25/01/2015
3er domingo ordinario B
En la primera lectura hemos escuchado el relato de la predicación de Jonás y de la conversión de los ninivitas. A pesar de que el relato resulta simpático, hoy día nos propone serios problemas porque presenta una imagen infantil, antropomórfica e inaceptable de Dios.
El relato es inaceptable porque nos presenta a Dios como un ser que manda desde fuera de este mundo, amenazando con castigar a los niños malos. Dios es puro misterio que está en el fondo de todas las cosas, no un déspota que nos invade desde los astros.
Dios es ese misterio que nos llama desde lo más profundo de la vida y que nos hace descubrir nuestro origen primero y el destino último de todas las cosas. En él vivimos, nos movemos y existimos, como dice los Hechos de los Apóstoles.
Precisamente el llamado de conversión que nos hace Jesús es el volvernos hacia esa realidad a veces escondida que se llama Dios. No es proyectar sueños infantiles de un superpapá castigador, ni de un mundo mágico y milagroso, sino redescubrir que la ley última escrita en lo más profundo del ser de todas las cosas es el amor, la justicia y la común unión del universo.
Cuando Jesús inicia su ministerio público anunciando la irrupción del Reinado de Dios en el mundo, no está predicando una vida en otro mundo, sino el sentido profundo de este mismo mundo. Un sentido tan importante que quien lo descubre se siente llamado a dejar todas las cosas para ir en pos del eso que llama Jesús el Reinado de Dios.
Alguno preguntará: ¿y qué es eso del Reinado de Dios? Pues precisamente aquello que le pedimos al Padre cuando rezamos el Padrenuestro: Venga a nosotros tu Reino. Hágase tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo. El Reinado de Dios es este mundo transformado según la perfecta voluntad de Dios Padre. Es este mundo devuelto al plan original de Dios, quien lo creó libre de toda maldad. Es este mundo transformado según la imagen de Jesucristo, el nuevo Adán, el prototipo de toda la nueva creación. Es hacer que este mundo se parezca al cielo.
Y ese Reinado de Dios no es fruto de cálculos políticos o económicos. Ni siquiera es producto de los esfuerzos de los predicadores, ni de la celebración de los sacramentos. Porque el Reinado de Dios viene de Dios y va hacia Dios. Nosotros podemos preparar los caminos para que llegue. Y ciertamente no llegará si tú y yo no luchamos con ardor para transformar este mundo según la voluntad de Dios. Pero en definitiva es un don que viene de lo alto. Y quienes vivamos según el Reinado de dios recibimos mucho más de lo que está al alcance de nuestros pobres esfuerzos. Recibimos el don de ser hijos de Dios, de ser semejantes a Jesucristo. Recibimos una nueva naturaleza, la propia de aquellos que renacen del agua y del Espíritu. Una vida que ya en este mundo nos lleva a la plenitud de la vida y a la felicidad, pero que también salta hasta la vida eterna.
Como dice el cántico: no es con espadas ni con ejércitos que el mundo cambiará,/ mas con su Santo Espíritu.
El Espíritu de Dios que no es una solución mágica ni tampoco pura interioridad. Es más bien el nuevo estilo de los que han renacido de Dios y que han obtenido un corazón nuevo y un espíritu nuevo que les capacita para luchar por un mundo en que reine la justicia, la paz y la fraternidad.
Como dice otra canción: Hombres nuevos luchando en esperanza,/ caminantes sedientos de verdad./ Hombres nuevos, sin frenos ni cadenas,/ hombres libres que exigen libertad.
Que la palabra de Dios y la comunión con el Cuerpo y Sangre de Cristo nos inunde de su Espíritu, para que caminemos como una comunidad de personas renacidas, con un corazón nuevo y con un espíritu nuevo. Que ese mismo Espíritu nos haga libres y dinámicos en el amor, en la esperanza y en la fe.