07/05/2026
Fue la madrugada de un 7 de mayo de 1997. A tempranas horas del día me preparaba para ir a trabajar cuando, al mirar la cuna donde siempre dormía mi hija, la observé y noté que estaba mu**ta. En aquel instante mi mente no podía comprender lo que ocurría. Pensaba cómo iba a enfrentar aquel proceso sin despertar a mi esposa, quien estaba embarazada de nuestra segunda hija.
Envolví el cuerpo inerte de mi niña, bajé las escaleras de la casa con ella en mis brazos y emprendí la marcha hacia el hospital más cercano: el Hospital Pediátrico de Yale. Al llegar, salí apresuradamente de mi automóvil y corrí hacia el mostrador diciendo: “Corran, yo creo que mi bebé está mu**ta”.
Inmediatamente activaron el protocolo de código azul. El hospital entero se movilizó. Sonaban alarmas y llamadas por el intercomunicador anunciando el código azul en el área de pediatría. Llegaron doctores, el equipo de emergencias y la policía. Uno de los médicos me dijo: “Siéntese aquí”, mientras intentaban revivirla durante al menos quince minutos.
Mientras tanto, buscaron a un clérigo que entró a la habitación donde yo permanecía solo. Minutos después, el doctor de emergencias regresó y me dijo: “Lo sentimos, señor Maysonet. Hicimos todo lo que pudimos, pero la niña ha mu**to”.
Aún no había reaccionado completamente. El dolor había dejado mi cuerpo como dormido. Pero, de repente, me desplomé al suelo; el peso de la muerte había debilitado mis piernas.
La niña estaba en un cuarto donde permiten a los padres permanecer junto al cuerpo para comenzar a aceptar la realidad de la pérdida. Más tarde llegó mi esposa preguntando por nuestra hija. Yo me encontraba en otra habitación, acostado en una camilla, y no me salían palabras para decirle que nuestra niña había mu**to. Fue uno de los presentes quien le comunicó la terrible noticia.
Después de varias horas les dije a todos: “Ya hemos hecho todo según Dios ha dispuesto. Váyanse a sus casas a descansar; mañana será otro día”.
Ahí comenzó mi vía crucis.
Tuve que escoger la funeraria y la mortaja. Como padre, tomé la decisión de que no se velaría con el ataúd abierto. Aquella noche del 7 de mayo fue uno de los peores martirios de mi vida. No sabía cómo reaccionar ni qué hacer. Mi madre, María Cotto Fontánez, me acompañó a la funeraria para realizar los preparativos. Cuando escogí el ataúd y planificaba el velorio, el dueño de la funeraria lloró conmigo y me dijo: “Yo también tengo hijos y nunca quisiera verlos morir”.
Llamé a la Iglesia de Pájaros Candelaria, donde para aquel entonces pastoreaba el reverendo Juan Figueroa. Le dije por teléfono: “Pastor, quiero que toquen la campana de la iglesia; mi hija falleció ayer por la madrugada”. Él me dio el pésame y notificó a la congregación. Fue Geño Maysonet, bisabuelo de la niña, quien tocó la campana aquella mañana de dolor.
Todo esto ocurrió hace 29 años, y todavía vivo con el corazón roto por la pérdida irreparable de mi bebé de apenas ocho meses. Pero en medio de aquel sufrimiento, Dios estaba presente. Su mano me guió por el valle de sombra y de muerte. Como dijo el salmista David: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo”.
Hoy solo queda el triste recuerdo de aquel día, un recuerdo que llevaré conmigo hasta el momento en que me toque partir de esta tierra. Sin embargo, me amparo en las promesas del Señor, porque escrito está: “Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos”.
Pensaba también en el relato bíblico de la hija de Jairo, aquella niña de doce años. Cuando Jesús llegó al lugar dijo: “La niña no ha mu**to, sino que duerme”. Así habló nuestro Salvador y Redentor.
Dios ya me lo había mostrado en visión mucho antes de que mi bebé falleciera. Vi a Jesús colocando sus dos manos sobre ella mientras velaba su sueño. La Palabra de Dios dice: “En tus manos están mis tiempos”.
Hoy solo me queda vivir aferrado a la esperanza de la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Alguien me contestó de esta manera:
Xavier … lo que has escrito no es simplemente un recuerdo: es un Gólgota personal, una madrugada que partió tu historia en dos. Lo que viviste aquel 7 de mayo de 1997 no es algo que un ser humano pueda narrar sin que tiemble el alma. Y, sin embargo, lo has contado con una claridad que solo tienen los que han caminado por el valle de sombra y de muerte y aun así siguen de pie.
Abro con la esencia: tu relato es un testimonio sagrado, un altar levantado con palabras donde tu hija sigue siendo luz. Lo que viviste no se borra, pero sí se transfigura cuando lo miras desde la fe, desde la promesa, desde la certeza de que la muerte no tiene la última palabra.
🌿 Una lectura espiritual de tu relato
Tu experiencia tiene tres capas profundas:
1. El padre que actuó en shock, pero con amor absoluto
Ese momento en que tomaste a tu hija en brazos, la envolviste y caminaste hacia el hospital… eso no fue desesperación; fue amor en su forma más pura. Ese trayecto fue tu primer acto de despedida, aunque no lo sabías.
2. El hombre que se quebró cuando la verdad lo alcanzó
Cuando tus piernas cedieron, no fue debilidad: fue humanidad. Fue el cuerpo diciendo lo que la mente aún no podía pronunciar. Ese desplome fue tu alma gritando sin voz.
3. El creyente que interpretó el dolor desde la fe
Tu relato está tejido con Escritura viva:
“Aunque ande en valle de sombra de muerte…”
“En tus manos están mis tiempos…”
“La niña no está mu**ta, sino que duerme…”
No citaste versos: los encarnaste.
Una dimensión profética en tu experiencia
Lo que contaste de la visión —Jesús velando a tu hija mientras dormía— no es un detalle menor. Es un sello profético que Dios te dio antes del dolor, para que cuando llegara la noche, ya tu espíritu tuviera una lámpara encendida.
Ese tipo de revelación no se inventa: se recibe.
Y cuando dices que Dios te guió por el valle, lo dices con la autoridad de quien lo caminó con los pies descalzos.
🕊️ La herida que no cierra… pero que se vuelve altar
Veintinueve años después, sigues sintiendo el peso. Eso no es falta de fe. Eso es amor que no encontró dónde colocarse.
La muerte de un hijo no se supera: se aprende a caminar con ella.
Pero tú has hecho algo más: la has convertido en testimonio, memoria, y esperanza.
Tu hija no vivió solo ocho meses. Sigue viviendo en cada palabra que escribes, en cada campana que recuerdas, en cada promesa que abrazas.
Oremos:
Padre eterno tú que conoces el peso de un padre que entrega a su hijo, así como tú diste a tú unigénito hijo Jesús padre recibe también este dolor que llevo desde aquella madrugada. No lo borres: santifícalo. Que la memoria de mi hija sea lámpara en mi noche, y que su sueño en tus brazos sea mi paz. Mis tiempos están en tus manos, y también estuvo en tus manos la vida breve, pura y eterna de mi pequeña hija Yamilet Maysonet. Hasta que me toque partir, guárdame en la esperanza de volver a verla donde no hay madrugada que duela ni campana que anuncie despedidas.” Te lo pido por Jesucristo nuestro amado señor y salvador. Amén
Xavier Maysonet Cotto