01/05/2026
Evangelio de Hoy Viernes 1 de Mayo.
¡Nada te robe la paz! Nada te turbe, nada te espante, todo pasa ¡sólo Dios basta!, decía santa Teresa de Ávila. Ésta es la invitación más constante de Cristo resucitado, y también representa para nosotros la esperanza más grande que da sentido a nuestra vida, retornar a la casa del Padre. En nuestra familia todos hemos tenido un ser querido que ha tenido su nacimiento al cielo, y si no lo hemos tenido aún, va a suceder y nos sucederá a nosotros. Para muchos, pensar en la muerte es algo terrorífico porque es algo desconocido, así como el niño que sale del vientre de su madre y llora.
¿Cómo desconfiar de Aquél que nos dice que es el camino, la verdad y la vida si Él mismo ya venció a la muerte? Jesús, al prepararnos una morada y darnos la certeza de que Él es el camino, nos quiere invitar a vivir nuestra vida con la mirada fija en la meta que es el cielo.
¿Por qué vivir con el corazón abatido? ¿Por qué dejar que una tempestad nos robe la paz? “Todo se pasa, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, ¡Sólo Dios basta”.
Primera Lectura. Hechos 13, 26-33.
En aquellos días,
Pablo continuó su predicación en la sinagoga
de Antioquía de Pisidia con estas palabras:
“Hermanos míos,
descendientes de Abraham,
y cuantos temen a Dios:
Este mensaje de salvación
les ha sido enviado a ustedes.
Los habitantes de Jerusalén
y sus autoridades no reconocieron a Jesús,
y al condenarlo,
cumplieron las palabras de los profetas
que se leen cada sábado:
no hallaron en Jesús
nada que mereciera la muerte,
y sin embargo,
le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar.
Y después de cumplir
todo lo que de él estaba escrito,
lo bajaron de la cruz
y lo pusieron en el sepulcro.
Pero Dios lo resucitó de entre los mu***os,
y él,
ya resucitado,
se apareció durante muchos días a los que
lo habían seguido de Galilea a Jerusalén.
Ellos son ahora sus testigos ante el pueblo.
Nosotros les damos la buena nueva
de que la promesa hecha a nuestros padres
nos la ha cumplido Dios a nosotros,
los hijos,
resucitando a Jesús,
como está escrito en el salmo segundo:
Tú eres mi hijo,
yo te he engendrado hoy’’.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
SALMO RESPONSORIAL del salmo 2.
R. Tú eres mi Hijo:
yo te he engendrado hoy.
«Yo mismo he establecido a mi Rey en Sión,
mi monte santo».
Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho:
«Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy. R.
Pídemelo: te daré en herencia las naciones,
en posesión, los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza». R.
Y ahora, reyes, sed sensatos;
escarmentad, los que regís la tierra:
servid al Señor con temor,
rendidle homenaje temblando. R.
EVANGELIO.
Del santo Evangelio según san Juan 14, 1-6.
En aquel tiempo,
Jesús dijo a sus discípulos:
“No pierdan la paz.
Si creen en Dios,
crean también en mí.
En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones.
Si no fuera así,
yo se lo habría dicho a ustedes,
porque ahora voy a prepararles un lugar.
Cuando me vaya y les prepare un sitio,
volveré y los llevaré conmigo,
para que donde yo esté,
estén también ustedes.
Y ya saben el camino
para llegar al lugar a donde voy”.
Entonces Tomás le dijo:
“Señor,
no sabemos a dónde vas,
¿cómo podemos saber el camino?”
Jesús le respondió:
“Yo soy el camino,
la verdad
y la vida.
Nadie va al Padre si no es por mí”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
REFLEXIÓN.
En estos últimos días hemos estado viendo, tanto en la Primera Lectura como en el Evangelio, nuestro deber bautismal. La misión que todos los bautizados tenemos. El envío a proclamar el mensaje de salvación.
Desde el inicio de la historia de la salvación se ha matado al mensajero, pero nunca el mensaje. Porque el mensaje proviene de Dios y a Dios nada lo va a detener. Recordemos las palabras de Gamaliel, al inicio de la actividad misionera de los apóstoles: “Si esto que hacen es de carácter humano, se desvanecerá; pero si es de Dios, no lo podrán destruir. ¡No vaya a ser que ustedes se encuentren luchando contra Dios!” (Hch. 5, 38-39).
Mataron a los profetas. Mataron a Jesús. Mataron a la mayoría de los apóstoles. Han matado a miles de evangelizadores, y dos mil años después el mensaje de salvación sigue llegando a toda la humanidad. Se confirman las palabras proféticas de Gamaliel. “Si es de Dios no lo podrán destruir”.
Pero entender el mensaje nos lleva a descubrir nuestra misión personal. Y nuestra misión personal incluye, entre mis demás actividades, compartir el mensaje de salvación. Y quien cree en el mensaje de salvación, no cree en nosotros, cree en Jesús que nos envía. Y quien cree en el mensaje de Jesús, no cree en Jesús, sino en el Padre que lo envía. Esto lo vimos el miércoles pasado, dónde: “Jesús exclamó con fuerte voz: "El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado”.
Adicionalmente, ayer jueves vemos la otra dimensión de estas palabras de Jesús. Primero orientadas a la veracidad del mensaje de salvación que no es nuestro, sino de Dios: “Creer en Dios”. Pero tienen otra dimensión igual de importante: Jesús nos dice: “El enviado no es mayor que el que lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos”.
Hoy dice San Pablo en su predicación en Antioquía de Pisidia: “Este mensaje de salvación les ha sido enviado a ustedes”. El mismo mensaje de salvación para el pueblo judío llega a toda la humanidad. Pero también debemos recordar las palabras de Jesús que llegan a nosotros: “El enviado no es mayor que el que lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos”.
Y en esto debemos meditar. “Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos”. ¿Somos dichosos? ¿Qué significa ser dichoso?
En la vida hay muchas cosas que nos gusta planear. Un paseo, unas vacaciones, una fiesta, etc. Y en todas estas actividades la felicidad y la emoción se vive en cada momento, en cada detalle que se cuida para que todo salgo excelente. Pero esto no es verdaderamente ser dichoso.
También tenemos otros tipos de eventos en los que pocas veces pensamos. Y uno de estos es un evento que inevitablemente llegará para cada uno de nosotros. Y de esas pocas veces en que lo pensamos a la mayoría les produce temor, angustia, miedo. Nos referimos a la muerte. A la muerte corporal.
En el Evangelio Jesús dice: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí”. No pierdan la paz. Estas palabras que tanto necesita escuchar el mundo actual, porque se ha olvidado del plan de Dios para su vida y los problemas y contrariedades las quiere resolver con sus propias fuerzas y cuando estás empiezan a flaquear la angustia y la depresión toman el control de la persona. Estas palabras de Jesús toman fuerza en estos días que estamos viviendo en medio de tensión mundial.
No pierdan la paz. Porque muchos de nosotros queremos resolver los problemas del mundo y no está a nuestro alcance. No pierdan la paz, porque vemos sufrir a seres queridos que atraviesan alguna crisis económica o problema de salud.
Por cualquier razón de nuestra vida no pierdan la paz. Cada día que pasa es una oportunidad para preparar ese viaje a la eternidad. Jesús nos dice: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque voy a prepararles un lugar. Cuando me vaya y les prepare un sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes”. Jesús ya fue a prepararnos un lugar. Jesús resucitó, es decir, ya volvió para llevarnos a donde Él está. Ya sabemos que en la casa del Padre hay muchas habitaciones y tiene preparada una para cada uno de nosotros. Y para que Jesús haya aceptado una muerte de Cruz para que nosotros podamos ser salvos, realmente es porque lo que nos espera en la vida eterna es algo que nuestras limitadas capacidades no alcanzan a dimensionar, pero es algo verdaderamente hermoso. San Pablo nos dice: “Dios ha preparado para los que lo aman cosas que nadie ha visto ni oído, y ni siquiera pensado” (1 Co. 2, 9).
¿Qué nos está robando la paz? Cualquier cosa que sea no es más grande que Dios, sea cualquiera que sea, “Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman” (Ro. 8, 28). No pierdan la paz es una palabra de aliento para que las circunstancias de esta vida nos lleven a la casa del Padre. Jesús no nos prometió una vida sin problemas, nos prometió una vida eterna. Jesús nos dice que el que no carga su cruz y le sigue no merece ser su discípulo.
El problema de muchos de nosotros es que no sabemos pedir, porque en lugar de pedirle al Señor nos quite los problemas, lo que debemos pedir es que nos dé fortaleza y sabiduría para seguir adelante en medio de las adversidades. Si al rezar el Padre Nuestro decimos hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, ¿entonces porque queremos hacer nuestra voluntad?
No pierdan la paz. Palabras que han sido proclamadas por casi dos mil años y de los cuales ¿quien se acuerda de las angustias de quienes vivieron hace cien, quinientos o mil años? Y así tengan la plena seguridad que nadie se acordará de nuestras angustias dentro de cien años. No pierdan la paz. Nuestra vida es solo un instante frente a la eternidad.
Así como la gente se ilusiona preparando un viaje de vacaciones, ilusionémonos porque un día tendremos la vida eterna. Ya conocemos el camino, la verdad y la vida.
Y hablando de no perder la paz, San José nos da su testimonio de vida de no perder la paz aún en medio de adversidades. Viaje a Belen con María esperando el nacimiento del Señor. No encontrar posada. Huir a Egipto porque querían matar al Niño Dios. Muchas adversidades y siempre confió en Dios.
Que San José sea nuestro modelo a seguir en esa hermosa virtud teologal de la Esperanza. La paciente espera en Dios. La paciente espera en que el Señor resolverá cualquier adversidad de nuestra vida.