10/06/2026
𝐕𝐮𝐞𝐥𝐯𝐞 𝐚𝐥 𝐩𝐫𝐢𝐦𝐞𝐫 𝐚𝐦𝐨𝐫 𝐲 𝐜𝐮𝐢𝐝𝐚 𝐭𝐮 𝐬𝐚𝐥𝐯𝐚𝐜𝐢ó𝐧 𝐜𝐨𝐧 𝐭𝐞𝐦𝐨𝐫 𝐲 𝐭𝐞𝐦𝐛𝐥𝐨𝐫
Los "ministros" de hoy en día han tomado la costumbre, quizá buscando aceptación, popularidad o relevancia, de tirarle a la sana doctrina. Se observa en muchos cantantes, predicadores e influenciadores cristianos que han optado por adaptar el mensaje para agradar a las masas antes que permanecer fieles a la verdad de Dios.
Vemos casos como el de Alex Zurdo con su canción "Doña Religión", o mensajes de figuras como Bryan Caro, que en múltiples ocasiones han lanzado críticas directas contra pastores y creyentes que no comparten sus posturas más liberales. Aunque ciertamente existen prácticas religiosas que deben ser examinadas a la luz de la Palabra, también es cierto que se ha desarrollado una tendencia peligrosa: ridiculizar o desacreditar toda exhortación a la santidad, al arrepentimiento y a la separación del pecado, etiquetándola automáticamente como "religiosidad".
Hace muchos años, David Wilkerson relató una visión que le impactó profundamente. Entre las cosas que vio estaba una transformación del evangelio, un mensaje alterado para acomodarse a los deseos del hombre. También observó cómo ciertas figuras alcanzarían gran notoriedad a través de medios de comunicación masivos. Hoy, en tiempos de redes sociales, plataformas digitales, monetización de contenido y búsqueda constante de visibilidad, es difícil no reflexionar sobre cuán relevante resulta aquella advertencia.
Mientras observamos todo esto, viene a mi memoria la amonestación que Yahshua hizo a la iglesia de Éfeso:
"Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor" (Apocalipsis 2:4).
Y precisamente ahí parece encontrarse uno de los mayores problemas de nuestro tiempo.
El primer amor no busca conveniencia personal. El primer amor no persigue fama. El primer amor no se mueve por lucro ni por reconocimiento humano. El primer amor se consume por la presencia de Dios. Se esfuerza por mantener encendido el fuego del Espíritu en el corazón. Vive apasionado por la salvación de las almas y por la santificación diaria.
Y no, pasión por las almas no es simplemente predicar sermones.
Pasión por las almas es procurar que el individuo llegue a un arrepentimiento genuino. Es presentar un mensaje que permita al Espíritu Santo cumplir aquello que Yahshua anunció:
"Y cuando Él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio" (Juan 16:8).
Es acompañar a las personas hasta que tomen la firme decisión de agradar a Dios más que a los hombres, como declararon los apóstoles:
"Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hechos 5:29).
Es enseñarles a rendir su voluntad a la voluntad divina. Es ayudarles a examinarse día tras día, cuidando su salvación con temor y temblor, tal como escribió Pablo:
"Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor" (Filipenses 2:12).
Sin embargo, uno de los temas más ausentes en gran parte de la predicación contemporánea es precisamente el llamado al arrepentimiento genuino.
Y quizá una de las razones por las que esto ocurre fue anunciada hace siglos por el apóstol Pablo:
"Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias; y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas" (2 Timoteo 4:3-4).
Vivimos en una generación que busca mensajes que afirmen sus deseos más que mensajes que confronten su pecado. Muchos no buscan maestros que les enseñen la verdad, sino voces que les permitan permanecer cómodos en aquello que Dios les está llamando a abandonar.
Hoy parece valer más la cantidad de vistas, los "likes", los seguidores y las veces que se comparte un contenido, porque son esos números los que generan influencia, contratos, oportunidades y monetización. En demasiados casos, el evangelio ha dejado de ser una misión para convertirse en un negocio.
Debemos ser cuidadosos, porque el problema no es el dinero en sí. La Escritura nunca condena el trabajo honrado, la prosperidad obtenida con integridad ni la provisión de Dios para sus hijos. Lo que la Palabra condena es el amor al dinero cuando este ocupa el lugar que solo le pertenece a Dios.
Pablo escribió:
"Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe y fueron traspasados de muchos dolores" (1 Timoteo 6:10).
Cuando la fama, la monetización, las plataformas, los contratos o el reconocimiento se convierten en el objetivo principal, el ministerio deja de ser un altar de servicio y corre el peligro de transformarse en una empresa humana. El evangelio nunca fue diseñado para enriquecer al hombre; fue dado para reconciliar al hombre con Dios.
Lo preocupante es que cuando Dios levanta una voz verdaderamente profética para advertir, corregir y llamar al arrepentimiento, rápidamente aparecen quienes la etiquetan como una voz negativa o como "profetas de terror". Pero cuando llega el cumplimiento de aquello que fue advertido, muchos preguntan: "¿Por qué nadie avisó?"
La realidad es que sí se avisó.
Lo que ocurrió fue que no quisieron escuchar.
Tal como dijo el profeta Oseas:
"Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento" (Oseas 4:6).
Por eso Dios continúa llamando hoy al arrepentimiento genuino. Pero ese llamado debe comenzar por cada uno de nosotros, especialmente por aquellos que dicen luchar por el evangelio. El Señor sigue diciendo:
"Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras" (Apocalipsis 2:5).
Enamórense nuevamente de Su presencia. Procuren que aquellos que los rodean aprendan a amar a Dios más que cualquier otra cosa. Porque como declara el salmista:
"Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre" (Salmo 16:11).
Dios sigue siendo el dueño del oro y de la plata:
"Mía es la plata y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos" (Hageo 2:8).
Él continúa siendo el proveedor de todas nuestras necesidades:
"Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús" (Filipenses 4:19).
No tenemos que convertir el evangelio en un negocio ni usar el ministerio como una plataforma de enriquecimiento personal. Cuando servimos a Dios en espíritu y en verdad, Él mismo se ocupa de nosotros.
Si las aves del cielo no siembran ni cosechan, y aun así el Padre celestial las sustenta cada día, ¿cuánto más cuidará de nosotros?
"Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?" (Mateo 6:26).
Muchas veces la desesperación por lucrarse revela un problema más profundo: la falta de conocimiento de quién es realmente Dios. Porque quien conoce al Señor aprende que Él llena todo en todo, que Él es suficiente y que jamás abandona a los que le sirven con integridad.
El problema real muchas veces es nuestra fe.
No confiamos lo suficiente para descansar en que Dios tiene el control absoluto de todas las cosas. Queremos asegurar con nuestras propias fuerzas lo que Dios ya prometió proveer.
Por supuesto, también debemos reconocer que la Biblia enseña principios de responsabilidad. La Escritura declara claramente:
"Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma" (2 Tesalonicenses 3:10).
El evangelio jamás ha sido una excusa para la ociosidad. Al contrario, la condena con firmeza. El creyente debe ser diligente, responsable y trabajador. Debe ocuparse en los asuntos del Reino y también cumplir con las responsabilidades que Dios ha puesto delante de él.
Cuando caminamos en obediencia, trabajando con integridad y sirviendo al Señor con un corazón sincero, Dios prospera la obra de nuestras manos.
El llamado sigue siendo el mismo que Yahweh hizo a través del profeta Joel:
"Convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios" (Joel 2:12-13).
Dios no está buscando una emoción pasajera ni una apariencia religiosa. Está buscando corazones quebrantados, rendidos y transformados por Su presencia.
Por eso, hoy más que nunca, debemos volver al primer amor.
Debemos volver a la oración genuina, al ayuno sincero, a la búsqueda de la presencia de Dios, al estudio profundo de Su Palabra y al arrepentimiento verdadero.
No al arrepentimiento superficial que dura un momento, sino al que transforma la vida.
No al evangelio que entretiene, sino al evangelio que confronta.
No al mensaje que acomoda al pecador, sino al mensaje que lo conduce a los pies de Cristo.
Como escribió Pablo a los gálatas:
"Vosotros corríais bien; ¿quién os estorbó para no obedecer a la verdad?" (Gálatas 5:7).
Es una pregunta que cada creyente debería hacerse hoy.
¿Qué ha ocupado el lugar de Dios en nuestro corazón?
¿Qué ha apagado el fuego que una vez ardía dentro de nosotros?
¿Qué nos ha hecho conformarnos con una apariencia de piedad mientras descuidamos la comunión verdadera con el Señor?
Todavía hay tiempo.
Escapa por tu vida, como los ángeles advirtieron a Lot:
"Escapa por tu vida; no mires tras ti" (Génesis 19:17).
Vuelve al primer amor.
Vuelve al arrepentimiento genuino.
Vuelve a la presencia de Dios.
Vuelve a la sana doctrina.
Vuelve a la cruz.
Vuelve a la obediencia.
Vuelve a la santidad.
Porque nada de este mundo puede compararse con la gloria de conocerle, amarle y permanecer fiel hasta el final.
"El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias" (Apocalipsis 2:7).