25/08/2026
𝐄𝐆𝐈𝐏𝐓𝐎, 𝐒𝐎𝐃𝐎𝐌𝐀, 𝐁𝐀𝐁𝐈𝐋𝐎𝐍𝐈𝐀 𝐘 𝐉𝐄𝐑𝐔𝐒𝐀𝐋𝐄𝐍 ¡𝐌𝐀𝐒 𝐃𝐄 𝐋𝐎 𝐌𝐈𝐒𝐌𝐎ⵑ — 𝑈𝑛𝑎 𝑙𝑒𝑐𝑡𝑢𝑟𝑎 𝑖𝑛𝑐𝑜́𝑚𝑜𝑑𝑎 𝑑𝑒 𝐴𝑝𝑜𝑐𝑎𝑙𝑖𝑝𝑠𝑖𝑠 𝟷𝟷:𝟾
Hay versículos que muchos leen, sí, pero sin leer realmente. Los ojos recorren las palabras, pero la mente no desciende a su significado. Podríamos preguntarles, como Felipe al etíope en el camino a Gaza: «¿Entiendes lo que lees?» (Hechos 8:30). Porque parecen ignorar felizmente lo que el texto dice en verdad. Apocalipsis 11:8 es uno de esos versículos. Se lee de corrido, como quien pasa junto a una conversación ajena sin querer escuchar demasiado. Dice así:
«Y sus cadáveres estarán en la plaza de la grande ciudad que en sentido espiritual se llama Sodoma y Egipto, donde también nuestro Señor fue crucificado.» (Apocalipsis 11:8, RVR1960)
El escenario dibujado en este versículo es violento, casi grotesco. Dos testigos de Dios han sido asesinados. Sus cuerpos quedan tirados en la vía pública, expuestos como trofeos de guerra. Y entonces el texto nos dice dónde ocurre esta escena: en una ciudad a la que llama, sin anestesia, «Sodoma y Egipto». Y por si quedaba alguna duda, añade la frase que lo cambia todo: «donde también nuestro Señor fue crucificado».
Eso es Jerusalén. La ciudad santa. La ciudad del templo. La ciudad de las promesas. Y aquí es donde este pasaje se vuelve profundamente incómodo para muchos cristianos de hoy. Durante las últimas décadas, gran parte del cristianismo evangélico y protestante ha desarrollado una relación casi reverencial con la nación moderna de Israel. Se le mira con admiración, a veces con un entusiasmo que roza lo incondicional. Se le defiende en foros políticos, se le incluye en oraciones especiales, se le considera intocable en ciertos círculos. Para muchos creyentes, criticar al Estado de Israel equivale casi a oponerse a los planes de Dios y merecer la maldición del cielo.
Pero la Biblia no comparte esa delicadeza. El Nuevo Testamento, y especialmente el Apocalipsis, no tiene ningún reparo en utilizar un lenguaje durísimo cuando habla de Jerusalén. La llama «Sodoma», el símbolo bíblico de la corrupción moral. La llama «Egipto», el símbolo de la opresión y la esclavitud. Y lo hace justo después de recordarnos que fue allí donde mataron a Jesús. No estamos hablando de un desliz teológico ni de un exabrupto aislado. Es una declaración deliberada, cargada de significado espiritual.
Pero ¿Estamos torciendo el texto, acaso? ¿Se refiere realmente a la nación de Israel? ¿Cómo puede hablar en tales términos del “pueblo escogido”? El texto nos da una pista inequívoca: «donde también nuestro Señor fue crucificado». Históricamente, eso es Jerusalén. Sin embargo, el autor (Juan) no la nombra directamente. En su lugar, usa un triple apelativo espiritual cargado de oprobio:
Primero le llama Sodoma ¡Y esto es brutal! En el Antiguo Testamento, Sodoma es el arquetipo de la depravación moral, la falta de hospitalidad y la perversión sexual (Gn 19). Llamar a Jerusalén «Sodoma» significa que la ciudad que debía ser santa se ha corrompido hasta el tuétano. En la literatura profética (Isaías 1:10; Ezequiel 16:49), ya se había usado este símil para acusar a Israel de infidelidad.
Pero también le llama Egipto ¡Y esto también es ofensivo! Egipto representa la esclavitud, la opresión y el poder mundial que se opone a Dios (Éxodo 1-15). Si Jerusalén se comporta como Egipto, significa que el pueblo que fue liberado de la esclavitud se ha convertido ahora en el opresor. Han cambiado el rol de víctimas por el de verdugos.
Si sumamos ambos conceptos, Juan nos dice que la ciudad que mata a los testigos no es una ciudad pagana común (como Roma o Babilonia), sino el centro de la religión institucional que se ha vuelto enemiga de Dios. Es la religión que, en nombre de Dios, persigue a los verdaderos profetas de Dios. La frase clave en este versículo es «espiritualmente se llama» (πνευματικῶς καλεῖται). Esto es un aviso hermenéutico: No debemos leer este versículo como simple geografía. Para los primeros cristianos y los judíos apocalípticos, Jerusalén ya había dejado de ser un simple lugar físico para convertirse en un arquetipo.
En el momento en que muchos eruditos fechan el Apocalipsis (finales del siglo I), Jerusalén ya había sido destruida por los romanos (año 70 d.C.). Para los cristianos, esta destrucción fue vista como juicio divino por haber rechazado al Mesías. En la teología del Apocalipsis, «la ciudad» es el sistema-mundo que se opone al Cordero. Es la «Babilonia» del capítulo 17. Al fusionar Babilonia/Sodoma/Egipto/Jerusalén, Juan crea un concepto de «Anti-Ciudad»: todo lugar, institución o poder que se erige contra Cristo, sin importar su historial religioso.
La triple acusación de Juan se completa con la frase: «Donde también nuestro Señor fue crucificado». ¡Y ésta es precisamente la cláusula que genera más debate teológico! La razón es obvia: Señala directamente a Jerusalén terrenal. La ciudad que mató a Jesús (Jerusalén) matará a sus testigos. Hay una continuidad histórica: el mundo religioso siempre se opone al Espíritu Santo (Hechos 7:51-52). Los testigos no mueren a manos de ateos, sino a manos de los «religiosos» aliados con el poder político (La Bestia). Si la ciudad es un arquetipo, esto significa que dondequiera que se mate a los testigos de Cristo (donde la iglesia es perseguida), ahí se está crucificando de nuevo a Cristo espiritualmente. Es el mismo contexto de Hechos 9:4 (Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?).
Entender el texto tal cual lo entendió el autor original derriba muchos mitos escatológicos modernos (particularmente dispensacionalistas). ¿A qué me refiero con eso? Continúa leyendo y te lo explico…
𝐄𝐥 𝐦𝐢𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 «𝐩𝐫𝐨𝐭𝐞𝐜𝐭𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐈𝐬𝐫𝐚𝐞𝐥»
De niño me acostumbré a oír ese mito de los dos testigos como «protectores de Israel». Dicha idea está muy extendida dentro del imaginario profético popular. Y yo no he sido el único: muchos creyentes han crecido escuchando que los dos testigos del Apocalipsis son enviados por Dios durante la Gran Tribulación para proteger a Israel del Anticristo. Según esta narrativa, los testigos serían una especie de guardaespaldas espirituales del pueblo judío, y solo cuando ellos terminan su ministerio —cuando «merecen» morir— el Anticristo por fin puede oprimir a Israel sin obstáculos.
Suena heroico. ¿Cierto? Suena conmovedor. Pero hay un problema: el texto no dice eso. Apocalipsis no presenta a los testigos como defensores de una nación perseguida, sino como víctimas de una nación que los odia. La ciudad que los mata no es una víctima del Anticristo; es su aliada. Jerusalén no está sufriendo bajo el poder de la bestia; está colaborando con ella.
Fijémonos en el versículo 8 con atención. Los cadáveres están en la plaza de la ciudad (plateia). En el mundo antiguo, la plaza (ágora o foro) era el centro de la vida pública, el comercio y la política. Que los cadáveres queden expuestos es el colmo de la deshonra. En la cultura judía y grecorromana, enterrar a los mu***os era un deber sagrado. Dejar un cadáver a la intemperie era una maldición suprema (Salmo 79:2-3). Los habitantes de esa ciudad, en el versículo 10, no lloran ni se lamentan. Todo lo contrario:
«Y los moradores de la tierra se regocijarán sobre ellos y se alegrarán, y se enviarán regalos unos a otros; porque estos dos profetas habían atormentado a los moradores de la tierra.» (Apocalipsis 11:10)
Es una celebración de la muerte de la verdad. La exposición en la plaza es un acto de propaganda del Anticristo. Quieren demostrar que la voz profética ha sido silenciada. Es el mismo escenario del Gólgota: Jesús crucificado en público, expuesto a la vergüenza. Ellos (los que se nombran “Pueblo de Dios”) celebran. Hacen fiesta. Intercambian regalos como si fuera Navidad. ¿Esa es la actitud de un pueblo oprimido que acaba de perder a sus protectores? No. Esa es la actitud de un pueblo que aplaude el as*****to de sus profetas.
Si los testigos fueran enviados para proteger a Israel, lo lógico sería que Israel lamentara su muerte. Pero no lo hace. Los celebra. ¿Por qué? Porque los testigos no eran del agrado de esa ciudad. Su mensaje incomodaba. Su presencia molestaba. El versículo lo deja claro: «estos atormentaban a los que moran sobre la tierra». Eran una piedra en el zapato, una voz incómoda que denunciaba la corrupción reinante.
Así que la idea popular de que los testigos mueren para «dar paso» a la opresión del Anticristo sobre Israel no se sostiene. El Anticristo no necesita permiso para oprimir a una ciudad que ya está de su lado. Jerusalén, según el texto, es el escenario del crimen, no la víctima de la bestia. Es el patio trasero del sistema, no su campo de batalla.
𝐂𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐥𝐨 𝐬𝐚𝐠𝐫𝐚𝐝𝐨 𝐬𝐞 𝐜𝐨𝐫𝐫𝐨𝐦𝐩𝐞
Lo que Apocalipsis está diciendo es algo que nos cuesta digerir: el lugar que debía ser un faro de luz se convirtió en un centro de tinieblas. La ciudad que debía acoger a los profetas se especializó en asesinarlos. El pueblo que fue liberado de Egipto terminó comportándose como el faraón.
Hay una ironía amarga en ese versículo. Israel fue rescatado de Egipto, y ahora Jerusalén es llamada Egipto. Israel escapó del juicio que cayó sobre Sodoma, y ahora Jerusalén es llamada Sodoma. Las víctimas se han convertido en victimarios. Los liberados se han transformado en opresores.
Esta dinámica ya había sido denunciada por los profetas antiguos. Isaías, hablando en nombre de Dios, le dijo a Israel:
«Oíd la palabra de Jehová, príncipes de Sodoma; escuchad la ley de nuestro Dios, pueblo de Gomorra.» (Isaías 1:10)
Y Ezequiel fue aún más explícito al comparar a Jerusalén con su hermana Sodoma:
«He aquí que esta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad tuvieron ella y sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso.» (Ezequiel 16:49)
El problema de Sodoma, según el profeta, no era solo sexual. Era arrogancia, indiferencia ante el sufrimiento ajeno y autosuficiencia. Exactamente lo que caracterizaba a la Jerusalén del primer siglo. Exactamente lo que caracteriza a cualquier institución religiosa que se siente intocable.
Es una advertencia que atraviesa los siglos: ninguna institución, ninguna nación, ningún movimiento religioso está exento de corromperse. Ni siquiera el que lleva el nombre de Dios en la puerta.
𝐄𝐥 𝐩𝐞𝐥𝐢𝐠𝐫𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐜𝐞𝐠𝐮𝐞𝐫𝐚 𝐬𝐞𝐥𝐞𝐜𝐭𝐢𝐯𝐚
Y es precisamente aquí donde debemos hacer una pausa honesta y reconocer el peligro de la ceguera selectiva en la que ha caído la iglesia evangélica. Y es que el cristianismo actual tiene una tendencia a leer la Biblia con anteojeras emocionales. Nos conmueve el Israel del Éxodo, el Israel de David, el Israel de los profetas. Pero cuando los mismos profetas denuncian a Israel por su injusticia, su idolatría y su violencia, bajamos la voz o cambiamos de página.
Amós gritó contra la opresión de los pobres en Samaria:
«Oíd esta palabra, vacas de Basán, que estáis en el monte de Samaria, que oprimís a los pobres y quebrantáis a los menesterosos, que decís a sus señores: Traed, y beberemos.» (Amós 4:1)
Isaías denunció la corrupción de los líderes de Judá:
«Tus príncipes, prevaricadores y compañeros de ladrones; todos aman el soborno, y van tras las recompensas; no hacen justicia al huérfano, ni llega a ellos la causa de la viuda.» (Isaías 1:23)
Jeremías fue perseguido por su propio pueblo, al punto de clamar:
«Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día.» (Jeremías 20:8)
Juan el Bautista llamó «raza de víboras» a los líderes religiosos de su tiempo:
«Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?» (Mateo 3:7)
Jesús lloró sobre Jerusalén diciendo que mataba a los profetas y apedreaba a los enviados de Dios:
«¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mateo 23:37)
Esteban, el primer mártir cristiano, lo resumió con una claridad brutal ante el Sanedrín:
«¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros.» (Hechos 7:51)
La Biblia no esconde esta historia. Somos nosotros quienes preferimos no mirarla de frente. Y lo mismo sucede con el Apocalipsis. Preferimos imaginar a una Jerusalén sufriente, perseguida por la bestia, esperando ser rescatada. Pero el texto nos muestra a una Jerusalén que celebra la muerte de los enviados de Dios. No es una víctima. Es cómplice.
Pablo ya lo había advertido al hablar de sus propios compatriotas:
«Porque no todos los que descienden de Israel son israelitas.» (Romanos 9:6)
La pertenencia étnica o geográfica nunca fue garantía de fidelidad a Dios. La fe, no la sangre, es lo que define al pueblo del pacto.
𝐔𝐧𝐚 𝐟𝐞 𝐬𝐢𝐧 𝐠𝐞𝐨𝐠𝐫𝐚𝐟𝛊́𝐚𝐬 𝐬𝐚𝐠𝐫𝐚𝐝𝐚𝐬
Apocalipsis 11:8 nos obliga a soltar una idea muy arraigada: que hay lugares, naciones o sistemas políticos que merecen nuestra lealtad incondicional. La «ciudad santa» que mató a los testigos no es santa por su geografía, sino por su obediencia. Y cuando la obediencia desaparece, la santidad se desvanece.
No se trata de odiar a Israel. Se trata de no idolatrar a nadie. Ni a Israel, ni a ninguna otra nación moderna. El discípulo de Jesús no tiene patria permanente. Su ciudadanía está en los cielos. Pablo lo expresó con total claridad:
«Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo.» (Filipenses 3:20)
Y Pedro definió a la iglesia con términos que antes se aplicaban exclusivamente a Israel:
«Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz.» (1 Pedro 2:9)
La lealtad del creyente no pertenece a banderas, fronteras ni gobiernos, sino al Cordero. De hecho, el Apocalipsis termina con una visión de una «nueva Jerusalén» que desciende del cielo. Esa es la ciudad que importa:
«Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.» (Apocalipsis 21:2)
Esa es la ciudad que acoge a los testigos, no la que los mata. La que está limpia y preparada, no la que se alía con la bestia. La que desciende de lo alto, no la que se corrompe en la tierra.
𝐔𝐧𝐚 𝐚𝐝𝐯𝐞𝐫𝐭𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐧𝐨𝐬𝐨𝐭𝐫𝐨𝐬
Este versículo no es solo sobre Jerusalén. Es sobre nosotros. Sobre la iglesia. Sobre cualquier comunidad que se atrinchera en su historia, su liturgia, su bandera o su nacionalismo, y deja de escuchar la voz de los profetas. Si la iglesia se convierte en una institución que protege su poder, que negocia con el sistema, que silencia a los incómodos y canoniza a los complacientes, corre el riesgo de convertirse en Sodoma. En Egipto. En la ciudad que crucifica a Cristo una y otra vez.
La escena de los cadáveres en la plaza es brutal. Pero no es el final. Unos versículos más adelante, el Espíritu de vida entra en esos cuerpos, y los testigos se levantan. Hay resurrección:
«Pero después de tres días y medio entró en ellos el espíritu de vida enviado por Dios, y se levantaron sobre sus pies, y cayó gran temor sobre los que los vieron. Y oyeron una gran voz del cielo, que les decía: Subid acá. Y subieron al cielo en una nube; y sus enemigos los vieron.» (Apocalipsis 11:11-12)
Hay justicia. Hay castigo y retribución:
«En aquella hora hubo un gran terremoto, y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y por el terremoto murieron en número de siete mil hombres; y los demás se aterrorizaron, y dieron gloria al Dios del cielo.» (Apocalipsis 11:13)
Siempre la hay. La pregunta es de qué lado queremos estar. Si en la plaza celebrando la muerte de la verdad, o en el testimonio fiel, aunque cueste la vida. Porque la ciudad que mata profetas no tiene futuro. La ciudad de Dios, esa sí.
𝐑𝐞𝐟𝐞𝐫𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬:
• Aune, D. E. (1997–1998). Revelation (Vols. 52A–52C). Word Biblical Commentary. Word Books.
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• Siew, A. K. W. (2005). The war between the two beasts and the two witnesses: A chiastic reading of Revelation 11:1–14:5. T & T Clark.
• Victorino de Pettau. (2012). Commentary on the Apocalypse of the Blessed John. En W. C. Weinrich (Ed.), Ancient Christian commentary on Scripture: New Testament XII: Revelation (pp. 123–125). InterVarsity Press. (Obra original publicada c. 303 d. C.).