22/11/2020
Solemnidad de
JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO.
Noviembre 22.
Este domingo, en una semana llena de dolores y tragedias, se llama de Cristo Rey, es el último del ciclo anual de las celebraciones litúrgicas y nos invita a cerrar con fe este año en las celebraciones de la fe. Pero, ¿qué nos permite proponer que Jesús sea llamado Rey? Jesús descartó la tentación de parecerse al César opresor y cruel, prefiriendo la gracia de ser “el buen pastor que da la vida por sus ovejas” (cfr. Juan 10) y ser el pastor que busca y encuentra la oveja descarriada, para ser el que prepara a las ovejas heridas el bálsamo de la misericordia y de la esperanza.
1. El Rey Pastor
Cristo, es el Rey magnífico que vendrá en su gloria para juzgar el mundo. En una de las meditaciones que se atribuye a san Juan de la Cruz se afirma que “al atardecer de la vida seremos examinados en el amor”. El juicio de la historia estará marcado por una evaluación dolorosa de todos los males y conflictos provocados por la intransigencia humana.
En la primera lectura Ezequiel nos sorprende con la figura del Pastor. Ese es uno delos distintivos del reinado de Jesús, es un rey que apacienta, no es el monarca absoluto que oprime y subyuga, el quiere ser, para bien de todos, “pastor que con sus silbos amorosos”… hizo cayado del leño de la Cruz.(Cfr. Lope de Vega)
Jesús ha sido constituido juez y señor. Por ello en la fe esperamos que el que nos juzgue le permita a la humanidad ser un rebaño que se acerca confiadamente al trono de la gracia para encontrar allí la justicia, la verdadera, la que tiene como código el amor, la que tiene como abogada la gracia, la que tiene como ley la caridad, la que no busca condenar sino salvar. Jesús ejercerá su glorioso servicio de juez al final de la historia, teniendo como criterio el ejercicio del amor.
2. El Rey que tiene que reinar.
En la Carta a los Corintios, San Pablo afirma categóricamente el reinado de Cristo, el ungido (1 Corintos15, 25) ha de reinar cuando todo sea sometido al poder extraordinario y al tiempo humilde de la resurrección. De hecho, la Resurrección de Jesús hace de Cristo el primero, la primicia de la victoria de la vida, el triunfo de la esperanza.
Esa victoria será posible cuando sea aniquilado todo poder. Incluso la palabra aniquilar es una forma hispanizada de la expresión a nihilo que puede entenderse como reducir “a la nada” lo que para el mundo de hoy cuenta tanto: poder, placer, tener.
En la fe se inaugura un nuevo modo de Reinar. Cuánto nos puede enseñar este estilo de Reino y de Reinado a quienes vivimos en el tiempo de monarcas efímeros, de soberanos pasajeros, de supremas autoridades que quieren ignorar su condición efímera, limitada, que quieren olvidar que son simples mortales. Cuántas lecciones nos da Cristo Rey para saber dirigir con acierto y con una deseada combinación de serenidad reflexiva y de autoridad respaldada por la honestidad de la vida la vida de quienes tanto esperan de los señores que han elegido, de los amos que han escogido.
3. El Rey que nos va a juzgar.
En la mente de muchos hay una constante búsqueda de la gloria y el poder que terminan por generar los tiranos, los déspotas, los dictadores y una serie de nefastos sinónimos de estas palabras que definen la actitud humana frente al poder. Hay sueños de inmortalizarse en los tronos efímeros de la violencia, de la explotación, de la vanagloria, hay tantos modos de reinar que terminan siendo enfermizas obsesiones por aparecer siempre, por reinar sin amor y sin clemencia, por llevar la contraria a la lógica y a la sensatez para imponer la propia voluntad.
El Reinado de Jesús, al que cantará admirablemente el Prefacio de esta Misa, es el humilde imperio de la bondad, de la alegría, de la gracia, de la verdad, de la esperanza, de la justicia, de la misericordia. Por eso en el evangelio se nos advierte que, al final de nuestra existencia, cuando el Rey venga a juzgar al mundo, se nos examinará en la misericordia, se nos preguntará por cada gesto de caridad, de cercanía, de fraternidad.
Ese es el Reino de Jesús, el Reino nuevo de la humanidad acogida, sanada, rescatada por el Buen Pastor, el que tiene que reinar pero no con las armas del poder humano no con la despótica actitud de los que se imponen por medio de la violencia.
El Rey que nunca muere, Jesús, no va a medir nuestra vida por las victorias y guerras vencidas, por los triunfos humanos, por las conquistas que revelan la arrogancia de quienes quedaron reducidos al bronce inerte de las estatuas. Al atardecer de la vida, reinarán con Jesús los humildes, los pequeños, los que entregaron su amor a los necesitados, los que entendieron que la vida eterna se conquista con amor y no a cañonazos.
Al atardecer de la historia, todo pasará menos el amor. En un hermoso poema, José Rivas Groot pone a las estrellas a contemplar el destino final de tanta gloria:
Tronos, imperios, razas vimos trocarse en lodo;
Vimos volar en polvo babélicas ciudades.
Todo lo barre un viento de destrucción, y todo
Es humo, y sueño y nada... y todo vanidades .
Al final de la historia solo quedará un rebaño humilde, rescatado por la mano amorosa de Jesús, que mirará cómo se ponen en la balanza no las coronas efímeras de los monarcas de este mundo, sino las obras buenas de los ungidos por la gracia de la caridad y del amor verdadero
A ese Rey que salva, al Rey que nos espera con la Reina de la Misericordia y de la esperanza, Nuestra Señora la Virgen purísima, cuya novena empezará en estos días, le diremos con la voz de nuestro sabio escritor Marco Fidel Suárez:
“A El, a ese Dios y Rey de nuestras almas, a ese hermano adorado y amigo dulcísimo, venimos porque estamos trabajados y abrumados, porque deseamos trocar el yugo que nos agobia por su yugo 'llevadero y suave y porque en medio de esta noche social, El es el camino, la verdad y la vida…
¡Oh Dios de amor y de poder! Da tus pies a los …que queremos llorar sobre sus llagas los errores pasados; de las llagas de tus manos derrama óleo divino sobre las heridas de este pueblo; y en la llaga de tu corazón guarece las generaciones inocentes”
A ese Rey le pediremos que pase su mano bondadosa y enjugue las lágrimas que se derraman sobre las casitas desplomadas en San Andrés y Providencia, sobre las tierras anegadas en el Chocó y en otras tierras, sobre las UCI donde hay tantos hermanos crucificados por el dolor y colme con su consuelo la vida de los que sufren, la mano misericordiosa que los asiste y el corazón fraterno que ora por ellos.