20/04/2025
Juayúa en crisis: sacerdote ataca tradiciones centenarias y divide a la comunidad
Juayúa, Sonsonate — Lo que por siglos ha sido un símbolo de unidad, devoción y fe para los habitantes de Juayúa, hoy se ve amenazado por las palabras y actitudes de quien debería ser un guía espiritual: el sacerdote a cargo de la parroquia local. Sus recientes críticas y ataques contra las procesiones de Semana Santa —una de las tradiciones religiosas más arraigadas en la comunidad y en el país— han generado un profundo malestar entre feligreses, cargadores de imágenes, cofradías y creyentes que encuentran en estas manifestaciones la expresión viva de su fe.
Las procesiones no son un simple desfile. Son un acto de amor, un legado cultural y espiritual que ha unido a generaciones. En ellas convergen la tradición, el sincretismo religioso y la identidad misma del pueblo. Es precisamente ese sincretismo —esa mezcla viva de historia, cultura y fe— el que ha permitido que la Iglesia se mantenga cercana a su pueblo. Las imágenes cargadas con devoción, los rezos, los cantos y el incienso no son supersticiones, sino expresiones vivas de la fe.
Es inaceptable que, desde el púlpito, se fomente la división. La labor de un sacerdote no es desmantelar las creencias del pueblo, sino acompañarlas, comprenderlas y guiarlas con humildad. Las declaraciones ofensivas contra quienes participan en las procesiones no solo muestran una falta de respeto por la historia local, sino también una desconexión peligrosa con la realidad de la comunidad.
No es el pueblo el que debe adaptarse a las posturas personales de un sacerdote, sino el sacerdote quien debe entender que su misión no es imponer, sino servir. Resulta urgente que las autoridades eclesiásticas tomen cartas en el asunto. Un guía que divide no puede seguir al frente de una comunidad que necesita sanar, reconstruir la confianza y defender su identidad.
Hoy más que nunca, Juayúa debe unirse. No para confrontar con violencia, sino para alzar la voz con firmeza y exigir que se respete su fe, su historia y su derecho a vivirla en comunidad. Las procesiones no se tocan. Porque cuando se hiere una tradición, se hiere también el alma de un pueblo.