03/11/2025
Era toda su vida
¡Qué sorpresa cuando leí en un periódico de San Francisco, EE.UU., un informe acerca de una extraña escena en el cementerio de esa ciudad! Había sido sepultado un joven que se mató en un accidente de motociclismo. Esto en sí no era una novedad, pero lo que me pareció extraño fue que la moto en la que se mató fue enterrada con el joven difunto. Su madre, entre sollozos, explicaba: “Era toda su vida”.
Y con esto, uno comienza a pensar. Su vida... una moto. Toda su vida... una moto. La moto lo condujo a la tumba y fue enterrada allí con él. Pero ni un paso más. Porque la moto no lo puede acompañar más allá, a la eternidad, a su encuentro con Dios. Las motos son irrelevantes en la eternidad, y lo mismo puede decirse de muchas otras cosas.
¡Qué trágico que toda la vida gire alrededor de una moto! ¡Menuda cantidad de cosas extrañas que tendrían que ser enterradas con los mu***os en nuestros cementerios! Uno sería enterrado con sus palos de golf, las cañas de pescar y las armas de caza. A otro lo enterrarían con la pelota de fútbol y sus entradas a los partidos de la temporada. A otra con sus recetas, ollas y utensilios de cocina. El sepulcro de algunos contendría su televisor. Para otros, sería su casa, su carro o su barco.
Amigo, si usted fuera enterrado con lo que tiene más importancia en esta vida, ¿qué cosa sería? ¿Qué es “toda su vida”? Quizás necesitamos sentarnos y considerar seriamente qué es lo que constituye toda nuestra vida. El apóstol Pablo dijo: “Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1.21). Lo que para uno constituye su vida es, en cierto sentido, el “dios” de esa persona. La palabra “entusiasmo” viene de dos palabras: “en” y “teos” que significa dios. Así que, entusiasmo literalmente significa “el dios en usted”.
La tragedia de nuestros tiempos es que tantos han sido conquistados por dioses que en realidad no lo son. No son más que fabricaciones del ingenio humano, pero cuando la pequeña y frágil vida del hombre se termina, esos dioses fallan, porque son inventados por los hombres. ¡Pero hay un Dios verdadero, el Dios viviente, el Todopoderoso! No podría enterrarlo en una tumba, por mucho que quisiera, porque Él es Espíritu, es eterno, y está en el cielo.
Cuando llegue la muerte, el difunto va al sepulcro, pero su alma ya se habrá ido a la eternidad. ¿Qué significará esto para usted? Si es creyente nacido de nuevo, su caso será como dijo el apóstol Pablo: “ausentes del cuerpo, y presentes al Señor” (2 Corintios 5.8). Pero para todos los demás, que no han nacido de nuevo: “horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo” (Hebreos 10.31). ¿Ha pensado en esto?
Estimado amigo, es necesario conocer al Salvador, al Dios que no es una imagen de piedra, madera, plata u oro, y que no está enterrado en ningún cementerio. Aunque murió, Cristo resucitó, vive para siempre, y a todo aquel que confía en Él como Señor y Salvador, le perdonará todos sus pecados, le dará vida eterna, y lo llevará al cielo a estar con Él. Ninguna vida está “completa” o “entera” a menos que conozca personalmente a Jesucristo como Señor y Salvador. El futuro del creyente no es un nicho ni una fosa, sino el cielo. El único otro destino es el lago de fuego. ¿Cuál será su futuro?
Jesucristo pregunta: “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Marcos 8.36-37).
Carlos Knott
(Puede descargar este y otros folletos en formato pdf para compartir libremente por correo o por WhatsApp: https://publicacionespescadores.com/wp-content/uploads/Nov_dia_de_mu***os.pdf)