01/08/2026
" Fui yo "
Hay un peligro silencioso en la prosperidad: la ilusión de que nosotros mismos la construimos. Es fácil confundir el sudor de nuestra frente con la fuerza de nuestro propio brazo.
Es tentador mirar hacia atrás y decir: "Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza" (Dt 8:17).
Pero Deuteronomio 8:18 nos detiene en seco con una verdad que duele y libera a la vez: Dios es quien nos da el poder para hacer riquezas.
No es que Él simplemente bendice lo que hacemos.
Es que Él mismo es la fuente del poder para hacerlo. Tu mente brillante, tu capacidad de trabajo, tu creatividad, tu resistencia, tu oportunidad de estudio, tu salud, tu red de contactos, el país donde naciste, la paz que disfrutas — todo eso no es tuyo por derecho propio. Es préstamo divino.
Honrar a Dios, entonces, no es solo agradecerle después del logro. Es reconocerlo antes y durante. Es vivir con la humildad de quien sabe que cada paso firme que da, cada idea que surge, cada puerta que se abre, fluye de la mano que sostiene el universo.
Y hay algo más profundo: Dios no da el poder para enriquecernos a nosotros mismos, sino "para confirmar su pacto".
Nuestra prosperidad tiene un propósito mayor: ser canal de bendición, extensión de fidelidad, testimonio vivo de que Él cumple lo que promete.
-Él es el que nos da el poder.