25/12/2025
𝗘𝗹 𝗝𝗼𝘃𝗲𝗻 𝘆 𝗹𝗮𝘀 𝗣𝗹𝘂𝗺𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗩𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼
En una pequeña aldea vivía un joven que tenía el mal hábito de hablar mal de los demás. Un día, después de haber esparcido un rumor falso sobre un vecino, se dio cuenta del daño que había causado y sintió un profundo remordimiento.
Acudió al sabio anciano del pueblo, un hombre de profunda fe, y le pidió perdón:
—“He pecado, hablé sin pensar y he dañado la reputación de un buen hombre. ¿Cómo puedo repararlo?”.
El anciano lo miró con compasión y le hizo una petición extraña:
—“Toma una almohada de plumas, ábrela y coloca una pluma en la puerta de cada casa del pueblo. Cuando termines, vuelve a verme”.
El joven, aunque confundido, lo hizo. Recorrió el pueblo dejando una pluma en cada entrada. Al terminar, regresó con el anciano.
—“Ya lo hice”, dijo el joven.
—“Ahora”, respondió el anciano, “vuelve y recoge todas las plumas para llenar la almohada de nuevo”.
El joven salió corriendo, pero para su sorpresa, el viento había soplado con fuerza. Por más que buscó, solo pudo encontrar un par de plumas; las demás habían desaparecido por completo. Regresó triste y con las manos vacías.
—“Lo mismo ocurre con tus palabras”, le dijo el sabio. “Es fácil soltarlas, pero por más que lo intentes, nunca podrás recuperarlas todas. El daño que sembraste ya ha volado más lejos de lo que puedes alcanzar”.
𝗥𝗲𝗳𝗹𝗲𝘅𝗶𝗼́𝗻 𝗖𝗿𝗶𝘀𝘁𝗶𝗮𝗻𝗮
La Biblia es muy clara al decir que nuestra lengua tiene el poder de dar vida o de traer muerte. A menudo minimizamos nuestros comentarios, chismes o críticas, pero para Dios, nuestras palabras son el reflejo del estado de nuestro corazón.
La lengua es un timón: Así como un pequeño timón dirige un barco gigante, lo que decimos dirige el curso de nuestra vida y afecta el entorno de quienes nos rodean (Santiago 3:4-5).
Somos administradores de la verdad: La mentira o la calumnia son como esas plumas; una vez que salen de nuestra boca, perdemos el control sobre ellas y pueden herir a personas que ni siquiera conocemos.
Palabras de gracia: Como cristianos, estamos llamados a que nuestras palabras sean "sal" que da sabor y luz, no veneno. Cada vez que hablamos, tenemos la oportunidad de construir un puente hacia Dios o de poner un tropiezo.
"𝑳𝒂 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒕𝒆 𝒚 𝒍𝒂 𝒗𝒊𝒅𝒂 𝒆𝒔𝒕𝒂́𝒏 𝒆𝒏 𝒑𝒐𝒅𝒆𝒓 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒍𝒆𝒏𝒈𝒖𝒂, 𝒚 𝒆𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒍𝒂 𝒂𝒎𝒂 𝒄𝒐𝒎𝒆𝒓𝒂́ 𝒅𝒆 𝒔𝒖𝒔 𝒇𝒓𝒖𝒕𝒐𝒔." — 𝑷𝒓𝒐𝒗𝒆𝒓𝒃𝒊𝒐𝒔 18:21