13/09/2026
DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO - A
REFLEXIÓN:
Sé que no es fácil adoptar una postura serena y lúcida ante los hechos violentos tan complejos que suceden cada día entre nosotros. Soy consciente y somos conscientes de que formamos parte de esta sociedad violenta. Pero no queremos ser violentos.
Siento que, habituados a tanta violencia y tanta sangre, nos empiezan a faltar palabras para expresar nuestra condena. Pero no quiero que me falte sensibilidad ante ningún ser humano mu**to violentamente.
Oigo hablar a unos y otros de objetivos políticos irrenunciables y de causas que hay que defender, eliminando incluso a personas si es necesario. Pero yo no quiero que se traicione una y otra vez «la causa del hombre», de todo hombre que tiene derecho a la vida.
A lo largo de estos años he podido comprobar que la violencia desata violencia y el odio genera odio. He podido ver cómo la violencia se aprende, se contagia y se extiende. Pero no quiero que nadie destruya nuestra capacidad de respetar y desear el bien de todo ser humano.
Hace unos días, hemos podido ver una vez más cómo se mata sin piedad a un ser humano como si la vida no tuviera ningún valor. Al mismo tiempo, escuchamos y leemos las llamadas que se nos hacen a no olvidar ni perdonar nunca. Pero no queremos que nadie nos arrebate el derecho a amar y perdonar.
Unos me dicen que la negociación no es ya posible. Otros, que «el juego democrático» es ineficaz. Pero no queremos perder la fe en la capacidad de los del ser humano para resolver los problemas por caminos de diálogo y paz.
Comprendo muy bien a los que me dicen que el Evangelio del amor y del perdón es impracticable. Que el mensaje de Jesús no sirve para construir eficazmente la sociedad. Pero yo sigo viendo que la violencia nos deshumaniza y me pregunto qué sociedad se puede construir sobre la mutua agresión.
Escuchamos las palabras de Jesús que nos llaman a perdonar «setenta veces siete». Yo quiero seguirlas, queremos seguirlas.
No creo en los crucificadores. Creo en el Crucificado, en el que murió perdonando a todos. En su perdón hay más promesa de salvación que en todas nuestras violencias.
¿Estoy permitiendo que la violencia y el odio del mundo transformen mi corazón, o sigo eligiendo, como Jesús, el camino del perdón, la misericordia y el amor incluso ante quien me hiere?