia y negarnos a tener misericordia con otra persona?
Todos sufrimos injusticias. Todos hemos sido heridos. A veces incluso experimentamos odio. Pero después de haber recibido aquí una misericordia que jamás podríamos merecer, ¿vamos a ofrecer al mundo algo menos?
¿Vamos a profesar amor el domingo y vivir con odio el lunes? ¿Vamos a pedir a Dios que perdone nuestras deudas mientras nos negamos a perdonar a nuestros deudores?
Éste es el gran examen de nuestra alma.
Hoy venimos a decir gracias. Gracias porque nuestra deuda ha sido pagada. Gracias porque Cristo ha dado su vida por nosotros. Gracias porque en esta Eucaristía recibimos nuevamente el fruto de su sacrificio.
Pero cuando salgamos de aquí, nuestra vida también tiene que decir “gracias”.
No permitan que el amor y la misericordia de Dios que experimentamos hoy en este altar dejen nuestro corazón sin cambiar. Hemos recibido misericordia. Ahora tenemos que convertirnos en instrumentos de misericordia para los demás.