29/04/2026
EL NUEVO PACTO – PARTE FINAL
El Nuevo Pacto abre la posibilidad de que quienes no estuvieron incluidos en el pacto Antiguo, ahora sí puedan también ser parte del pueblo de Dios. Ese era el propósito de Dios cuando le dijo a Abraham que su descendencia sería bendecida y a través de ella, todas las naciones de la tierra también serían bendecidas (Genesis 12:3). No fue precisamente porque los descendientes de Abraham fueran fieles a Dios, sino más bien, su desobediencia abrió la oportunidad para nosotros.
Eso es lo que explica Pablo en Romanos 9:22-26:
“¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no solo de los judíos, sino también de los gentiles? Como también en Oseas dice: Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, y a la no amada, amada. Y en el lugar donde se les dijo: Vosotros no sois pueblo mío, allí serán llamados hijos del Dios viviente.”
Pablo menciona la profecía de Oseas respecto a que quienes no conformaban el pueblo escogido, iban a ser parte de ese pueblo, en otras palabras, todos los pueblos de la tierra están llamados a ser llamados hijos de Dios. Jesús confirmó esto cuando dio el mandato a los apóstoles de anunciar el evangelio a las naciones hasta lo último de la tierra (Mat. 28:19, Hch. 1:8).
Pese a ello, los apóstoles también discutieron entre sí respecto a que si el evangelio de salvación era sólo para los judíos y no para los gentiles. Pero un acontecimiento, entre otros, vino a abrir la mente de los apóstoles cuando Cornelio, un centurión romano invitó a Pedro a su casa. Luego de que Pedro comprobara la fe de Cornelio y manifestara el evangelio de salvación a los presentes, algo impresionante ocurrió:
“Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios. Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús. Entonces le rogaron que se quedase por algunos días.” (Hch. 10:44-48)
Este hecho fue informado por Pedro a los apóstoles en Jerusalén, quienes si bien al principio dudaron, pero luego quedaron convencidos de que el evangelio era para todos:
“Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!” (Hch. 11:18)
Estos hechos y otros que se fueron presentando durante el ministerio de los apóstoles y principalmente de Pablo, llevaron a que éste dijera categóricamente:
“Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.” (Gl. 3:28-29)
Por la fe en Cristo hemos sido unificados y ya no hay diferencia entre creyentes, todos somos herederos de la promesa de Dios a Abraham. El nuevo pacto ha reemplazado al antiguo mediante la sangre de Cristo.
“Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna.” (Heb. 9:13-15)
Todos somos merecedores de recibir la gracia de Dios si creemos en Jesús. Esa es la única condición.
“A los suyo vino, y los suyos no le recibieron. Más a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.” (Jn. 1:11-12)
Hermanos, creamos en Jesús, en sus promesas y en su Palabra. Seamos obedientes y fieles a Él. Mirémonos en el espejo de Israel, no cometamos los mismos errores. Tenemos al Espíritu Santo en nosotros, no hay entonces motivo para fallar, salvo que nuestro arrepentimiento y nuestras intenciones no sean sinceros. El Nuevo Pacto es para los humildes y mansos de corazón, para quienes se arrepienten y hacen todos los esfuerzos para seguir las pisadas de Cristo porque lo aman de corazón.
Oremos hermanos:
“Señor te damos las gracias por darnos la oportunidad de ser partícipes del nuevo pacto. Viendo el ejemplo de Israel, no anhelamos sino obedecerte y ser fieles a Ti. Instrúyenos mediante tu Palabra, guíanos con el poder del Espíritu Santo y límpianos de toda maldad con la sangre de Cristo. Es nuestro deseo y oración en el nombre de Jesús, amén.”