27/07/2026
Evangelio y sermón de la semana (26.7.2026)
Marcos 8:27-9:1
Salieron Jesús y sus discípulos por las aldeas de Cesárea de Filipo. Y en el camino preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas. Entonces él les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Pedro le contestó: Tú eres el Cristo. Y él les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él. Y comenzó a enseñarles que el hijo del Hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas; ser matado y resucitado a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderlo. Pero Él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: ¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino son los de los hombres. Llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame. Porque quien quiera salvar su alma, la perderá; quien entregue su alma por mí y por el evangelio, la salvará. Pues ¿qué le sirve al ser humano, ganar el mundo entero si arruina su alma? ¿Pues qué puede dar el ser humano a cambio de su alma? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación que se une sobremanera a la materia y a las fuerzas del abismo, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él, cuando venga en la gloria de su Padre en medio de los santos ángeles. También les dijo: Yo os aseguro que, entre los presentes, hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el reino de Dios.
Sermón
La nueva confesión
El cuerpo es un gran NO. Le informa al espíritu todos los lugares y tiempos en los que ya no se encuentra y por eso lo orienta: como los límites para un niño, así el cuerpo para el espíritu. La negación más aguda de tiempo y espacio se llama dolor. Nada más terrible para el espíritu que un dolor punzante que le hace saber sin descanso el único nervio en el que le toca estar. La misión del cuerpo es despertar al espíritu disperso y lo hace a bofetadas, algunas más suaves, otras más duras. Así el espíritu, que no puede por sí mismo verse a sí mismo, aprende a presentirse en el espejo negativo de su cuerpo. Así comienza lentamente a ser por sí mismo y la primera señal de esto es que comienza a decir que no por sí mismo: El famoso “no quiero” del niño de 3 años. La escuela divina de la encarnación es excelente: La reducción, regulación y concentración a la que obliga el cuerpo da lugar lentamente a la auto-reducción, auto-regulación y auto-concentración. El último grado de esta escuela es la cruz, en ella la carencia se torna renuncia. Ahora bien, como toda metodología pedagógica, el camino del no del cuerpo tiene sus peligros: El espíritu puede hastiado de encontrar fronteras y límites comenzar a identificarse con tales fronteras y límites; el espíritu puede acomodarse a los límites del dolor y en vez de aprender el arte de la renuncia, cae por carencia en resignación. La cruz es, como símbolo del no, imagen de renuncia y jamás de resignación. La renuncia es fértil, la resignación estéril. La vertical de la cruz puede decirnos algo así como: Tu espíritu es eterno pero ahora te toca volcarlo completamente a este momento; y la horizontal: Tu espíritu llega hasta los confines, mas he aquí solo en este sitio te coca estar. ¡El amor cristiano es fruto de la escuela de la encarnación y por lo tanto es siempre particular, y nunca universal! Siempre que olvidamos cargar nuestra cruz y nos afanamos por la universalidad de nuestros preceptos entonces se corrompe nuestro cristianismo: (Esta es la historia de los concilios de la Iglesia desde su unión con el Imperio) “¿Qué aprovechará el hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?“ La única aspiración universal que debería vivir en el corazón cristiano es la del grano de mostaza. Grano de mostaza que podemos imaginar como el minúsculo punto en el que se unen la vertical con la horizontal, como la potencia del espíritu concentrado en lo que le toca. De este misterio de la devoción-al-momento habla también nuestro sacramento de la eucaristía: ¡La nueva confesión es la que porta el cuerpo en la cruz! Esta confesión religiosa es radicalmente diferente a otras, no es de letras muertas en un credo, o un canon, es de letras vivas en la siempre renovada revelación. Antes de beber el vino consagrado el sacerdote repite tres veces que se confiesa a “lo revelado por Cristo”, y que esa confesión aparta de sí al adversario. ¿Qué está diciendo? ¿Qué leyó mucho? ¿Qué conoce todos los mandamientos, los textos sagrados y los preceptos de los profetas, los apóstoles y los santos? ¿O más bien que está dispuesto a renunciar tanto a su pasado como a su futuro, como tiene que hacer el joven rico que busca heredar la vida eterna; y a cargar así con devoción la cruz de su momento? Negarnos a nosotros mismos y cargar con nuestra cruz es renunciar a todo lo que no es hoy y aquí y enfocar todo nuestro espíritu sin cuota de resignación en la tarea que nos toca. Esto también es amar.
Sí, así sea.
Nahuel Di Stefano Villaba, Buenos Aires