16/06/2026
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El ambón no es un escenario para lucir la elocuencia humana, sino el Altar de la Palabra desde donde Dios mismo habla a su pueblo.
En la liturgia católica, el ministerio del lectorado exige una dignidad extrema que trasciende la mera capacidad de lectura. La Instrucción General del Misal Romano recuerda que, cuando se leen las Sagradas Escrituras en la Iglesia, es Cristo quien habla. Por ello, el ambón debe custodiarse con reverencia, evitando los errores técnicos y espirituales que desvían la atención de los fieles del verdadero Mensaje.
El error más común es confundir la proclamación con una lectura escolar o teatral. El lector no debe correr, pero tampoco exagerar la dramatización con inflexiones de voz artificiales que resten solemnidad al texto sagrado. Asimismo, es un abuso litúrgico grave subir al ambón sin preparación previa, improvisando la lectura directamente del leccionario, lo que provoca titubeos, mala pronunciación y una pérdida absoluta del sentido teológico de la lectura. Otro fallo frecuente de orden práctico es descuidar la postura corporal o vocalizar de espaldas al micrófono, rompiendo la comunicación con la asamblea.
Para ser un lector digno, la Iglesia exige una doble preparación. La primera es espiritual: el lector debe meditar e interiorizar la Palabra en su oración personal días antes de la Misa. No se puede transmitir con convicción una verdad que no se vive. La segunda es técnica: requiere practicar la modulación, la respiración y respetar las pausas sagradas, especialmente el silencio reverente tras finalizar la lectura, antes de pronunciar con fe: "Palabra de Dios".
El Magisterio vivo, custodiado hoy bajo el pontificado de Su Santidad León XIV, nos urge a recuperar la solemnidad en cada rito. Quien sube al ambón ejerce un auténtico servicio eclesial; de su fidelidad y reverencia depende que la Palabra penetre como espada de doble filo en el corazón de los fieles, transformando la lectura en un encuentro vivo con el Salvador.