26/03/2026
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La tradición cristiana conserva tres reliquias que la piedad popular atribuye a San José: su manto, su cíngulo y su bastón. A través de ellas, los fieles contemplan la vida del padre adoptivo de Jesús y descubren un signo concreto de su protección sobre la Iglesia y las familias.
Los Evangelios presentan a San José como un padre que cuida y acompaña a Jesús en varios viajes: a Belén para su nacimiento, a Egipto para protegerlo de Herodes y, más tarde, cada año a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. La tradición se pregunta si, durante esos caminos, habría llevado el manto que hoy se venera como una extraordinaria reliquia de este santo.
Su sagrado manto, también llamado túnica o capa, se encuentra en Roma, a poco más de tres kilómetros de la Basílica de San Pedro. Esta reliquia ha sido custodiada durante más de 1.600 años en la Basílica de Santa Anastasia, en la colina Palatina, una de las primeras iglesias de la Ciudad Eterna, edificada a comienzos del siglo IV y vinculada desde antiguo a la liturgia romana.
La tradición atribuye a San Jerónimo, Padre y Doctor de la Iglesia, haber llevado el manto de San José desde Tierra Santa hasta esta basílica, donde habría permanecido desde entonces. Dos veces al año, peregrinos y fieles pueden ver y venerar la reliquia cuando el relicario se lleva al santuario, ocasión en la que muchos acuden a encomendar a sus familias y trabajos a la intercesión del santo.
El relicario, del siglo XVII, tiene forma de pequeño edificio con varios portales románicos que permiten contemplar el interior. Contiene dos preciosas reliquias: el manto de San José y un fragmento del velo de la Virgen María. El manto parece ser de tela marrón, lo que ayuda a explicar que, en la iconografía cristiana, San José suela representarse con una sencilla túnica de ese color.
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