02/12/2022
Jueves 1 de diciembre : día 3 de la novena a nuestra Madre Inmaculada.
Frase: “No tenemos que temer, siendo nosotros hijos de una Reina” (Beato
Luis Marí Monti)
Evangelio Mc 3, 31-35
Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar.
La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera».
El les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis
hermanos?».
Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de
él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos.
Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».
Meditación
Imaginemos a los oyentes de las últimas palabras de Jesús, los que estaban sentados a su alrededor…
Los oyentes no sabrían ahora si era mayor su emoción o su sorpresa.
Sorpresa porque jamás hubieran podido sospechar que existiera entre los hombres un lazo más fuerte que la carne y que la sangre.
Emoción porque descubrían que Jesús les consideraba y les nombraba en aquel momento sus hermanos, sus familiares. Nacía allí un nuevo estilo de familia: ser hijos del Padre, entrar en el Reino, escuchar la palabra de Dios, no era algo ocasional que se hacía en un momento y luego cesaba para siempre. Aquello, por el contrario, les hacía ingresar en una nueva comunidad, en una más honda fraternidad, en un parentesco celestial más fuerte que todos cuantos conocían.
Para María, la respuesta de Jesús debió de ser más desconcertante que para los demás. Y más dolorosa. ¿Renegaba Jesús de su maternidad? ¿La ponía a la misma altura que los demás? ¿Cerraba la puerta de su corazón y daba por concluidas sus relaciones?
Si María hubiera sido una madre como las demás, aquello le habría resultado una puñalada. Pero —desde la tiniebla dolorosa de la fe— pronto surgiría en ella, abriéndose paso entre la angustia, la respuesta: ¿Qué había sido hasta entonces y qué seguía siendo su vida sino un constante hacer la voluntad del Padre? En realidad, Jesús no estaba negando la maternidad física; señalaba que había otra más alta. Y María poseía las dos. La espiritual, más que ningún otro de los oyentes de su hijo. Ella estaba ciertamente ligada a él por la carne, pero mucho más ligada por la voluntad del Padre desde el día aquel del ángel.
Salve
Invocación Final
“Os ofrezco, Madre mía, todas las acciones y fatigas que estoy por
hacer por vuestro amor y el de vuestro Divino Hijo e imploro vuestra
bendición y vuestra materna protección”. Amén