10/18/2026
¡CUANDO LA PALABRA DE DIOS TRANSFORMA UNA VIDA!
Hoy celebramos nuestra clase #4 de la Escuela de Discipulado, bajo el tema: «La Autoridad de las Escrituras», impartida por nuestro hermano y maestro Joel González.
Pero hoy quiero compartir algo que va mucho más allá de una clase de discipulado. Quiero hablarles del poder transformador de la Palabra de Dios y de lo que el Señor puede hacer con una vida que se rinde verdaderamente a Él.
Primero que nada, quiero expresar públicamente lo orgulloso que me siento de Joel y de lo que Dios ha hecho en su vida.
Joel y su esposa, Priscila, llegaron a nuestra iglesia hace varios años. Cuando llegaron, su matrimonio estaba prácticamente destruido, al borde del divorcio. Joel venía de un pasado muy difícil, marcado por experiencias en el bajo mundo y decisiones que habían dejado profundas heridas en su vida y en su familia.
Aunque asistía a la iglesia, todavía vivía una doble vida. Había una enorme distancia entre lo que profesaba creer y la manera en que estaba viviendo.
Nunca olvidaré aquella reunión con su esposa, cuando, con el corazón quebrantado, me expresó que si las cosas no cambiaban, había tomado la decisión de divorciarse.
Recuerdo también aquella conversación que tuve con Joel. No fue una conversación fácil. Fue directa, confrontadora y, por momentos, dolorosa. Pero también fue una conversación llena de amor pastoral, de verdad y de esperanza en el poder restaurador de Jesucristo.
A partir de aquel momento comenzamos un proceso de discipulado personal que se extendió por más de un año.
Todos los martes, a las 6:00 de la mañana, nos reuníamos para estudiar las Sagradas Escrituras.
No había fórmulas mágicas, discursos motivacionales ni soluciones superficiales. Había una Biblia abierta, oración, confrontación con la verdad y un hombre que estaba siendo expuesto constantemente a la Palabra de Dios.
Fuimos estudiando la Biblia libro por libro, versículo por versículo. Y mientras profundizábamos en las Escrituras, fui testigo de cómo Dios, por medio de su Palabra y la obra del Espíritu Santo, comenzó a quebrantar fortalezas, confrontar el pecado, renovar su entendimiento y transformar su manera de vivir.
Lo que años de una vida desordenada habían destruido, Dios comenzó a restaurarlo por el poder de su gracia.
Y hoy, años después, no puedo describir la alegría que siento al ver a aquel mismo hombre enseñando con pasión, convicción y amor las Sagradas Escrituras.
Ver su crecimiento espiritual, su amor por Cristo, su compromiso con la verdad y lo que Dios ha hecho en su matrimonio y en su familia es una de esas recompensas que hacen que cada sacrificio del ministerio pastoral valga la pena.
Y mientras hoy lo escuchaba enseñar precisamente sobre la autoridad de las Escrituras, no podía dejar de pensar en algo extraordinario:
¡La misma Palabra que un día lo confrontó, lo quebrantó y transformó su vida es la Palabra que hoy él enseña a otros!
Eso es lo que hace el verdadero discipulado.
Como escribió el apóstol Pablo:
«Lo que has oído de mí en la presencia de muchos testigos, eso encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros». — 2 Timoteo 2:2
Hoy doy gracias a Dios por la vida de Joel y Priscila, por su matrimonio, por su familia y por el testimonio de su gracia.
Y quiero terminar diciendo algo que llevo profundamente grabado en mi corazón como pastor:
El éxito de un pastor no se mide por cuántas personas logra reunir un domingo, sino también por cuántas vidas está discipulando fielmente para que crezcan en Cristo y enseñen a otros.
Porque al final, no fuimos llamados a llenar templos. Fuimos llamados a hacer discípulos.
¡A Dios sea toda la gloria!
«Así será Mi palabra que sale de Mi boca, no volverá a Mí vacía sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié». — Isaías 55:11 (NBLA)
Pastor Julio Vientós