24/06/2026
NOVENA A SAN PEDRO APÓSTOL
🗝 DÍA 04
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
℣. Dios mío, atended por vuestra infinita bondad a mi socorro:
℟. Señor, ayudadme prontamente con los auxilios de vuestra gracia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
Santo, Santo, Santo, Dios y Señor de los Ejércitos: los cielos y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria.
Aquí se hace una profunda inclinación en reverencia del inefable misterio de la Santísima Trinidad: y así se empieza todos los días la novena.
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Criador y Redentor mío, tened piedad de mí según la grandeza de vuestra misericordia. Pequé, Señor, contra el Cielo y ofendí a vuestra adorable Majestad, apartándome de Vos. Ya no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pero me anima que disteis la vida por mí en el santo madero de la Cruz, y el saber que sois Padre amoroso, que espera recibir con brazos de misericordia al pecador que os la pidiere con corazón contrito y humillado ¡Oh! Dulcísimo Jesús, única esperanza de los mortales. Por vuestra sacratísima Madre, Nuestra Señora, a quien habéis constituido Madre de misericordia, abogada poderosísima y refugio seguro de los pecadores, no me desechéis, miradme con aquellos ojos de clemencia con que miraste después de sus negaciones a vuestro Apóstol San Pedro, para amargamente llorar como él las infidelidades y pecados de mi vida pasada. Pequé, amantísimo Salvador y Padre de mi vida, y quisiera haber mu**to antes que haber ofendido a vuestra bondad infinita, digna de infinito amor. Propongo firmemente la enmienda de mis desórdenes pasados: satisfacer por mis pecados a vuestra divina justicia: cumplir con las obligaciones de mi estado, y obrar en todo conforme a vuestra Santa ley. Admitidme, Señor, por la intercesión de San Pedro nuestro Protector, con los auxilios de vuestra gracia, sin la cual nada puedo, para perseverar en vuestro servicio hasta la muerte. Amén.
DÍA CUARTO - 23 DE JUNIO
CONSIDERACIÓN: AMOR DE SAN PEDRO AL SEÑOR.
Considera que en los hechos Apostólicos e historia de los Sagrados Evangelios se refieren varios pasajes en que se echa de ver que ninguno de los Apóstoles tuvo más fervoroso amor al Señor, que San Pedro. Quién sino su Majestad comprenderá hasta dónde rayaban las llamas del incendio que abrasaban a este serafín Apostólico. Basta para la imitación traer a la memoria lo que refiere el Evangelista, cuando preguntado tres veces San Pedro por su Divino Maestro, si le amaba; respondió con profunda humildad: «Señor: Vos sabéis todas las cosas, y penetráis lo íntimo de mi corazón. Vos sabéis que os amo». No en vano repite nuestro Señor tantas veces «Pedro, ¿me amas?»: quiso decirle en esto: «si el testimonio de tu conciencia no te dicta que me tienes un amor perfecto, amándome sobre todas las cosas: más que a todos los tuyos, más que a ti mismo, no tomes el cuidado pastoral, ni el gobierno de mis ovejas, por quien he derramado mi Sangre». Después de tanto examen confió al Santo Apóstol nada menos que a su Esposa la Santa Iglesia, dejando (San Bernardo, Sermón I de San Pedro y San Pablo; en José Mansi CO, sermón 12) a su cuidado el tesoro inestimable de su preciosa Sangre, depositado en los Santos siete Sacramentos.
Contentémonos para nuestra imitación, con saber que San Pedro amó al Señor con aquella perfecta caridad que da la vida por el amado, como en efecto murió por su Divino Maestro: sin que las muchas aguas de la tribulación y del riguroso martirio pudiesen apagar el intenso fuego de su amor. ¿Arderá en nuestro pecho alguna llama de este sagrado incendio? Trabajemos para encenderla y aumentarla, pidiendo para esto gracia al Señor; estemos ciertos, y salgamos de toda duda, que, si legítimamente no amamos, se nos hará duro el yugo de la Santa Ley que profesamos; y si amamos todo se nos hará suave y fácil, como dice San Agustín. No seamos ingratos a quien tanto bien nos ha hecho; temamos, sí, aquella terrible sentencia de San Pablo, que nos dice: «maldito y excomulgado sea el que no ama a Nuestro Señor Jesucristo» (I Corintios XVI, Agustín Calmet OSB).
ORACIÓN
¡Oh Clementísimo Jesús, y verdadero Dios, toda caridad! ¡Yo he venido a traer fuego a la tierra, decís en vuestro Santo Evangelio, y queréis sea encendido este Divino fuego en el corazón humano! Bendito sea, Señor, el poder de vuestra gracia, en cuya virtud fue el corazón del príncipe de los Apóstoles un Sagrado Altar en que ardió el fuego de vuestro Santo amor, mejor que en el de la antigua Ley, para gloria de vuestro Santísimo Nombre. ¿Cuánta es, amorosísimo Salvador, la tibieza de mi espíritu? Amamos con intensión a las criaturas, sin hallarse en ellas más que un poquito de bien que tienen participado, ¿y no hemos de amar con toda nuestra fortaleza a vuestra Majestad, que sois el bien infinito, el único principio y fin de todo lo que es bueno? ¡Que no ame a mi Dios, que me ha libertado de la esclavitud del demonio, no con precio corruptible de plata y oro, sino con el precio infinito de su Santísima Sangre, derramándola sobre el Ara de la Cruz, como cordero inmaculado, que vino a quitar los pecados del mundo! ¡Oh locura mía, no haber amado a un Dios tan bueno! Haced, Señor, que yo os ame empleando todo mi ser en servicio vuestro, para que, muriendo ahora al amor perverso del mundo, os alabe por toda la eternidad en la Gloria. Amén.
Ahora se reza tres veces el Padre nuestro.
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS DE LA NOVENA
Oh felicísimo Pedro, ¡Que maravilloso se ha manifestado en vos el Señor: cuya adorable providencia elige a lo que el mundo reputa despreciable para confundir los sabios, poderosos y nobles del siglo! (I Corintios I, 27-28). Vos, oh admirable Pedro, siendo un pobre y humilde pescador, fuiste elevado del polvo de la tierra, y el excelso y supremo Señor de cuanto tiene ser, que mira de lejos a los soberbios y de cerca a los humildes (Salmo C###VII, 7), os sublimó a la más alta esfera de Dignidad, sobre todas las de los monarcas y príncipes del universo. Tú eres la piedra solidísima escogida por el Salvador de los hombres para fundamento de la Religión Católica, contra quien nunca prevalecerán las puertas del in****no: tú el pastor universal, a quien el Príncipe de los Pastores confió el gobierno de todas las ovejas y corderos de su rebaño: tú, el fidelísimo portero a cuyo arbitrio entregó el Señor las llaves para la entrada de los mortales al Reino de los Cielos (San Hilario de Poitiers, en Mateo XVI): tú, el Príncipe de los Santos Apóstoles: la cabeza visible de la Iglesia militante, y en fin el primer Vicario en la tierra del sumo y eterno Sacerdote Jesucristo, Señor nuestro. ¡Oh Pastor Santísimo, adornado con tan brillantes prerrogativas: cuánta será la altura de vuestra gloria en el Cielo, habiendo sido tan buen ministro y Dispensador de los misterios de Dios! Ya habéis entrado en el gozo bienaventurado del Señor, que os ha coronado de gloria y honor por toda la eternidad, cuando nosotros andamos todavía ausentes de esa patria de nuestra esperanza y navegando hacia ella en las olas del mar inconstante de esta miserable vida.
¡Oh Padre amantísimo de todos los Cristianos!, inclinad desde ese puerto seguro los ojos de vuestra piedad, para socorrernos con vuestra eficaz intercesión. Pedid al Altísimo que todos los Cristianos no perdamos de vista el norte indispensable de la Santa Fe, para evitar con sus luces el naufragio de nuestra navegación: que fijemos nuestros corazones en la esperanza de los bienes eternos, para sufrir con alegría los trabajos de esta vida momentánea, y que reine en nosotros una ardiente caridad de Dios y del prójimo, para acabar con felicidad nuestro camino. Rogad especialmente, Santo mío, por nuestro sumo Pontífice, sucesor vuestro; por todos los Prelados y personas del estado eclesiástico: Interceded por el pueblo cristiano, que confía en vos, para que en toda piedad y castidad tenga vida quieta y tranquila. Y para nosotros, oh dulce Abogado de nuestras almas, os suplicamos humildemente nos alcancéis lo que en esta Novena pedimos, si es para gloria de Dios: y que mirándonos en vos, como en un espejo de virtudes, procuremos imitarlas, y seguir nuestro soberano Dueño, que es el Santo de los Santos, a quien sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
ORACIÓN FINAL
Oh Dios, que acordaste a tu bienaventurado Apóstol San Pedro el poder de atar y desatar, concédenos, por su intercesión, ser libertados de las cadenas de nuestras culpas. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.