26/05/2026
Homilía del martes de la Octava Semana del Tiempo Ordinario Año Par
26 de mayo de 2026 – Título: “La alegría de seguir caminando con el Señor”
¡Quien, como Dios. Nadie, como Dios! Queridos hermanos y hermanas, qué alegría volver a encontrarnos en este tiempo ordinario después de haber celebrado la fuerza tan grande de la Pascua y de Pentecostés. Tal vez alguno piense: “Padre, ya pasó la emoción de la Pascua, ya terminó Pentecostés, ahora volvemos a lo de siempre”. Pero precisamente ahí está la belleza del tiempo ordinario: descubrir que Dios también camina con nosotros en lo sencillo, en la rutina, en los días tranquilos, en las mañanas silenciosas y hasta en nuestras limitaciones propias de la edad.
Y hoy, providencialmente, celebramos la memoria de San Felipe Neri, conocido como el santo de la alegría. Un hombre que enseñó que la santidad no consiste en vivir amargados ni tristes, sino en tener un corazón cercano, humano, alegre y lleno de Dios. ¡Qué testimonio tan hermoso para nosotros!
En el Evangelio (Marcos 10,28-31), Pedro le dice a Jesús: “Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Y Jesús responde con una promesa maravillosa: nadie que haya entregado algo por Él quedará sin recompensa. Hermanos, ustedes que ya tienen tantos años vividos, ¿cuántas cosas han dejado por amor? ¿Cuántos sacrificios hicieron por sus hijos, por su familia, por su fe? ¿Cuántas noches de preocupación, cuántas lágrimas escondidas, cuántas veces tuvieron que comenzar de nuevo?
Y quizá algunos piensen: “¿Valió la pena?” El Señor hoy responde con claridad: sí, valió la pena. Ningún acto de amor queda perdido delante de Dios.
Muchos de ustedes han vivido duelos, enfermedades, decepciones, cambios fuertes en la vida. Algunos sienten la soledad más de cerca. Otros extrañan a la pareja que ya partió. Otros viven preocupados por hijos o nietos alejados de la fe. Pero hoy la Palabra nos recuerda que seguimos siendo discípulos, seguimos caminando y seguimos teniendo una misión.
La lectura de la primera carta de san Pedro (1,10-16) nos invita a poner nuestra esperanza plenamente en la gracia de Jesucristo. No vivir atrapados en el pasado ni dominados por el miedo. ¡Qué importante es eso en esta etapa de la vida! Porque uno puede caer en la tentación de pensar: “Ya yo hice lo mío”, “ya no puedo aportar”, “ahora solo me queda esperar”. Pero no es así. Mientras haya vida, hay misión. Mientras haya corazón, hay capacidad de amar.
Y ustedes tienen algo muy valioso que el mundo necesita: experiencia, sabiduría, paciencia y fe perseverante. Ustedes han aprendido que la vida no es perfecta, pero que Dios nunca abandona.
Por eso el Salmo 97 nos decía: “El Señor reina”. No reina el miedo, no reina la enfermedad, no reina la tristeza. El Señor sigue reinando incluso en medio de nuestras fragilidades.
Hoy podríamos preguntarnos: ¿cómo vivir concretamente este nuevo tiempo ordinario? Primero, recuperando la alegría sencilla. No dejarnos consumir por las noticias negativas ni por las quejas constantes. Segundo, fortaleciendo la oración diaria, aunque sea breve: un rosario, una visita al Santísimo, una lectura del Evangelio. Tercero, siendo presencia de paz en el condominio, saludando, escuchando, acompañando al vecino enfermo o solo. A veces una llamada o una conversación puede devolver esperanza a alguien.
Y también hagamos el compromiso de no jubilarnos espiritualmente. Tal vez el cuerpo se canse más, pero el corazón puede seguir dando mucho amor.
Que San Felipe Neri nos enseñe a vivir esta etapa con humor sano, esperanza y confianza en Dios. Y que al comenzar nuevamente el tiempo ordinario entendamos algo hermoso: no existen días ordinarios para quien camina de la mano del Señor. Amén.
Que pases un día lleno del amor de Dios, como María, todo por Jesús y para Jesús.
¡Viva Jesús sacramentado!… ¡Viva y de todos sea amado!…
Con mi bendición, padre Víctor Modesto Torres Cisneros.
Oración de los fieles
La salvación que nos anuncia el Espíritu es, para el que acoge mensaje, compromiso de vida. Como hijos obedientes, digamos todos: TRINIDAD DIVINA, AYÚDANOS A CAMINAR EN LA SANTIDAD.
Que tu Espíritu, Señor, nos guarde y nos guie, para que, caminando según tu voluntad, vivamos la santidad a la que nos has llamado Por Cristo nuestro Señor. Amén.