08/06/2026
Cuando una persona está lejos de Dios, su corazón es insensible al pecado, no lo percibe como peligroso ni como una ofensa contra Su santidad. Para ella, lo que la Palabra de Dios llama pecado puede ser trivial, incluso atractivo, porque no hay una conciencia viva de la santidad divina que lo contraste. Romanos 1:18–21 nos recuerda que, aunque la creación revela a Dios, el hombre que la rechaza oscurece su entendimiento y endurece su corazón; así, el pecado no pesa ni incomoda, porque no hay un acercamiento al Señor que genere convicción y arrepentimiento genuino.
En cambio, quien se acerca a Dios comienza a percibir el pecado con claridad y sensibilidad. Cada acción contraria a Su voluntad duele, no por miedo al in****no, sino porque hiere la relación con Aquel que nos ama con amor eterno. Isaías 6:5 refleja esta experiencia; la santidad de Dios confrontó a Isaías con su propia impureza, y su pecado le resultó insoportable. De igual manera, la cercanía con el Señor produce una “carga santa”, el pecado ya no es neutro ni cómodo, sino algo que aflige el corazón, que genera arrepentimiento y genuino deseo de cambiar. Esta incomodidad es un signo de vida espiritual, indica que el alma está respondiendo a la gracia, que el Espíritu Santo ha despertado convicción y que el camino hacia la santidad es una realidad.
Créditos: Evangelio y Verdad