Parroquia San Luis Gonzaga Puerto Rico

Parroquia San Luis Gonzaga Puerto Rico Misa Semanal: Jueves - Hora Santa 4:00pm Misa 5:00pm

Misa Dominical: Sábado - 4:00pm. Domingo - 10:00AM

Confesiones y dirección espiritual - Jueves - 3:00pm

06/06/2026

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

06/06/2026

Homilía del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Domingo, 7 de junio de 2026
Título: “Dios no solo nos da algo; Dios se nos da a sí mismo”

¡Quien, como Dios. Nadie, como Dios! Queridos hermanos y hermanas: Hace apenas una semana celebrábamos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Contemplábamos a un Dios que es comunión de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Hoy, en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor, descubrimos algo maravilloso: ese Dios que vive en eterna comunión no quiso quedarse distante de nosotros. Quiso entrar en nuestra historia, en nuestras luchas, en nuestras hambres. Quiso darse completamente.

La Eucaristía no es simplemente un regalo de Dios. Es Dios mismo entregándose.

La primera lectura del Deuteronomio (8,2-3.14b-16ª) nos lleva al desierto. Moisés invita al pueblo a recordar. Y eso es importante. Porque cuando olvidamos lo que Dios ha hecho por nosotros, terminamos creyendo que todo lo hemos conseguido solos.

Israel atravesó un desierto duro, lleno de incertidumbres. Allí experimentó el hambre, el cansancio y el miedo. Pero precisamente allí Dios le dio el maná, un alimento inesperado.

Sin embargo, el verdadero milagro no era el pan caído del cielo. El verdadero milagro era descubrir que Dios caminaba con ellos.

¿Cuántas veces también nosotros hemos atravesado nuestros propios desiertos? Una enfermedad, una crisis familiar, una pérdida, una decepción, una preocupación económica, una soledad que nadie conoce. Y cuando miramos hacia atrás, descubrimos algo parecido a lo que descubrió Israel: Dios nunca nos abandonó.

Quizás no resolvió todo de inmediato. Quizás no eliminó todas las dificultades. Pero estuvo presente. La Eucaristía es precisamente eso: la certeza de que Dios sigue caminando con nosotros.

Jesús no quiso que su presencia dependiera de nuestros sentimientos. Por eso se quedó en algo tan sencillo y tan cotidiano como el pan y el vino.

En el Evangelio (Juan 6,51-58) escuchamos unas palabras que siguen estremeciendo después de dos mil años: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida».

Jesús no dice: “Piensen en mí”. No dice solamente: “Recuérdenme”. Dice algo mucho más profundo: “Permítanme entrar en ustedes. Permítanme vivir en ustedes”.

Porque el amor verdadero siempre busca la unión. Cuando una madre ama, quiere estar cerca de sus hijos. Cuando dos esposos se aman, desean compartir la vida. Cuando un amigo es verdadero, permanece. Pues bien, Dios nos ama tanto que encontró la forma de permanecer dentro de nosotros.

Cada comunión es una visita de Dios al corazón humano. Pero aquí surge una pregunta importante: ¿Qué lugar encuentra Jesús cuando entra en nuestra vida? ¿Encuentra un corazón agradecido o un corazón distraído?

¿Encuentra espacio para actuar o encuentra muchas puertas cerradas? ¿Nos acercamos a la comunión con hambre espiritual o simplemente por costumbre?

La Eucaristía no es magia. Es encuentro. Es relación. Es comunión. Y por eso San Pablo nos ofrece hoy una consecuencia que a veces olvidamos. Dice: «El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo».

La Eucaristía no solo nos une a Cristo; también nos une entre nosotros. No podemos recibir el mismo Pan y seguir alimentando divisiones.

No podemos acercarnos al mismo altar y permanecer indiferentes ante el sufrimiento de los demás. No podemos decir “Amén” al Cuerpo de Cristo en la hostia y después rechazar al Cuerpo de Cristo que encontramos en nuestros hermanos.

Por eso hoy vale la pena preguntarnos: En mi matrimonio, ¿la Eucaristía me está ayudando a amar mejor? En mi familia, ¿me está ayudando a escuchar más y juzgar menos? En mi ministerio, ¿me está haciendo más servidor o más protagonista? En mi comunidad, ¿soy instrumento de unidad o de división?

Porque la mejor procesión de Corpus Christi no es solamente la que hacemos por las calles. La mejor procesión es cuando Cristo sale del templo y continúa caminando a través de nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestras obras.

La custodia más hermosa que Jesús desea encontrar sigue siendo el corazón humano. Y quizá aquí descubrimos el mensaje central de esta solemnidad.

Muchos buscan a Dios para recibir algo: salud, ayuda, fortaleza, paz, consuelo. Y Dios ciertamente concede esos dones. Pero la Eucaristía nos revela algo mucho más grande.

Dios no solo quiere darnos sus dones. Dios quiere darnos su propia vida. Quiere que vivamos de Él, como Él vive del Padre.

Quiere que su manera de amar se convierta en nuestra manera de amar. Quiere que su compasión se convierta en nuestra compasión. Quiere que su entrega se convierta en nuestra entrega.

Al acercarnos hoy a comulgar, hagámoslo con una sencilla oración en el corazón: “Señor, no permitas que te reciba solamente con los labios. Entra en mi vida. Sana lo que está herido. Une lo que está dividido. Fortalece lo que está débil. Y haz que quienes me encuentren a mí puedan encontrarte también a Ti”.

Porque la Eucaristía alcanza su plenitud cuando el Cuerpo de Cristo que recibimos se convierte en el Cuerpo de Cristo que mostramos al mundo. Amén.

Que pases un día lleno del amor de Dios. Como María, todo por Jesús y para Jesús.

¡Viva Jesús sacramentado!… ¡Viva y de todos sea amado!…
Con mi bendición, padre Víctor Modesto Torres Cisneros.

La oración de los fieles

Arrodillados ante el pan de la Vida, le presentamos al Padre por su intercesión, todas nuestras necesidades y las del mundo, diciendo: DANOS, SEÑOR, EL SACRAMENTO DE LA UNIDAD.

Padre, hoy que meditamos el misterio de tu Hijo hecho pan, te pedimos que nos concedas lo que con fe te hemos pedido, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

04/06/2026

Homilía del jueves de la novena Semana del Tiempo Ordinario
4 de junio de 2026
Título: “Amar a Dios con todo el corazón: el camino que sostiene la fidelidad”

¡Quien, como Dios. Nadie, como Dios! Queridos hermanos y hermanas: Cada jueves nos reunimos alrededor de la Eucaristía para encontrarnos con el Señor. No venimos simplemente a cumplir una costumbre; venimos porque hemos descubierto que Dios sostiene nuestra vida. Sin embargo, la Palabra de hoy nos invita a dar un paso más profundo: preguntarnos qué lugar ocupa realmente Dios en nuestro corazón.

En el Evangelio (Marcos 12, 28-34), un escriba se acerca a Jesús con una pregunta fundamental: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús responde con palabras que todo israelita conocía, pero que Él llena de una profundidad nueva: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas». Y añade inmediatamente: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

No son dos mandamientos separados. Son dos expresiones de un mismo amor. El amor a Dios se verifica en el amor al hermano, y el amor al hermano encuentra su fuente en el amor a Dios.

Pero aquí surge una pregunta para nosotros: ¿qué significa amar a Dios con todo el corazón? Porque muchos de nosotros ya rezamos, venimos a misa, participamos en actividades parroquiales. Sin embargo, amar a Dios con todo el corazón significa algo más que realizar prácticas religiosas. Significa permitir que Dios ocupe el centro de nuestras decisiones, de nuestras prioridades y de nuestros afectos.

La primera lectura (2Timoteo 2,8-15) nos ofrece una clave preciosa. San Pablo, escribiendo desde el sufrimiento y la prisión, afirma: «La Palabra de Dios no está encadenada». Aunque él esté limitado, el Evangelio sigue avanzando. Aunque existan dificultades, Dios continúa actuando.

Qué importante es recordar esto cuando atravesamos pruebas. Tal vez algunos llevan años rezando por un hijo, por un matrimonio, por una situación familiar. Quizás otros cargan enfermedades, preocupaciones económicas o soledades que nadie conoce. La tentación es pensar que todo está detenido. Pero la Palabra de Dios no está encadenada. Dios sigue trabajando incluso cuando nosotros no vemos los resultados.

Por eso Pablo puede decir: «Si morimos con Él, viviremos con Él». La fidelidad cristiana no consiste en no sufrir; consiste en permanecer unidos a Cristo en medio de todo.

El Salmo 24 recoge la actitud interior que hace posible esa fidelidad: «Señor, enséñame tus caminos». No dice: “Señor, enséñame mis caminos”. Dice: “los tuyos”. El discípulo auténtico no pretende que Dios se adapte a sus planes; busca aprender los planes de Dios.

Quizás hoy debamos preguntarnos: ¿qué ocupa más espacio en mis pensamientos? ¿Mis preocupaciones o la confianza en Dios? ¿Mis proyectos o la voluntad del Señor? ¿Estoy dejando que Él me enseñe sus caminos?

La respuesta no se encuentra en grandes discursos. Se encuentra en gestos concretos. Amar a Dios con todo el corazón significa dedicarle tiempo cada día. Significa escuchar su Palabra antes de escuchar tantas otras voces. Significa participar en la Eucaristía con atención y no por rutina. Significa tratar con paciencia a quien nos cuesta amar. Significa perdonar cuando sería más fácil guardar resentimiento.

Cada vez que hacemos esto, el amor a Dios deja de ser una idea y se convierte en una realidad.

En este jueves eucarístico y sacerdotal, contemplemos a Jesús presente en el Santísimo Sacramento. Él es quien nos enseña a amar. Él amó al Padre con todo su ser y amó a la humanidad hasta entregar su vida. Acerquémonos a Él y pidámosle una gracia sencilla pero transformadora: que nuestro amor no sea solamente de palabras, sino de corazón, de fidelidad y de obras.

Porque cuando Dios ocupa verdaderamente el primer lugar, todo lo demás encuentra su lugar correcto. Y entonces descubrimos que el mandamiento más importante no es una carga, sino el camino que conduce a una vida plena, serena y llena de sentido. Amén.

Que pases un día lleno del amor de Dios, como María, todo por Jesús y para Jesús.

¡Viva Jesús sacramentado!… ¡Viva y de todos sea amado!…
Con mi bendición, padre Víctor Modesto Torres Cisneros.

Oración de los fieles

A Dios, fiel a sus promesas, elevemos nuestra alabanza y oración diciendo juntos: Escúchanos, Señor.

Señor, que para cada hombre tienes palabras de salvación y de vida, a que aceptemos morir a todo lo que nos aleja de ti, para poder vivir en tu presencia. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

03/06/2026

Homilia del miércoles de la novena Semana del Tiempo Ordinario
3 de junio de 2026
Título: “Sé de quién me he fiado: vivir con los ojos puestos en el Dios de los vivos”

¡Quien, como Dios. Nadie, como Dios! Queridos hermanos y hermanas, especialmente a quienes nos escuchan a través de Radio Oro y Radio Paz: La Palabra de Dios que hoy escuchamos nos invita a reflexionar sobre una pregunta muy profunda: ¿en quién hemos puesto nuestra confianza? Porque la fe cristiana no consiste solamente en conocer verdades religiosas o cumplir algunas prácticas piadosas. La fe es, ante todo, una relación viva con Jesucristo. Es confiarle nuestra vida, nuestro presente y nuestro futuro.

En la primera lectura, San Pablo escribe a Timoteo (1,1-3.6-12) desde una situación difícil. Está sufriendo, experimenta limitaciones y persecuciones. Sin embargo, sus palabras no transmiten tristeza ni derrota. Por el contrario, están llenas de esperanza. Le dice a Timoteo: “Reaviva el don de Dios” y añade algo que debería resonar en nuestro corazón: “Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio.”

Cuántas veces el miedo nos paraliza. Miedo al futuro, a la enfermedad, a los problemas económicos, a la soledad, al fracaso o incluso a dar testimonio de nuestra fe. Pero San Pablo nos recuerda que el Señor no nos llama a vivir encerrados en nuestros temores. Nos llama a reavivar continuamente la llama de la fe.

Por eso vale la pena preguntarnos: ¿cómo está hoy mi fe? ¿Arde con entusiasmo o se ha ido apagando poco a poco? ¿Sigo confiando en Dios con la misma fuerza que antes?

El salmo 122 nos ofrece una hermosa respuesta. Repetimos: “A ti, Señor, levanto mis ojos.” El creyente no vive mirando solamente los problemas. Levanta la mirada hacia Dios. Cuando ponemos toda nuestra atención únicamente en las dificultades, terminamos desanimándonos. Pero cuando miramos al Señor, descubrimos que su misericordia es más grande que cualquier problema.

Hay personas que pasan gran parte del día preocupadas por aquello que no pueden controlar. Viven atrapadas en la ansiedad por lo que puede ocurrir mañana. El salmista nos enseña otro camino: mantener los ojos puestos en Dios, esperando su ayuda y confiando en su amor.

El Evangelio (Marcos 12,18-27) profundiza aún más este mensaje. Los saduceos se acercan a Jesús con una pregunta complicada sobre la resurrección. En realidad, no buscan aprender; buscan ponerlo a prueba. Ellos no creían en la vida después de la muerte y pretendían ridiculizar esa enseñanza. Jesús les responde con firmeza y les revela una verdad que cambia toda nuestra existencia: “No es Dios de mu***os, sino de vivos.”

Qué hermosa afirmación. Nuestro Dios no pertenece al pasado. No es una idea ni un recuerdo. Es el Dios vivo que acompaña a sus hijos cada día. Es el Dios que sigue actuando en nuestra historia, que escucha nuestras oraciones, que sostiene nuestras luchas y que nos promete la vida eterna.

La resurrección de Cristo nos recuerda que la muerte no tiene la última palabra. Tampoco la tienen el sufrimiento, el pecado o el fracaso. La última palabra la tiene Dios, que es vida, esperanza y amor.

Y precisamente hoy la Iglesia celebra la memoria de los santos mártires de Uganda, encabezados por San Carlos Lwanga y sus compañeros. Su testimonio ilumina maravillosamente las lecturas que acabamos de escuchar.

Aquellos jóvenes cristianos vivieron en una época de persecución. Se les exigió renunciar a Cristo y abandonar los valores del Evangelio. Sin embargo, permanecieron firmes en su fe, incluso cuando sabían que esa fidelidad les costaría la vida.

¿Qué les dio tanta fortaleza? La misma certeza que encontramos en las lecturas de hoy. Habían descubierto que Dios no da un espíritu de cobardía, sino de valentía y amor. Habían aprendido a levantar sus ojos al Señor en medio de las pruebas. Y estaban convencidos de que Jesucristo es verdaderamente el Señor de la vida. Ellos podían repetir con San Pablo: “Sé de quién me he fiado.”

Quizás a nosotros no nos pidan derramar nuestra sangre por Cristo. Pero sí se nos pide ser fieles cada día: en el hogar, en el trabajo, en nuestras relaciones, en nuestros compromisos cristianos. Se nos pide no avergonzarnos del Evangelio y dar testimonio con nuestras palabras y nuestras acciones.

Queridos hermanos, la Palabra de Dios de hoy nos deja tres invitaciones muy concretas: reavivar el don de la fe, levantar nuestros ojos al Señor y vivir como personas que creen verdaderamente en el Dios de los vivos.

Que al acercarnos hoy al altar podamos decir con confianza, junto a San Pablo y junto a los mártires de Uganda: “Sé de quién me he fiado.” Y que esa confianza se convierta en alegría, fidelidad y testimonio para todos los que encontremos en nuestro camino. Amén.

Que pases un día lleno del amor de Dios, como María, todo por Jesús y para Jesús.

¡Viva Jesús sacramentado!… ¡Viva y de todos sea amado!…
Con mi bendición, padre Víctor Modesto Torres Cisneros.

Oración de los fieles

Hermanos, confiando en Dios, que no es Dios de mu***os sino de vivos, presentemos nuestras súplicas diciendo: R/. SEÑOR, REAVIVA NUESTRA FE.

Padre bueno, escucha las oraciones que te presentamos con confianza. Reaviva en nosotros el don de tu gracia, fortalece nuestra esperanza y haznos perseverar en la fe hasta alcanzar la vida eterna prometida por tu Hijo, que vive y reina por los siglos de siglos. Amén.

02/06/2026

Homilia del martes de la novena Semana del Tiempo Ordinario
2 de junio de 2026
Título: “Crecer en fidelidad: dar a Dios lo que le pertenece”.

¡Quien, como Dios. Nadie, como Dios! Queridos hermanos y hermanas: Muchos de ustedes están aquí porque han hecho de la Eucaristía una parte importante de su vida. No vienen solamente cuando hay una necesidad urgente o una celebración especial. Han aprendido a caminar con el Señor semana tras semana. Pero la Palabra de Dios de hoy nos invita a preguntarnos algo muy importante: ¿estamos creciendo en nuestra relación con Dios o simplemente estamos repitiendo una rutina religiosa?

En la segunda carta de san Pedro escuchamos una invitación llena de esperanza: “Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia.” El cristiano vive mirando hacia adelante. Nuestra fe no consiste únicamente en cumplir prácticas religiosas, sino en caminar hacia la plenitud del Reino de Dios.

Sin embargo, mientras esperamos ese cielo nuevo y esa tierra nueva, san Pedro nos dice que procuremos que Dios nos encuentre en paz con Él, creciendo constantemente en la gracia y en el conocimiento de Jesucristo. Es decir, la espera cristiana no es pasiva. No es sentarse a esperar que Dios haga todo. Es una espera activa, comprometida, perseverante.

Y aquí surge una pregunta muy concreta: ¿Cómo estoy aprovechando el tiempo que Dios me regala? ¿Estoy creciendo espiritualmente o me he conformado con lo mínimo?

El salmo nos ayuda a responder. Nos recuerda que nuestra vida es breve. “Mil años en tu presencia son como un ayer que pasó.” Qué fácil es vivir como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Posponemos la reconciliación, retrasamos una decisión importante, dejamos para mañana un gesto de amor o una obra de misericordia.

Pero el salmista nos enseña algo hermoso: “Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo.” La verdadera alegría no nace de tener más cosas, sino de vivir cada día sostenidos por la misericordia de Dios.

Precisamente esa es la enseñanza que Jesús lleva al corazón del Evangelio. Los fariseos y los partidarios de Herodes intentan atraparlo con una pregunta política: si es lícito pagar impuestos al César. Pero Jesús no se queda en la superficie. Toma la moneda y pregunta: ”¿De quién es esta imagen?”

La respuesta es sencilla: del César. Entonces Jesús pronuncia una de las frases más profundas del Evangelio: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.”

Muchas veces nos detenemos en la primera parte y olvidamos la segunda. ¿Qué es lo que pertenece a Dios?

La moneda llevaba la imagen del César. Pero nosotros llevamos grabada la imagen de Dios. Fuimos creados a su semejanza. Por tanto, si la moneda pertenece al César porque tiene su imagen, nosotros pertenecemos a Dios porque llevamos su imagen en nuestro corazón.

No basta con darle a Dios una hora el domingo. No basta con rezar algunas oraciones. Dios no quiere una parte de nuestra vida. Dios quiere nuestro corazón entero.

¿Qué pertenece a Dios? Le pertenece nuestro tiempo, nuestras decisiones, nuestros talentos, nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros sufrimientos y nuestras alegrías.

Un ejemplo sencillo: una persona puede asistir a misa todos los domingos, pero guardar resentimientos durante años. Otra puede participar en todos los ministerios parroquiales, pero tratar con dureza a su familia. Otra puede rezar mucho, pero negarse a perdonar. En esos casos estamos dando algo a Dios, pero todavía no nos hemos entregado completamente a Él. La fidelidad cristiana consiste precisamente en permitir que Dios transforme toda nuestra vida.

Queridos hermanos, ustedes que han permanecido fieles al Señor durante años, no se conformen. La santidad no tiene jubilación. Siempre hay un paso más que dar, una virtud que cultivar, una herida que sanar, una persona que amar mejor.

Que hoy cada uno pueda preguntarse: ¿Qué parte de mi vida todavía no le he entregado completamente al Señor? ¿Qué me pide Dios en esta etapa de mi camino? Pidamos la gracia de crecer cada día en la fe, de vivir con la mirada puesta en el cielo nuevo y la tierra nueva que esperamos, y de dar a Dios no solamente nuestras palabras o nuestras prácticas religiosas, sino nuestra vida entera.

Porque cuando Dios recibe nuestro corazón, entonces nuestra existencia encuentra su verdadero sentido, y nuestra fidelidad deja de ser una obligación para convertirse en una fuente profunda de alegría y testimonio.

Que pases un día lleno del amor de Dios, como María, todo por Jesús y para Jesús.

¡Viva Jesús sacramentado!… ¡Viva y de todos sea amado!…
Con mi bendición, padre Víctor Modesto Torres Cisneros.

Oración de los fieles

Reconociéndonos frágiles, pidamos a Dios ayuda y presentémosle nuestra oración diciendo: FORTALECE NUESTRA FE, SEÑOR.

Que la espera de tu venida nos encuentre vigilantes, Señor Jesús, y que, sostenidos por la gracia, podamos combatir las asechanzas del Maligno. Tú eres Dios y vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

30/05/2026

Solemnidad de la Santísima Trinidad

30/05/2026

Homilía 1 de la Solemnidad de La Santísima Trinidad Ciclo A
Domingo, 31 de mayo de 2026 – Título: “Muéstrame, Señor, tu verdadero rostro”

¡Quien, como Dios. Nadie, como Dios! Queridos hermanos y hermanas: Después de haber celebrado Pentecostés y la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia, hoy nos reunimos para celebrar la solemnidad de la Santísima Trinidad. Y aunque parezca una fiesta difícil, en realidad es una de las más cercanas y consoladoras de nuestra fe, porque hoy descubrimos quién es el Dios en quien creemos.

Muchas veces cargamos imágenes equivocadas de Dios. Hay personas que lo imaginan lejano, severo, dispuesto siempre a castigar. Otros piensan en un Dios frío, distante o indiferente al sufrimiento humano. Pero las lecturas de hoy nos muestran un rostro muy distinto.

En la primera lectura del libro del Éxodo (34,4b-6.8-9), Moisés pide conocer a Dios. Y cuando Dios se revela, no se presenta como un tirano poderoso, sino como “un Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad”. Ese es el verdadero rostro de Dios.

Y el Evangelio (Juan 3,16-18) lo confirma con una de las frases más hermosas de toda la Biblia: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él tenga vida eterna”.

No dice: “Tanto juzgó Dios al mundo”. No dice: “Tanto se cansó Dios del mundo”. Dice: “Tanto amó Dios al mundo”. La Trinidad nos revela precisamente eso: Dios es amor.

El Padre ama eternamente al Hijo. El Hijo vive totalmente unido al Padre. Y el Espíritu Santo es ese amor derramado entre ambos y derramado también en nuestros corazones.

Por eso la Trinidad no es un rompecabezas matemático ni una teoría complicada. La Trinidad es una familia divina de amor y comunión. Y lo más hermoso es que nosotros hemos sido invitados a formar parte de esa familia.

San Pablo (2Corintios 13,11-13), en la segunda lectura, lo expresa bellamente cuando dice: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes”. Esa no es solamente una fórmula litúrgica; es la vida misma de Dios entrando en nuestra vida.

Y qué importante es escuchar esto en medio de tantas luchas que vivimos. Porque muchos llegan hoy a la iglesia cansados, preocupados por la situación del país, por problemas familiares, enfermedades, duelos, heridas del pasado o luchas interiores que nadie conoce.

Y hoy Dios no viene a regañarnos. Dios viene a recordarnos que no estamos solos.

Quizás algunos se sienten indignos, como si Dios estuviera decepcionado de ellos. Pero el Evangelio dice claramente: “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo”.

Qué distinto sería nuestro corazón si de verdad creyéramos eso. ¿Cuántas veces nos cuesta aceptar el amor de Dios? ¿Cuántas veces nos castigamos más de lo que Dios nos castiga? ¿Cuántas veces vivimos pensando que Dios está lejos, cuando en realidad está sosteniéndonos cada día?

La Trinidad nos recuerda que Dios no es soledad. Dios es comunión. Y por eso nosotros tampoco podemos vivir encerrados en el egoísmo, el resentimiento o la indiferencia.

Cuando una familia se perdona, allí actúa la Trinidad. Cuando alguien acompaña a un enfermo con paciencia, allí actúa la Trinidad. Cuando una persona cansada sigue luchando con fe, allí actúa la Trinidad. Cuando una madre ora en silencio por sus hijos, allí actúa la Trinidad.

Cada vez que hacemos la señal de la cruz estamos diciendo: “Yo pertenezco al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”. Tal vez lo hacemos automáticamente, pero allí está resumida toda nuestra fe y toda nuestra esperanza.

Y al mismo tiempo, esta fiesta también nos invita a la humildad. Porque Dios siempre será más grande que nuestras palabras. La Iglesia ha reflexionado durante siglos sobre este misterio y ha defendido la verdadera fe frente a muchos errores. Pero aun así, nunca podremos encerrar completamente a Dios dentro de nuestras explicaciones.

El misterio de Dios no se domina; se contempla. Por eso la actitud más hermosa delante de la Trinidad no es el orgullo de quien cree saberlo todo, sino el silencio humilde de quien se deja amar por Dios.

Hoy el Señor nos invita a levantar los ojos y confiar nuevamente. A descubrir que, aun en medio de nuestras contradicciones, seguimos siendo amados. Que el Padre nos sostiene, que el Hijo camina con nosotros y que el Espíritu Santo habita en nuestro corazón.

Y quizás hoy baste una sola oración: “Señor, muéstrame tu verdadero rostro y enséñame a vivir en tu amor”. Amén.

Que pases un día lleno del amor de Dios, como María, todo por Jesús y para Jesús.

¡Viva Jesús sacramentado!… ¡Viva y de todos sea amado!…
Con mi bendición, padre Víctor Modesto Torres Cisneros.

Oración de los fieles

Al Padre Creador, por medio de su Hijo Redentor, elevemos nuestras plegarias con la inspiración del Espíritu renovador, diciendo: TRINIDAD SANTA ENSÉÑANOS TU AMOR.

Que Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo acepte estas plegarias que con corazón contrito y ánimo humilde dirigimos a la Trinidad Santísima. Lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo que vive en Reina con Dios Padre y el Espíritu Santo. Amén

26/05/2026

Homilía del martes de la Octava Semana del Tiempo Ordinario Año Par
26 de mayo de 2026 – Título: “La alegría de seguir caminando con el Señor”

¡Quien, como Dios. Nadie, como Dios! Queridos hermanos y hermanas, qué alegría volver a encontrarnos en este tiempo ordinario después de haber celebrado la fuerza tan grande de la Pascua y de Pentecostés. Tal vez alguno piense: “Padre, ya pasó la emoción de la Pascua, ya terminó Pentecostés, ahora volvemos a lo de siempre”. Pero precisamente ahí está la belleza del tiempo ordinario: descubrir que Dios también camina con nosotros en lo sencillo, en la rutina, en los días tranquilos, en las mañanas silenciosas y hasta en nuestras limitaciones propias de la edad.

Y hoy, providencialmente, celebramos la memoria de San Felipe Neri, conocido como el santo de la alegría. Un hombre que enseñó que la santidad no consiste en vivir amargados ni tristes, sino en tener un corazón cercano, humano, alegre y lleno de Dios. ¡Qué testimonio tan hermoso para nosotros!

En el Evangelio (Marcos 10,28-31), Pedro le dice a Jesús: “Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Y Jesús responde con una promesa maravillosa: nadie que haya entregado algo por Él quedará sin recompensa. Hermanos, ustedes que ya tienen tantos años vividos, ¿cuántas cosas han dejado por amor? ¿Cuántos sacrificios hicieron por sus hijos, por su familia, por su fe? ¿Cuántas noches de preocupación, cuántas lágrimas escondidas, cuántas veces tuvieron que comenzar de nuevo?

Y quizá algunos piensen: “¿Valió la pena?” El Señor hoy responde con claridad: sí, valió la pena. Ningún acto de amor queda perdido delante de Dios.

Muchos de ustedes han vivido duelos, enfermedades, decepciones, cambios fuertes en la vida. Algunos sienten la soledad más de cerca. Otros extrañan a la pareja que ya partió. Otros viven preocupados por hijos o nietos alejados de la fe. Pero hoy la Palabra nos recuerda que seguimos siendo discípulos, seguimos caminando y seguimos teniendo una misión.

La lectura de la primera carta de san Pedro (1,10-16) nos invita a poner nuestra esperanza plenamente en la gracia de Jesucristo. No vivir atrapados en el pasado ni dominados por el miedo. ¡Qué importante es eso en esta etapa de la vida! Porque uno puede caer en la tentación de pensar: “Ya yo hice lo mío”, “ya no puedo aportar”, “ahora solo me queda esperar”. Pero no es así. Mientras haya vida, hay misión. Mientras haya corazón, hay capacidad de amar.

Y ustedes tienen algo muy valioso que el mundo necesita: experiencia, sabiduría, paciencia y fe perseverante. Ustedes han aprendido que la vida no es perfecta, pero que Dios nunca abandona.

Por eso el Salmo 97 nos decía: “El Señor reina”. No reina el miedo, no reina la enfermedad, no reina la tristeza. El Señor sigue reinando incluso en medio de nuestras fragilidades.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿cómo vivir concretamente este nuevo tiempo ordinario? Primero, recuperando la alegría sencilla. No dejarnos consumir por las noticias negativas ni por las quejas constantes. Segundo, fortaleciendo la oración diaria, aunque sea breve: un rosario, una visita al Santísimo, una lectura del Evangelio. Tercero, siendo presencia de paz en el condominio, saludando, escuchando, acompañando al vecino enfermo o solo. A veces una llamada o una conversación puede devolver esperanza a alguien.

Y también hagamos el compromiso de no jubilarnos espiritualmente. Tal vez el cuerpo se canse más, pero el corazón puede seguir dando mucho amor.

Que San Felipe Neri nos enseñe a vivir esta etapa con humor sano, esperanza y confianza en Dios. Y que al comenzar nuevamente el tiempo ordinario entendamos algo hermoso: no existen días ordinarios para quien camina de la mano del Señor. Amén.

Que pases un día lleno del amor de Dios, como María, todo por Jesús y para Jesús.

¡Viva Jesús sacramentado!… ¡Viva y de todos sea amado!…
Con mi bendición, padre Víctor Modesto Torres Cisneros.

Oración de los fieles

La salvación que nos anuncia el Espíritu es, para el que acoge mensaje, compromiso de vida. Como hijos obedientes, digamos todos: TRINIDAD DIVINA, AYÚDANOS A CAMINAR EN LA SANTIDAD.

Que tu Espíritu, Señor, nos guarde y nos guie, para que, caminando según tu voluntad, vivamos la santidad a la que nos has llamado Por Cristo nuestro Señor. Amén.

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