06/10/2026
MEDITACIÓN: 1 REYES 18, 20-39
Bajó el fuego del Señor y consumió la víctima destinada al holocausto. (1 Reyes 18, 38)
En 2013, los historiadores confirmaron una realidad lúgubre: los adoradores fenicios de Baal, como los de la primera lectura de hoy, probablemente practicaban el sacrificio de niños. Esto nos ofrece un escalofriante contexto para el relato que leemos hoy. Cuando Elías subió al Monte Carmelo y convocó a los profetas de Baal, no estaba simplemente desafiando una opinión religiosa diferente. Estaba confrontando a los poderes de las tinieblas que se habían infiltrado en la tierra de Israel y que una parte del pueblo de Dios había adoptado.
Esta dramática confrontación alcanzó su punto más alto cuando Dios envió fuego a consumir el sacrificio que Elías primero había empapado con agua. Superando todas las expectativas e incluso desafiando las leyes de la física, el Señor demostró que había aceptado el sacrificio de Elías, y no el de los profetas de Baal. Al ver la repentina explosión de fuego, el pueblo exclamó: “El Señor es el Dios verdadero” (1 Reyes 18, 39).
Cuando Elías preparó el sacrificio, no estaba simplemente preparando el escenario para probar la existencia de Dios. Él estaba representando a un pueblo que se había alejado de su verdadero propósito. Su ofrenda era un sacrificio de arrepentimiento en nombre del pueblo con la esperanza de que una demostración del poder de Dios les ayudara a “cambiar los corazones” (1 Reyes 18, 37). No fueron los pecados de los seguidores de Baal los que motivaron al Señor a enviar el fuego. Fue la ofrenda de intercesión hecha por su poderoso profeta.
Nuestro mundo no es tan diferente del de Elías. Las atrocidades violentas dominan los titulares de las noticias. En un mundo con tanta injusticia, es fácil preguntarse por qué simplemente Dios no viene y destruye a todos los que hacen el mal para que los justos puedan vivir en paz.
Pero mira el fuego en el Carmelo, y verás algo diferente. Verás a Dios aceptando tus ofrendas tal como aceptó la de Elías. Verás su fuego rodeando tus oraciones, tus actos de obediencia y los sacrificios que haces para servir a su pueblo. El Señor nunca rechaza la ofrenda de un corazón que quiere amarlo a él.
“Aquí estoy, Padre; te ofrezco mis pensamientos, mis palabras y mis acciones —mi propia vida— como un sacrificio de alabanza.”
Salmo 16 (15), 1-2.4-5. 8.11
Mateo 5, 17-19