30/06/2026
En 1949, la naciente Iglesia de Dios del Perú sufrió una pérdida que estremeció a toda la obra. En la ciudad de Huánuco, el misionero Roberto Fuster falleció repentinamente en un accidente vehicular. Su muerte dejó un profundo vacío en el liderazgo de la denominación, que apenas daba sus primeros pasos en el país.
Ante esta situación, la Iglesia de Dios de Cleveland decidió enviar un nuevo misionero que, además de impulsar la labor evangelística, asumiera la supervisión nacional de la obra. El elegido fue Arturo Erickson, un hombre cuya experiencia y conocimiento del Perú lo convertían en la persona indicada para afrontar aquel desafío.
Erickson no era un desconocido para el pueblo peruano. Durante la década de 1930 había servido como misionero de las Asambleas de Dios en Áncash y, junto con sus hermanos, fue uno de los instrumentos que Dios utilizó para introducir el mensaje pentecostal en la ciudad de Caraz. Desde allí, el movimiento se extendió hacia otras regiones del país, dejando una huella imborrable en la historia del pentecostalismo peruano.
Al concluir aquella etapa misionera, Erickson dejó a discípulos suyo liderando una pequeña congregación, el joven se llamaba Santiago Silva. Lo llamaba afectuosamente su "yerno", pues este se había casado con una joven que la familia Erickson consideraba como una hija. Más allá del parentesco simbólico, entre ambos existía una profunda relación espiritual y ministerial.
Silva dirigía un grupo de creyentes en Corpanqui. Aunque la congregación se mantenía firme en la fe, muchos de sus integrantes aún no habían sido bautizados y durante varios años esperaron la visita de un pastor que pudiera administrar las ordenanzas, fortalecer la enseñanza bíblica y organizar plenamente la iglesia.
Cuando Arturo Erickson regresó al Perú como misionero de la Iglesia de Dios, llegó con una carta oficial emitida por el Departamento de Misiones Mundiales que lo acreditaba como supervisor nacional. Poco después inició reuniones con Antonio Gálvez y otros líderes que habían manifestado interés en integrarse a la denominación.
Su liderazgo, marcado por la cercanía, la humildad y una profunda pasión misionera, despertó la confianza de numerosos pastores. Entre ellos estaban Ponciano Vigo, quien desarrollaba una importante labor en el norte del país, y Juan Urbano, que comenzaba un prometedor ministerio en el Norte Chico. Ambos decidieron afiliarse a la Iglesia de Dios, fortaleciendo así la presencia de la denominación en esas regiones.
Sin embargo, el primer gran anhelo de Erickson fue regresar a la sierra para reencontrarse con Santiago Silva y la congregación de Corpanqui. El viaje fue arduo. Gran parte del trayecto lo realizó a lomo de caballo, soportando las dificultades propias de la altura andina. Los testimonios recuerdan que sufrió los efectos del soroche e incluso terminó con dolorosas escaldaduras provocadas por las largas jornadas de cabalgata. Aun así, ninguna incomodidad logró apagar su fervor misionero.
Al llegar a Corpanqui encontró una iglesia que había permanecido fiel durante años de espera. Allí bautizó a trece creyentes y estableció oficialmente a Santiago Silva como pastor de la congregación, consolidando una obra que había perseverado en medio de grandes limitaciones.
En su viaje de retorno, Erickson visitó también las iglesias del norte y del Norte Chico para fortalecer la comunión con los nuevos ministros afiliados a la Iglesia de Dios. Aquellas visitas no solo consolidaron la unidad entre las congregaciones, sino que marcaron el inicio de una nueva etapa de crecimiento y organización para la denominación en el Perú.
Con la llegada de Arturo Erickson, la Iglesia de Dios encontró mucho más que un nuevo supervisor nacional. Encontró a un líder con profundo conocimiento del país, capaz de tender puentes entre las distintas obras existentes y de imprimir una visión misionera que impulsaría la expansión de la denominación durante los años siguientes. Su ministerio sería decisivo para sentar las bases de una Iglesia de Dios más sólida, organizada y comprometida con la evangelización del Perú.