03/07/2019
Pero Jesús se volvió a ellos y los reprendió
(Lucas 9:55)
Jesús caminaba con sus discípulos en dirección a Jerusalén cuando Jacobo y Juan -que ya venían con problemas de autoestima- reaccionaron bruscamente a la falta de hospitalidad de los samaritanos. ¡Fuego del cielo!, era lo que ellos querían para esa gente desagradable.
La ofensa no era algo menor pues la hospitalidad era, para aquellos pueblos, un valor sagrado. Por la falta de hospitalidad ya Sodoma había sido destruida y en la memoria colectiva estaban los incidentes candentes entre el profeta Elías y los enviados del rey Ocozías. Si eso había sucedido en el pasado, ¿por qué no sería igual con los samaritanos?
Al escuchar tremenda idea Jesús reprende a Jacobo y a Juan con severidad. El verso destila ley y evangelio. La destrucción de los pueblos y el aniquilamiento de la gente no forman parte del proyecto liberador de Jesús. Ya llegará el tiempo para que samaritanos y samaritanas escuchen a los testigos de buenas noticias (Hechos 1:8).
Si algo sabe hacer Jesús es alterar las imágenes preestablecidas de Dios, sabe romper con la idolatría, sabe sorprender con gestos de gracia inesperados.
Fue el compositor chileno Julio Numhauser quien escribió esa letra que Mercedes Sosa hizo conocida en todo el mundo: “Cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo. Cambia, todo cambia”. El cambio es inherente a la vida y al discipulado cristiano.
Los pensamientos y las actitudes equivocadas acompañan nuestra humanidad, siempre hay espacio para cambiar. Jesús es paciente con sus discípulos frente al error, pero inflexible cuando su gente es seducida por la violencia.
Errar es humano, lo malo es usar eso como excusa para hacer daño a otros y a otras. En vez de andar pretendiendo fuego del cielo bien haríamos en escuchar el consejo del salmista: “Apártate del mal, y haz el bien; busca la paz, y síguela”.
Pr. Gabriel Ñanco