14/06/2026
XI Domingo del tiempo ordinario, ciclo A: 14 de junio de 2026.
Ex 19, 2-6a/Sal 99/Rom 5, 6-11/Mateo 9,36—10,8
"Al ver a la multitud, se compadeció de ella, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor." (Mt 9,36)
Jesús mira a la multitud y su corazón se conmueve. No permanece indiferente ante el dolor humano. Ve hombres y mujeres cansados, heridos, desorientados, buscando sentido para sus vidas. Y lo más hermoso es que esa mirada de compasión no pertenece solo al pasado. Jesús sigue mirando hoy nuestro mundo con los mismos ojos y sigue sintiendo lo mismo en su Corazón.
Porque todavía hay muchas personas viviendo sin rumbo, cargando heridas que nadie ve, buscando amor donde no pueden encontrarlo, intentando llenar con cosas pasajeras el vacío que solo Dios puede llenar. Hay muchos corazones sedientos de esperanza, de verdad, de consuelo. Hay muchas personas que, aunque parecen fuertes por fuera, por dentro se sienten perdidas y solas.
Y ante esa realidad, Jesús no se limita a sentir compasión. Jesús llama. Llama discípulos. Llama misioneros. Llama corazones disponibles. Aquel día llamó a los Doce y los envió. Hoy sigue llamando. Sigue pasando por nuestros caminos y pronunciando nuestro nombre. Sigue despertando vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras y laicales para que su amor llegue donde el sufrimiento parece haber apagado la esperanza.
Pero este Evangelio también nos invita a detenernos y mirar nuestra propia vida. Porque antes de ser enviados, necesitamos preguntarnos qué estamos anunciando. Si las personas que me rodean miraran mi vida, ¿descubrirían algo de Jesús? ¿Mis palabras, mis actitudes y mi forma de amar acercan los corazones a Dios o los alejan? Porque podemos hablar mucho de Cristo y, sin embargo, no transparentarlo. Podemos servir en su nombre y olvidar que el primer anuncio siempre es el testimonio.
La mies sigue siendo mucha. Muchísima. Y quizá el problema no sea solamente la falta de obreros. Quizá el Señor sigue buscando corazones verdaderamente enamorados. Corazones que se atrevan a dejarlo todo para seguirlo. Corazones que no tengan miedo de gastar la vida por el Reino. Corazones capaces de decirle cada día: "Aquí estoy, envíame".
La vocación nace precisamente ahí: en el encuentro entre la compasión de Jesús y la generosidad de quien responde. Porque cuando Cristo contempla a la humanidad herida, no se queda mirando desde lejos. Él llama personas concretas para que sean sus manos que levantan, sus palabras que consuelan y su presencia que acompaña.
Tal vez hoy Jesús no te está preguntando cuánto sabes, cuánto puedes o cuánto tienes. Tal vez solo te pregunta algo mucho más sencillo y mucho más profundo:
¿Puedo contar contigo?
Y esa pregunta merece ser escuchada en el silencio del corazón.
Porque el mundo necesita testigos. Necesita hombres y mujeres cuya vida recuerde que Dios sigue vivo, que sigue amando, que sigue llamando y que sigue sanando corazones.
Como recordaba San Francisco, muchas personas quizá nunca leerán una página del Evangelio, pero leerán nuestra vida. Tal vez el único Evangelio que algunos lleguen a conocer será nuestro testimonio.
Qué responsabilidad tan grande. Y qué gracia tan hermosa.
Que quienes nos encuentren puedan descubrir, a través de nosotros, un poco de la ternura, de la alegría y del amor de Jesús.
Preguntas para el corazón
— ¿Qué mensaje estoy anunciando con mi manera de vivir?
— ¿Las personas que me rodean pueden descubrir a Jesús a través de mi testimonio?
— Si el Señor me llamara hoy a una entrega más profunda, ¿estaría dispuesto a responderle con generosidad?