07/06/2026
Participando en la historia de la redención
Reflexión para el Segundo Domingo luego de Pentecostés - A
Podemos cerrar nuestros ojos, y fácilmente construir con nuestra imaginación una imagen mental de las gentes cansadas y abatidas de las que nos habla el evangelio de Mateo (9.36). Eran como las gentes que vemos cada vez que nos aventuramos fuera de nuestros hogares. Incluso, ni tenemos que aventurarnos a salir. Con sólo escuchar la radio, o ver los telediarios es suficiente para “escuchar” y “ver” lo que está sucediendo en nuestro país/nación y sociedad.
La “nueva normalidad” en la que vivimos nos está “dando duro.” De una manera u otra, todxs estamos afectadxs. Nos sentimos insegurxs. Estamos temerosxs de salir a la calle. Cuando salimos, para hacer provisión para nuestras necesidades o para cumplir con nuestras responsabilidades, nuestro agotamiento, estados emocionales e inseguridades se notan.
Con palabras o con gestos, expresamos nuestros deseos de que se encuentre una solución pronto a todas las circunstancias que nos agobian, física y emocionalmente. Necesitamos un respiro, un reposo, un descanso para la serie de situaciones que se nos han venido encima.
Incluso, deseamos que nuestros líderes religiosos, comunitarios o políticos, nos provean una dirección clara para salir adelante.
La realidad es que también ellxs, siendo parte de nuestra sociedad, están en las mismas. Están igual de afectadxs que nosotrxs. Enfrentan las mismas necesidades físicas y emocionales por igual. Esto se hace más evidente cuando nos presentan “sus soluciones.”
Cada día, nos enfrentamos al hecho de que las soluciones posibles son “casi imposibles” y las posibles no son fáciles de alcanzar. Probablemente no están a la vuelta de la esquina.
¿Por qué no confesarlo, entonces? ¿Por qué no reconocer la verdad? Si Jesús nos mirara en estos momentos, sentiría compasión de nosotrxs, porque estamos cansadxs y abatidxs. Somos como un rebaño que no tiene pastor.
¿Cómo lo sabemos? Día tras día nos repetimos a nosotrxs mismxs una serie de conceptos trillados que sólo producen seguridad momentánea sin un efecto permanente. Si realmente lo produjeran, no tendríamos que repetirlos. Con verbalizarlos una sola vez, creerlos verdaderamente, y ponerlos en práctica producirían su efecto y éste sería duradero.
Seamos valientes y reconozcamos nuestra situación. Este primer e importante paso nos ayudará a comenzar a caminar en la dirección correcta. Recordemos al Salmista quien confesó lo siguiente: “Mientras guardé silencio, me debilitaba cada día más. Mi vida se hacía más difícil cada día. Toda mi fuerza desaparecía. Selah” (Salmo 32:3-4, paráfrasis nuestra)
El reconocimiento de nuestra condición, producirá en nosotrxs el mismo efecto liberador que produjo en el Salmista: “Entonces, Señor, decidí confesarte mi situación; no te escondí ninguna de mis circunstancias. Decidí confesarte mis errores, Señor, y tú perdonaste todas mis culpas. Selah” (Salmo 32:5, paráfrasis nuestra).
Al ser sincerxs ante Dios, y llegar ante Su presencia sin pretensiones de nuestra parte, descubriremos que “el Señor es bueno, su amor es eterno, y su fidelidad no tiene fin.” (Salmo 100). Dejaremos de ser ovejas sin Pastor.
El principio detrás de esta posibilidad está en reconocer a quién es necesario escuchar. Hay ovejas que reconocen la voz de un buen pastor, lo escuchan y le siguen. Así fue como Abram supo reconocer la voz de un Dios verdadero entre el silencio ensordecedor de los ídolos mudos.
Los ídolos mudos son fácilmente reconocibles porque quienes “hablan” por ellos no lo hacen con la verdad. Repiten mentiras hasta que las hacen creíbles para ellxs mismxs y para lxs que les prestan sus oídos. Son tan manipuladores de la verdad, que son capaces de engañar incluso a lxs escogidxs si no tienen discernimiento de lo alto, algo de lo cuál nos advirtiera el Buen Pastor. (Marcos 13.6; Mateo 24. 5, 11, 24)
Se aprovechan de que los seres humanos somos personas complejas. Nuestras vidas son un acto constante de buscar el balance entre el exceso y la carencia. Se nos enseña a tratar de vivir “vidas normales” en las que disfrutemos de una existencia en paz, felices y sin preocupaciones. Se nos motiva continuamente a buscar una vida en la que logremos satisfacer nuestras necesidades básicas (alimento, descanso, salud, etc), sentirnos segurxs (empleo, recursos, protección, etc), sentir que pertenecemos (afecto, amistades, relaciones sociales, pareja, etc.), y que somos reconocidxs (confianza, prestigio, respeto, logros, éxito, etc). (Abraham Maslow. Jerarquía de necesidades).
Sin embargo, los seres humanos también tenemos la capacidad y la necesidad de razonar. Su ejercicio viene acompañada de entendimiento; la capacidad de reconocer y de valorar lo que es bueno y lo que no lo es. También le acompaña la capacidad de tomar decisiones. Nos damos cuenta que somos seres con emociones y sentimientos. Y cuando reflexionamos sobre nuestra forma de vivir, todas estas facetas de la vida humana se hacen reales porque continuamente nuestras acciones y palabras expresan lo que pensamos, entendemos, deseamos y sentimos.
Esta capacidad de razonar también nos ayuda a discernir y “ver” más allá de los obstáculos. Nos ayuda a trascender. Así es como podemos reconocer y seguir la voz del Buen Pastor, no importando las circunstancias. Es así que descubrimos que Dios tiene un plan para lxs que le escuchan. Un plan para que le conozcamos tal y como Él es. También hay lugar para que los seres humanos nos conozcamos tal y como somos, como Él los conoce. Después de todo, fuimos creados con el fin principal de glorificar a Dios (1 Cor. 10:31; Ro. 11:36) y g***r de Su presencia para siempre. (Salmo 73:24-26; Jn. 17:22, 24). (Catecismo Menor de Westminster. Pregunta 1.)
Es por eso que en el plan de Dios siempre ha estado la oportunidad para que podamos vislumbrar lo que podemos llegar a ser como seres humanos. Tal posibilidad nunca ha estado oculta. Como ejemplo, tenemos los testimonios de los salmistas que nos hablan de un Dios que se muestra fiel, leal y amoroso. También tenemos el testimonio de los apóstoles, que siendo inspirados por el Espíritu testificaron de Jesús, sus enseñanzas y obras maravillosas.
Esos testimonio nos llevan a entender que Jesús “...vino a invitar a los pecadores para que sean sus discípulos, no a los que se creen buenos. Los que necesitan del médico son los enfermos, no los que se creen sanos.” El Espíritu nos ayuda a entender que “mejor es que vayamos y tratemos de averiguar lo que Dios quiso decir con estas palabras: "Prefiero que sean compasivos con la gente, y no que me traigan ofrendas". (Mt. 9.12-13)
En esta dirección también el Espíritu nos ayuda a discernir que el antídoto a la soledad individual que experimentan las ovejas sin pastor cambia cuando aprendemos a ser un rebaño que busca una relación con Dios. Se hace realidad y se fortalece en la vida comunitaria de la familia de Dios.
De hecho, la relación comunitaria es parte fundamental y se hace presente en el pacto de Dios con Israel, su pueblo, y cuando celebramos el Nuevo Pacto mediante el bautismo, el pan y la copa. Cada vez que lo hacemos anunciamos a todxs que Jesús vino a cambiar nuestros corazones, transformar nuestras mentes y renovar nuestros entendimientos.
Entonces, vivamos plenamente como familia de Dios para la mayor gloria de Su nombre. Hagamos lugar para que lxs enfermxs y pecadorxs puedan recibir la visita de nuestro Señor, sean sanadxs y perdonadxs. Como cuando la comunidad que se describe en Mateo respondía positivamente al ministerio de Jesús porque Él estaba entre ellxs y los acompañaba.
Responde con sinceridad: ¿Tu familia de la fe vive plenamente lo que profesa? ¿Invita a lxs enfermxs y pecadorxs a la mesa de sanidad y perdón? ¿Busca con intencionalidad a los enfermxs y pecadorxs? ¿Lxs hacen partícipes de la historia de la redención?
Por supuesto, esto sólo es una realidad si tú, en tu carácter personal, eres un/a participante activo/a en la historia de la redención...
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Rvdo. Rubén Ortiz Rodríguez
a 7 de junio de 2026