12/01/2026
La vida religiosa no apaga la alegría, la transforma. No quita libertad, le da sentido. No elimina los sueños, los hace más grandes, porque ya no se vive solo para uno mismo, sino para muchos.
Quien vive consagrado no huye del mundo, se sumerge en él con el corazón de Cristo: enseña, acompaña, sana, escucha, ríe, llora, anuncia, sirve… y vuelve a empezar.