25/05/2026
Hoy Lunes después de la fiesta de Pentecostés la iglesia conmemora la festividad de María Madre de la Iglesia.
Después de la Ascensión de Jesús, los Hechos nos muestran a los apóstoles reunidos en el Cenáculo. «Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús» (Hch 1,14). La Tradición ha considerado en esta escena la maternidad que la Virgen ejerce sobre toda la Iglesia. Ella es la persona que une dos momentos clave en la historia de la salvación: la encarnación del Verbo y el nacimiento de la Iglesia. «La que está presente en el misterio de Cristo como Madre, se hace (...) presente en el misterio de la Iglesia. También en la Iglesia sigue teniendo una presencia materna».
Una madre se desvive por su hijo desde el seno materno. Suya es la responsabilidad de sacar adelante ese don que Dios le ha concedido. Cuando nace, es evidente que la criatura sigue necesitando su protección, y conforme va creciendo le ayuda a desenvolverse en la vida. El Evangelio nos muestra algunos rasgos de ese cuidado de la Virgen con Jesús. Y en los Hechos observamos esa misma actitud con la Iglesia naciente, velando por los apóstoles y los primeros cristianos. Era un tiempo de gestación, entre persecuciones y dificultades, en el que necesitaban especialmente su ayuda. Ella es «la protagonista, humilde y discreta, de los primeros pasos de la comunidad cristiana: María está en el corazón espiritual, porque su misma presencia entre los discípulos es memoria viviente del Señor Jesús y signo del don de su Espíritu».
También hoy la Virgen se sigue desviviendo por cada uno de sus hijos que forman la Iglesia.
Así mismo con las palabra que le dirige Jesús en el evangelio de hoy a su Madre y a su discípulo amado, en el cual nos identificamos cada uno de nosotros, Jesús invita a todos los cristianos a acoger a María en sus vidas. Quiere que nos acerquemos a ella con confianza. «Con su poder delante de Dios, nos alcanzará lo que le pedimos; como Madre quiere concedérnoslo. Y también como Madre entiende y comprende nuestras flaquezas, alienta, excusa, facilita el camino, tiene siempre preparado el remedio, aun cuando parezca que ya nada es posible»