Pensamiento Pentecostal Arminiano

Pensamiento Pentecostal Arminiano Fieles a la sana doctrina, orgullosos de nuestra herencia pentecostal y arminiana.

¿𝐏𝐑𝐄𝐃𝐈𝐂𝐀𝐂𝐈𝐎𝐍 𝐎 "𝐏𝐄𝐑𝐅𝐎𝐑𝐌𝐀𝐍𝐂𝐄"? — Durante décadas, numerosos predicadores pentecostales han buscado emular el estilo de fi...
26/08/2026

¿𝐏𝐑𝐄𝐃𝐈𝐂𝐀𝐂𝐈𝐎𝐍 𝐎 "𝐏𝐄𝐑𝐅𝐎𝐑𝐌𝐀𝐍𝐂𝐄"? — Durante décadas, numerosos predicadores pentecostales han buscado emular el estilo de figuras emblemáticas como Yiye Ávila y otros tele-evangelistas y pastores famosos, replicando con fervor sus alaridos, sus aspavientos y hasta su glosolalia, en un intento de capturar la esencia de su autoridad espiritual. Sin embargo, la unción, lejos de ser un atributo que se pueda imitar mediante gestos teatrales o fórmulas preconcebidas, es una realidad que se recibe o no se recibe; se posee o simplemente no existe. La imitación servil de estos rasgos, que muchos consideran el "sello distintivo" del predicador pentecostal, no solo resulta estéril, sino que, en no pocos casos, ha generado hastío entre los fieles.

No es el grito estentóreo, el zapateo frenético ni los sonidos ininteligibles los que confieren poder espiritual. Tales prácticas, lejos de ser manifestaciones auténticas de la presencia divina, a menudo se revelan como maniobras burdas para manipular emocionalmente a la audiencia, insinuando una conexión con el Espíritu Santo que carece de sustancia. La verdadera presencia del Espíritu no requiere de alardes histriónicos ni de la copia de estrategias ajenas; su autenticidad se manifiesta en la sobriedad de una fe genuina, no en el espectáculo.

Uno de los yerros más graves del pentecostalismo moderno radica en haber sustituido la acción transformadora del Espíritu Santo por un arsenal de artificios: luces estridentes, nubes de humo, música diseñada para excitar los sentidos y técnicas de manipulación psicológica que poco tienen que ver con la espiritualidad. El predicador que recurre al griterío, que corretea por la tarima o golpea el púlpito con vehemencia, no necesariamente encarna el espíritu pentecostal; más bien, proyecta una caricatura que, para muchos en nuestras propias congregaciones, resulta no solo agotadora, sino profundamente embarazosa. Este estilo sobreactuado, lejos de edificar, aliena a quienes anhelan una experiencia espiritual sincera, libre de los excesos de una performance que confunde fervor con fingimiento.

¿Y si, en lugar de aferrarse a los excesos del espectáculo, nuestros pastores invirtieran su esfuerzo en una preparación bíblica y teológica rigurosa? ¿Y si, en vez de recurrir al estruendo de los gritos o a los aspavientos escénicos, ofrecieran una predicación profundamente arraigada en las Escrituras, despojada de discursos motivacionales y sermones legalistas que, con frecuencia, carecen del núcleo transformador del mensaje evangélico? La verdadera elocuencia del púlpito no reside en la grandilocuencia, sino en la capacidad de transmitir la verdad divina con claridad, profundidad y fidelidad, iluminando las mentes y avivando los corazones sin necesidad de artificios que desvirtúen la esencia del Evangelio.

¡Atención a todos los apasionados por el conocimiento y la teología! ​El Seminario Teológico Pentecostal Donald Gee invi...
26/08/2026

¡Atención a todos los apasionados por el conocimiento y la teología! ​El Seminario Teológico Pentecostal Donald Gee invita a estudiantes del Diplomado en Biblia y Teología, del Asociado en Estudios Teológicos, y a todos aquellos interesados en profundizar de forma independiente, a inscribirse en el próximo Módulo 5: Soteriología.

​Este espacio está diseñado para fortalecer tu preparación académica y ministerial, adentrándote en el estudio profundo de la salvación. No pierdas la oportunidad de seguir creciendo en tu llamado y formación.

​¡Inscríbete hoy y da el próximo paso en tu crecimiento teológico!

​¿Te gustaría conocer los requisitos de inscripción o las fechas de inicio de este módulo? Escribe directamente al +50373149769, +79652248 y +50374920700, +50372254248.

𝐃𝐈𝐏𝐋𝐎𝐌𝐀𝐃𝐎 𝐄𝐍 𝐁𝐈𝐁𝐋𝐈𝐀 𝐘 𝐓𝐄𝐎𝐋𝐎𝐆𝐈𝐀 / 𝐀𝐒𝐎𝐂𝐈𝐀𝐃𝐎 𝐄𝐍 𝐄𝐒𝐓𝐔𝐃𝐈𝐎𝐒 𝐓𝐄𝐎𝐋𝐎𝐆𝐈𝐂𝐎𝐒 — 𝑴𝒐́𝒅𝒖𝒍𝒐 𝑽, 𝑺𝒐𝒕𝒆𝒓𝒊𝒐𝒍𝒐𝒈𝜾́𝒂
𝑰𝒏𝒊𝒄𝒊𝒐 𝒚 𝒉𝒐𝒓𝒂𝒓𝒊𝒐𝒔: Lunes, 31 de agosto. 20 horas México/Centroamérica.
¿𝑫𝒆 𝒒𝒖𝒆́ 𝒔𝒆 𝒕𝒓𝒂𝒕𝒂.ᐣ — La soteriología —del griego sōtēria (salvación) y logos (estudio)— constituye la rama de la teología sistemática consagrada a la doctrina de la salvación: su necesidad, sus cimientos, su vía de acceso y su desenlace final. En el horizonte evangélico, parte de un presupuesto innegociable: todo ser humano nace en condición espiritual de caída y es absolutamente incapaz de redimirse por méritos propios; la salvación solo llega por gracia, mediante la fe en la obra expiatoria y victoriosa de Jesucristo, y se despliega en justificación, adopción, santificación y glorificación.

Dentro de ese perímetro ortodoxo conviven —y a veces tensionan— distintas corrientes que buscan conciliar la soberanía divina con la libertad humana. En el polo calvinista, sintetizado en el acróstico TULIP, se enfatiza la elección incondicional, la expiación limitada a los elegidos, la gracia irresistible y la perseverancia final de los santos. En la vereda opuesta, el arminianismo propone una elección condicionada por la presciencia divina, una expiación de alcance universal, una gracia preveniente que restaura la capacidad de creer y la posibilidad real de resistir el llamado. En una línea intermedia, el molinismo introduce el "conocimiento medio": Dios, antes de la creación, conoce con certeza lo que cada persona haría libremente en cualquier circunstancia, y actualiza el mundo en el que su gracia y la libertad humana cooperan sin contradicción lógica. Más recientemente, el provisionismo sostiene que la fe es una respuesta humana posible para todos, que la regeneración ocurre después de creer y que rechaza explícitamente la elección individual incondicional.

Junto a estos grandes sistemas, otras tradiciones legítimas enriquecen el espectro cristiano: el luteranismo clásico, que exalta la sola fide y defiende una predestinación orientada al consuelo evangélico, sin aceptar ni la expiación limitada ni el libre albedrío absoluto; el tomismo romano, que integra la gracia divina y la cooperación humana mediante la compleja distinción entre gracia suficiente y gracia eficaz; y otros modelos soteriológicos de menor difusión pero igualmente respetables.

En claro contraste con este abanico de posturas internas, las herejías soteriológicas rompen el equilibrio del evangelio. El pelagianismo niega de raíz el pecado original y afirma que el ser humano, por su propio esfuerzo, puede cumplir la ley y alcanzar la salvación, tornando superflua la gracia transformadora. El semipelagianismo, aunque reconoce la herida del pecado, sostiene que el primer movimiento hacia Dios parte de la voluntad humana sin la ayuda previa de la gracia, contradiciendo así la radical dependencia del hombre respecto al Creador. El universalismo, por su parte, diluye la seriedad del juicio y la exclusividad redentora de Cristo al proclamar que todos, sin excepción, serán finalmente salvados. A estas se suman el antinomianismo, que distorsiona la gracia hasta el punto de negar la autoridad de la ley moral sobre el creyente; el neonomismo, que convierte la fe y el arrepentimiento en una nueva ley que el hombre debe cumplir para merecer la salvación; y el gnosticismo soteriológico, que reduce la redención a un conocimiento secreto o a una iluminación interior desligada de la cruz histórica, junto con otras corrientes heterodoxas menores.

Estas desviaciones no constituyen meras variantes legítimas del pensamiento cristiano, sino que comprometen la esencia misma de la salvación bíblica, ya sea al desplazar la gloria de Dios en la redención o al minimizar la necesidad absoluta de la cruz. Así, mientras calvinistas, arminianos, molinistas, luteranos, tomistas, anglicanos reformados, dispensacionalistas y provisionistas debaten dentro del ámbito de la fe común, las herejías alteran el corazón del mensaje evangélico. Si deseas profundizar en estas doctrinas, te invitamos a participar en el Módulo V del Diplomado en Biblia y Teología, o en el programa de Asociado en Estudios Teológicos, donde exploraremos a fondo la soteriología bíblica, su desarrollo histórico y sus implicaciones para la vida y el ministerio.

¿𝑫𝒆𝒔𝒆𝒂𝒔 𝒊𝒏𝒔𝒄𝒓𝒊𝒃𝒊𝒓𝒕𝒆.ᐣ
Escríbenos directamente al +50373149769, +50379652248, +50374920700 y +50372254248.

𝐄𝐆𝐈𝐏𝐓𝐎, 𝐒𝐎𝐃𝐎𝐌𝐀, 𝐁𝐀𝐁𝐈𝐋𝐎𝐍𝐈𝐀 𝐘 𝐉𝐄𝐑𝐔𝐒𝐀𝐋𝐄𝐍 ¡𝐌𝐀𝐒 𝐃𝐄 𝐋𝐎 𝐌𝐈𝐒𝐌𝐎ⵑ — 𝑈𝑛𝑎 𝑙𝑒𝑐𝑡𝑢𝑟𝑎 𝑖𝑛𝑐𝑜́𝑚𝑜𝑑𝑎 𝑑𝑒 𝐴𝑝𝑜𝑐𝑎𝑙𝑖𝑝𝑠𝑖𝑠 𝟷𝟷:𝟾Hay versículos que mu...
25/08/2026

𝐄𝐆𝐈𝐏𝐓𝐎, 𝐒𝐎𝐃𝐎𝐌𝐀, 𝐁𝐀𝐁𝐈𝐋𝐎𝐍𝐈𝐀 𝐘 𝐉𝐄𝐑𝐔𝐒𝐀𝐋𝐄𝐍 ¡𝐌𝐀𝐒 𝐃𝐄 𝐋𝐎 𝐌𝐈𝐒𝐌𝐎ⵑ — 𝑈𝑛𝑎 𝑙𝑒𝑐𝑡𝑢𝑟𝑎 𝑖𝑛𝑐𝑜́𝑚𝑜𝑑𝑎 𝑑𝑒 𝐴𝑝𝑜𝑐𝑎𝑙𝑖𝑝𝑠𝑖𝑠 𝟷𝟷:𝟾
Hay versículos que muchos leen, sí, pero sin leer realmente. Los ojos recorren las palabras, pero la mente no desciende a su significado. Podríamos preguntarles, como Felipe al etíope en el camino a Gaza: «¿Entiendes lo que lees?» (Hechos 8:30). Porque parecen ignorar felizmente lo que el texto dice en verdad. Apocalipsis 11:8 es uno de esos versículos. Se lee de corrido, como quien pasa junto a una conversación ajena sin querer escuchar demasiado. Dice así:

«Y sus cadáveres estarán en la plaza de la grande ciudad que en sentido espiritual se llama Sodoma y Egipto, donde también nuestro Señor fue crucificado.» (Apocalipsis 11:8, RVR1960)

El escenario dibujado en este versículo es violento, casi grotesco. Dos testigos de Dios han sido asesinados. Sus cuerpos quedan tirados en la vía pública, expuestos como trofeos de guerra. Y entonces el texto nos dice dónde ocurre esta escena: en una ciudad a la que llama, sin anestesia, «Sodoma y Egipto». Y por si quedaba alguna duda, añade la frase que lo cambia todo: «donde también nuestro Señor fue crucificado».

Eso es Jerusalén. La ciudad santa. La ciudad del templo. La ciudad de las promesas. Y aquí es donde este pasaje se vuelve profundamente incómodo para muchos cristianos de hoy. Durante las últimas décadas, gran parte del cristianismo evangélico y protestante ha desarrollado una relación casi reverencial con la nación moderna de Israel. Se le mira con admiración, a veces con un entusiasmo que roza lo incondicional. Se le defiende en foros políticos, se le incluye en oraciones especiales, se le considera intocable en ciertos círculos. Para muchos creyentes, criticar al Estado de Israel equivale casi a oponerse a los planes de Dios y merecer la maldición del cielo.

Pero la Biblia no comparte esa delicadeza. El Nuevo Testamento, y especialmente el Apocalipsis, no tiene ningún reparo en utilizar un lenguaje durísimo cuando habla de Jerusalén. La llama «Sodoma», el símbolo bíblico de la corrupción moral. La llama «Egipto», el símbolo de la opresión y la esclavitud. Y lo hace justo después de recordarnos que fue allí donde mataron a Jesús. No estamos hablando de un desliz teológico ni de un exabrupto aislado. Es una declaración deliberada, cargada de significado espiritual.

Pero ¿Estamos torciendo el texto, acaso? ¿Se refiere realmente a la nación de Israel? ¿Cómo puede hablar en tales términos del “pueblo escogido”? El texto nos da una pista inequívoca: «donde también nuestro Señor fue crucificado». Históricamente, eso es Jerusalén. Sin embargo, el autor (Juan) no la nombra directamente. En su lugar, usa un triple apelativo espiritual cargado de oprobio:

Primero le llama Sodoma ¡Y esto es brutal! En el Antiguo Testamento, Sodoma es el arquetipo de la depravación moral, la falta de hospitalidad y la perversión sexual (Gn 19). Llamar a Jerusalén «Sodoma» significa que la ciudad que debía ser santa se ha corrompido hasta el tuétano. En la literatura profética (Isaías 1:10; Ezequiel 16:49), ya se había usado este símil para acusar a Israel de infidelidad.

Pero también le llama Egipto ¡Y esto también es ofensivo! Egipto representa la esclavitud, la opresión y el poder mundial que se opone a Dios (Éxodo 1-15). Si Jerusalén se comporta como Egipto, significa que el pueblo que fue liberado de la esclavitud se ha convertido ahora en el opresor. Han cambiado el rol de víctimas por el de verdugos.

Si sumamos ambos conceptos, Juan nos dice que la ciudad que mata a los testigos no es una ciudad pagana común (como Roma o Babilonia), sino el centro de la religión institucional que se ha vuelto enemiga de Dios. Es la religión que, en nombre de Dios, persigue a los verdaderos profetas de Dios. La frase clave en este versículo es «espiritualmente se llama» (πνευματικῶς καλεῖται). Esto es un aviso hermenéutico: No debemos leer este versículo como simple geografía. Para los primeros cristianos y los judíos apocalípticos, Jerusalén ya había dejado de ser un simple lugar físico para convertirse en un arquetipo.

En el momento en que muchos eruditos fechan el Apocalipsis (finales del siglo I), Jerusalén ya había sido destruida por los romanos (año 70 d.C.). Para los cristianos, esta destrucción fue vista como juicio divino por haber rechazado al Mesías. En la teología del Apocalipsis, «la ciudad» es el sistema-mundo que se opone al Cordero. Es la «Babilonia» del capítulo 17. Al fusionar Babilonia/Sodoma/Egipto/Jerusalén, Juan crea un concepto de «Anti-Ciudad»: todo lugar, institución o poder que se erige contra Cristo, sin importar su historial religioso.

La triple acusación de Juan se completa con la frase: «Donde también nuestro Señor fue crucificado». ¡Y ésta es precisamente la cláusula que genera más debate teológico! La razón es obvia: Señala directamente a Jerusalén terrenal. La ciudad que mató a Jesús (Jerusalén) matará a sus testigos. Hay una continuidad histórica: el mundo religioso siempre se opone al Espíritu Santo (Hechos 7:51-52). Los testigos no mueren a manos de ateos, sino a manos de los «religiosos» aliados con el poder político (La Bestia). Si la ciudad es un arquetipo, esto significa que dondequiera que se mate a los testigos de Cristo (donde la iglesia es perseguida), ahí se está crucificando de nuevo a Cristo espiritualmente. Es el mismo contexto de Hechos 9:4 (Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?).

Entender el texto tal cual lo entendió el autor original derriba muchos mitos escatológicos modernos (particularmente dispensacionalistas). ¿A qué me refiero con eso? Continúa leyendo y te lo explico…

𝐄𝐥 𝐦𝐢𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 «𝐩𝐫𝐨𝐭𝐞𝐜𝐭𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐈𝐬𝐫𝐚𝐞𝐥»

De niño me acostumbré a oír ese mito de los dos testigos como «protectores de Israel». Dicha idea está muy extendida dentro del imaginario profético popular. Y yo no he sido el único: muchos creyentes han crecido escuchando que los dos testigos del Apocalipsis son enviados por Dios durante la Gran Tribulación para proteger a Israel del Anticristo. Según esta narrativa, los testigos serían una especie de guardaespaldas espirituales del pueblo judío, y solo cuando ellos terminan su ministerio —cuando «merecen» morir— el Anticristo por fin puede oprimir a Israel sin obstáculos.

Suena heroico. ¿Cierto? Suena conmovedor. Pero hay un problema: el texto no dice eso. Apocalipsis no presenta a los testigos como defensores de una nación perseguida, sino como víctimas de una nación que los odia. La ciudad que los mata no es una víctima del Anticristo; es su aliada. Jerusalén no está sufriendo bajo el poder de la bestia; está colaborando con ella.

Fijémonos en el versículo 8 con atención. Los cadáveres están en la plaza de la ciudad (plateia). En el mundo antiguo, la plaza (ágora o foro) era el centro de la vida pública, el comercio y la política. Que los cadáveres queden expuestos es el colmo de la deshonra. En la cultura judía y grecorromana, enterrar a los mu***os era un deber sagrado. Dejar un cadáver a la intemperie era una maldición suprema (Salmo 79:2-3). Los habitantes de esa ciudad, en el versículo 10, no lloran ni se lamentan. Todo lo contrario:

«Y los moradores de la tierra se regocijarán sobre ellos y se alegrarán, y se enviarán regalos unos a otros; porque estos dos profetas habían atormentado a los moradores de la tierra.» (Apocalipsis 11:10)

Es una celebración de la muerte de la verdad. La exposición en la plaza es un acto de propaganda del Anticristo. Quieren demostrar que la voz profética ha sido silenciada. Es el mismo escenario del Gólgota: Jesús crucificado en público, expuesto a la vergüenza. Ellos (los que se nombran “Pueblo de Dios”) celebran. Hacen fiesta. Intercambian regalos como si fuera Navidad. ¿Esa es la actitud de un pueblo oprimido que acaba de perder a sus protectores? No. Esa es la actitud de un pueblo que aplaude el as*****to de sus profetas.

Si los testigos fueran enviados para proteger a Israel, lo lógico sería que Israel lamentara su muerte. Pero no lo hace. Los celebra. ¿Por qué? Porque los testigos no eran del agrado de esa ciudad. Su mensaje incomodaba. Su presencia molestaba. El versículo lo deja claro: «estos atormentaban a los que moran sobre la tierra». Eran una piedra en el zapato, una voz incómoda que denunciaba la corrupción reinante.

Así que la idea popular de que los testigos mueren para «dar paso» a la opresión del Anticristo sobre Israel no se sostiene. El Anticristo no necesita permiso para oprimir a una ciudad que ya está de su lado. Jerusalén, según el texto, es el escenario del crimen, no la víctima de la bestia. Es el patio trasero del sistema, no su campo de batalla.

𝐂𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐥𝐨 𝐬𝐚𝐠𝐫𝐚𝐝𝐨 𝐬𝐞 𝐜𝐨𝐫𝐫𝐨𝐦𝐩𝐞

Lo que Apocalipsis está diciendo es algo que nos cuesta digerir: el lugar que debía ser un faro de luz se convirtió en un centro de tinieblas. La ciudad que debía acoger a los profetas se especializó en asesinarlos. El pueblo que fue liberado de Egipto terminó comportándose como el faraón.

Hay una ironía amarga en ese versículo. Israel fue rescatado de Egipto, y ahora Jerusalén es llamada Egipto. Israel escapó del juicio que cayó sobre Sodoma, y ahora Jerusalén es llamada Sodoma. Las víctimas se han convertido en victimarios. Los liberados se han transformado en opresores.

Esta dinámica ya había sido denunciada por los profetas antiguos. Isaías, hablando en nombre de Dios, le dijo a Israel:

«Oíd la palabra de Jehová, príncipes de Sodoma; escuchad la ley de nuestro Dios, pueblo de Gomorra.» (Isaías 1:10)

Y Ezequiel fue aún más explícito al comparar a Jerusalén con su hermana Sodoma:

«He aquí que esta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad tuvieron ella y sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso.» (Ezequiel 16:49)

El problema de Sodoma, según el profeta, no era solo sexual. Era arrogancia, indiferencia ante el sufrimiento ajeno y autosuficiencia. Exactamente lo que caracterizaba a la Jerusalén del primer siglo. Exactamente lo que caracteriza a cualquier institución religiosa que se siente intocable.

Es una advertencia que atraviesa los siglos: ninguna institución, ninguna nación, ningún movimiento religioso está exento de corromperse. Ni siquiera el que lleva el nombre de Dios en la puerta.

𝐄𝐥 𝐩𝐞𝐥𝐢𝐠𝐫𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐜𝐞𝐠𝐮𝐞𝐫𝐚 𝐬𝐞𝐥𝐞𝐜𝐭𝐢𝐯𝐚

Y es precisamente aquí donde debemos hacer una pausa honesta y reconocer el peligro de la ceguera selectiva en la que ha caído la iglesia evangélica. Y es que el cristianismo actual tiene una tendencia a leer la Biblia con anteojeras emocionales. Nos conmueve el Israel del Éxodo, el Israel de David, el Israel de los profetas. Pero cuando los mismos profetas denuncian a Israel por su injusticia, su idolatría y su violencia, bajamos la voz o cambiamos de página.

Amós gritó contra la opresión de los pobres en Samaria:

«Oíd esta palabra, vacas de Basán, que estáis en el monte de Samaria, que oprimís a los pobres y quebrantáis a los menesterosos, que decís a sus señores: Traed, y beberemos.» (Amós 4:1)

Isaías denunció la corrupción de los líderes de Judá:

«Tus príncipes, prevaricadores y compañeros de ladrones; todos aman el soborno, y van tras las recompensas; no hacen justicia al huérfano, ni llega a ellos la causa de la viuda.» (Isaías 1:23)

Jeremías fue perseguido por su propio pueblo, al punto de clamar:

«Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día.» (Jeremías 20:8)

Juan el Bautista llamó «raza de víboras» a los líderes religiosos de su tiempo:

«Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?» (Mateo 3:7)

Jesús lloró sobre Jerusalén diciendo que mataba a los profetas y apedreaba a los enviados de Dios:

«¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mateo 23:37)

Esteban, el primer mártir cristiano, lo resumió con una claridad brutal ante el Sanedrín:

«¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros.» (Hechos 7:51)

La Biblia no esconde esta historia. Somos nosotros quienes preferimos no mirarla de frente. Y lo mismo sucede con el Apocalipsis. Preferimos imaginar a una Jerusalén sufriente, perseguida por la bestia, esperando ser rescatada. Pero el texto nos muestra a una Jerusalén que celebra la muerte de los enviados de Dios. No es una víctima. Es cómplice.

Pablo ya lo había advertido al hablar de sus propios compatriotas:

«Porque no todos los que descienden de Israel son israelitas.» (Romanos 9:6)

La pertenencia étnica o geográfica nunca fue garantía de fidelidad a Dios. La fe, no la sangre, es lo que define al pueblo del pacto.

𝐔𝐧𝐚 𝐟𝐞 𝐬𝐢𝐧 𝐠𝐞𝐨𝐠𝐫𝐚𝐟𝛊́𝐚𝐬 𝐬𝐚𝐠𝐫𝐚𝐝𝐚𝐬

Apocalipsis 11:8 nos obliga a soltar una idea muy arraigada: que hay lugares, naciones o sistemas políticos que merecen nuestra lealtad incondicional. La «ciudad santa» que mató a los testigos no es santa por su geografía, sino por su obediencia. Y cuando la obediencia desaparece, la santidad se desvanece.

No se trata de odiar a Israel. Se trata de no idolatrar a nadie. Ni a Israel, ni a ninguna otra nación moderna. El discípulo de Jesús no tiene patria permanente. Su ciudadanía está en los cielos. Pablo lo expresó con total claridad:

«Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo.» (Filipenses 3:20)

Y Pedro definió a la iglesia con términos que antes se aplicaban exclusivamente a Israel:

«Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz.» (1 Pedro 2:9)

La lealtad del creyente no pertenece a banderas, fronteras ni gobiernos, sino al Cordero. De hecho, el Apocalipsis termina con una visión de una «nueva Jerusalén» que desciende del cielo. Esa es la ciudad que importa:

«Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.» (Apocalipsis 21:2)

Esa es la ciudad que acoge a los testigos, no la que los mata. La que está limpia y preparada, no la que se alía con la bestia. La que desciende de lo alto, no la que se corrompe en la tierra.

𝐔𝐧𝐚 𝐚𝐝𝐯𝐞𝐫𝐭𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐧𝐨𝐬𝐨𝐭𝐫𝐨𝐬

Este versículo no es solo sobre Jerusalén. Es sobre nosotros. Sobre la iglesia. Sobre cualquier comunidad que se atrinchera en su historia, su liturgia, su bandera o su nacionalismo, y deja de escuchar la voz de los profetas. Si la iglesia se convierte en una institución que protege su poder, que negocia con el sistema, que silencia a los incómodos y canoniza a los complacientes, corre el riesgo de convertirse en Sodoma. En Egipto. En la ciudad que crucifica a Cristo una y otra vez.

La escena de los cadáveres en la plaza es brutal. Pero no es el final. Unos versículos más adelante, el Espíritu de vida entra en esos cuerpos, y los testigos se levantan. Hay resurrección:

«Pero después de tres días y medio entró en ellos el espíritu de vida enviado por Dios, y se levantaron sobre sus pies, y cayó gran temor sobre los que los vieron. Y oyeron una gran voz del cielo, que les decía: Subid acá. Y subieron al cielo en una nube; y sus enemigos los vieron.» (Apocalipsis 11:11-12)

Hay justicia. Hay castigo y retribución:

«En aquella hora hubo un gran terremoto, y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y por el terremoto murieron en número de siete mil hombres; y los demás se aterrorizaron, y dieron gloria al Dios del cielo.» (Apocalipsis 11:13)

Siempre la hay. La pregunta es de qué lado queremos estar. Si en la plaza celebrando la muerte de la verdad, o en el testimonio fiel, aunque cueste la vida. Porque la ciudad que mata profetas no tiene futuro. La ciudad de Dios, esa sí.

𝐑𝐞𝐟𝐞𝐫𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬:

• Aune, D. E. (1997–1998). Revelation (Vols. 52A–52C). Word Biblical Commentary. Word Books.
• Bauckham, R. (1993). The theology of the book of Revelation. New Testament Theology. Cambridge University Press.
• Beale, G. K. (1999). The book of Revelation: A commentary on the Greek text. New International Greek Testament Commentary. W. B. Eerdmans / Paternoster Press.
• Betz, N. (2025). City of gods: The New Jerusalem of John’s Revelation in early Christianity. Brill.
• Koester, C. R. (2014). Revelation: A new translation with introduction and commentary. Anchor Yale Bible Commentary. Yale University Press.
• La Santa Biblia: Reina-Valera 1960. (1960). Sociedades Bíblicas Unidas. (Obra clásica).
• Reynolds, E. E. (1994). The Sodom/Egypt/Babylon motif in the book of Revelation [Tesis doctoral, Andrews University]. Digital Commons @ Andrews University. https://digitalcommons.andrews.edu/dissertations/137/
• Siew, A. K. W. (2005). The war between the two beasts and the two witnesses: A chiastic reading of Revelation 11:1–14:5. T & T Clark.
• Victorino de Pettau. (2012). Commentary on the Apocalypse of the Blessed John. En W. C. Weinrich (Ed.), Ancient Christian commentary on Scripture: New Testament XII: Revelation (pp. 123–125). InterVarsity Press. (Obra original publicada c. 303 d. C.).

¿𝐒𝐄𝐂𝐓𝐀𝐑𝐈𝐒𝐌𝐎 𝐃𝐄 𝐂𝐈𝐍𝐂𝐎 𝐏𝐔𝐍𝐓𝐎𝐒, 𝐎 𝐃𝐎𝐂𝐓𝐑𝐈𝐍𝐀𝐒 𝐃𝐄 𝐋𝐀 𝐃𝐈𝐒𝐂𝐎𝐑𝐃𝐈𝐀?  — Oh, cuán fatigoso resulta para el alma el sempiterno litigi...
24/08/2026

¿𝐒𝐄𝐂𝐓𝐀𝐑𝐈𝐒𝐌𝐎 𝐃𝐄 𝐂𝐈𝐍𝐂𝐎 𝐏𝐔𝐍𝐓𝐎𝐒, 𝐎 𝐃𝐎𝐂𝐓𝐑𝐈𝐍𝐀𝐒 𝐃𝐄 𝐋𝐀 𝐃𝐈𝐒𝐂𝐎𝐑𝐃𝐈𝐀? — Oh, cuán fatigoso resulta para el alma el sempiterno litigio entre calvinistas y arminianos, esa danza teológica que, lejos de edificar, parece regodearse en la discordia. Permítasenos, desde la humilde trinchera arminiana, aclarar con cierta sorna: no nos hallaréis merodeando en las sacrosantas iglesias calvinistas, sembrando cizaña doctrinal ni urdiendo conspiraciones para seducir a sus fieles hacia las ideas de Arminio. No, señores, no nos veréis en tan bajas empresas, pues carecemos de la vocación proselitista que parece inflamarse en ciertos corazones predestinados. Nuestra prédica se centra en Cristo, no en las glorias de teólogos pretéritos, y mucho menos en erigir ídolos de carne y hueso como Arminio o Wesley. Cuando algún alma, por libre albedrío —¡oh, ironía!—, decide abandonar los claustros calvinistas para unirse a nuestras congregaciones, no organizamos festividades triunfalistas ni damos púlpito a testimonios que proclamen cómo "la gracia divina nos libró del error calvinista". Semejante frivolidad nos resulta ajena. El calvinismo, con su proverbial sectarismo y esa altanería que lo lleva a tildar de hereje a todo aquel que no comulgue con sus cinco puntos, parece empeñado en convertir al mundo no a Cristo, sino a su propia ortodoxia. Ya lo advertía con lucidez John Wesley, padre del metodismo, quien contemplaba con desdén esa pulsión de creerse los únicos custodios de la verdad, mientras el resto, según ellos, yace en tinieblas:

«Descubrimos otra trampa del diablo. La mujer de Deptford había hablado claramente con el señor Humphreys, ordenándole que no predicara, que dejara de hacer el bien y, en una palabra, que se mantuviera en silencio. Conversamos extensamente con ella, y se humilló profundamente, abrumada por la conciencia de cuánto terreno había ganado Satanás sobre ella. Por la tarde, el señor Acourt se quejó de que el señor Nowers le había impedido unirse a nuestra sociedad. El señor Nowers respondió: “Fue por orden del señor C. Wesley”. “¿Cómo?”, dijo el señor Acourt, “¿rechazan admitir a una persona en su sociedad solo porque difiere de ustedes en opinión?”. Respondí: “No, pero ¿a qué opinión se refiere?”. Él dijo: “A la de la elección. Creo que un cierto número de personas está elegido desde la eternidad, y estas deben y serán salvas, mientras que el resto de la humanidad debe y será condenado. Y muchos en su sociedad sostienen lo mismo”. Repliqué: “Nunca he preguntado si lo sostienen o no. Solo pido que no molesten a otros discutiendo al respecto”. Él dijo: “No, yo sí discutiré sobre eso”. “¿Dónde quiera que vaya?”, pregunté. “Sí, donde quiera que vaya”. “Entonces, ¿por qué querría unirse a nosotros, sabiendo que pensamos diferente?”. “Porque todos ustedes están equivocados, y estoy decidido a corregirlos”. “Temo que venir con esa intención no nos beneficiará ni a usted ni a nosotros”. Concluyó diciendo: “Entonces iré y le diré al mundo entero que usted y su hermano son falsos profetas. Y le aseguro, en dos semanas, todos estarán en confusión”. Mencioné esto a nuestra sociedad y, sin entrar en la controversia, imploré a todos los que eran débiles en la fe que no se recibieran unos a otros para “discusiones dudosas”, sino que simplemente buscaran la santidad y las cosas que contribuyen a la paz.» [𝑊𝑒𝑠𝑙𝑒𝑦, 𝐽𝑜𝘩𝑛. 𝑇𝘩𝑒 𝑊𝑜𝑟𝑘𝑠 𝑜𝑓 𝐽𝑜𝘩𝑛 𝑊𝑒𝑠𝑙𝑒𝑦. 𝑉𝑜𝑙𝑢𝑚𝑒 𝟷, 𝐽𝑜𝑢𝑟𝑛𝑎𝑙𝑠, 𝑂𝑐𝑡. 𝟷𝟺, 𝟷𝟽𝟹𝟻 – 𝑁𝑜𝑣. 𝟸𝟿, 𝟷𝟽𝟺𝟻. 𝟹𝑟𝑑 𝑒𝑑𝑖𝑡𝑖𝑜𝑛. 𝐿𝑜𝑛𝑑𝑜𝑛: 𝑇𝘩𝑜𝑚𝑎𝑠 𝐽𝑎𝑐𝑘𝑠𝑜𝑛, 𝟷𝟾𝟽𝟸. 𝑅𝑒𝑝𝑟𝑖𝑛𝑡, 𝐴𝑙𝑏𝑎𝑛𝑦, 𝑂𝑅: 𝐴𝑔𝑒𝑠 𝑆𝑜𝑓𝑡𝑤𝑎𝑟𝑒, 𝟷𝟿𝟿𝟽, 𝑝. 𝟸𝟿𝟻-𝟸𝟿𝟼.]

¡Qué agotador espectáculo, y qué lejos de la cruz! Con profunda tristeza constatamos que, en los albores de este siglo, persiste en numerosos rincones de Latinoamérica una sombra que fractura la unidad del Cuerpo de Cristo: el sectarismo del autoproclamado nuevo calvinismo. Esta corriente, con su fervor casi cruzado por imponer su rígida ortodoxia, se infiltra en las iglesias como un virus teológico, sembrando división donde debiera reinar la comunión. Lejos de edificar, este movimiento, con su arrogancia doctrinal apenas disimulada, hiere lo que jamás debería ser quebrantado: la sagrada unidad de los redimidos por la cruz. ¡Qué ironía que, en nombre de la soberanía divina, se fracture el cuerpo mismo de Aquel a quien dicen servir!

𝘝𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥𝘦𝘴 𝘪𝘯𝘤𝘰́𝘮𝘰𝘥𝘢𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘶𝘯 𝘤𝘦𝘴𝘢𝘤𝘪𝘰𝘯𝘪𝘴𝘵𝘢...La Palabra de Dios en el Antiguo Testamento es clara al enseñarnos la forma e...
24/08/2026

𝘝𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥𝘦𝘴 𝘪𝘯𝘤𝘰́𝘮𝘰𝘥𝘢𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘶𝘯 𝘤𝘦𝘴𝘢𝘤𝘪𝘰𝘯𝘪𝘴𝘵𝘢...
La Palabra de Dios en el Antiguo Testamento es clara al enseñarnos la forma en que Dios espera que llevemos a cabo su obra: “no con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu” (Zacarías 4:6). Jesús, nuestro modelo perfecto, estableció un patrón y el paradigma ministerial para los creyentes de todos las épocas. Puesto que Él fue guiado por el Espíritu y ministró en el poder del Espíritu, la iglesia está obligada a ministrar de la misma forma y en el mismo poder. Lucas, el teólogo-historiador, enfatiza la naturaleza carismática del ministerio de Jesús al decirnos, por ejemplo, que “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu en el desierto…” y que “Jesús regresó a Galilea en el poder del Espíritu, y las nuevas acerca de Él se divulgaron por toda aquella comarca” (Lucas 4:1, 14). Jesús deseaba que sus seguidores ministraran de la misma manera puesto que prometió que recibirían poder cuando el Espíritu descendiera sobre ellos (Hechos 1:8).

Ese poder se manifiesta especialmente a través de los dones del Espíritu que dan poder para hacer la obra de Dios, y a través del fruto del Espíritu que nos hace obreros maduros y eficaces para el Señor. La falsa dicotomía que nos lleva a elegir entre dones y fruto del Espíritu es antibíblica. Dios nunca mandó elegir lo uno o lo otro. Deberíamos tenerlos ambos. Tan incompleto es el pentecostal que presume de dones y carece de frutos, como el cesacionista (sea reformado, bautista, luterano o de la denominación que fuere) que se jacta de su fruto y carácter, pero carece de poder para obrar milagros, sanidades, echar fuera demonios o ejercer cualquier otro don espiritual. ¡Ambos están incompletos!

Cristo, el Señor y cabeza de la iglesia, fue un líder ungido y lleno del Espíritu, quien actuó no sólo evidenciando el fruto, sino también en el poder y los dones del Espíritu. Entonces ¿Por qué la iglesia, la cual es Su Cuerpo, habría de ser cesacionista? Ese fruto y esos dones del Espíritu son “como el buen aceite que, desde la cabeza, va descendiendo por la barba, por la barba de [Cristo, nuestro Sumo Sacerdote], hasta el borde de sus vestiduras.” (Salmo 133:2, NVI) ¡Todo el cuerpo, y cada una de sus partes, disfruta de cada aspecto de la unción! La iglesia de todos los tiempos necesita recordar esta verdad: Cristo estableció Su Iglesia sobre la tierra, ¡Y esta iglesia es carismática, llena de fruto y de poder pentecostal!

Dirección

Calle Bruno Bonilla, Colonia Fátima, El Salvador, Centroamérica
Chalatenango
CP1301

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Pensamiento Pentecostal Arminiano publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Contacto El Lugar De Culto

Enviar un mensaje a Pensamiento Pentecostal Arminiano:

Atajos

Compartir