16/04/2025
DÍA MARTES: JESÚS Y LOS TRIBUTOS
En el día martes de la Semana Santa, Jesús continuó su ministerio público en Jerusalén enfrentando las trampas tendidas por los líderes religiosos. Entre ellas, una especialmente insidiosa: la cuestión del tributo al César (Mateo 22:15-22). Con el propósito de hacerlo caer ante el pueblo o ante las autoridades romanas, fariseos y herodianos le preguntaron si era lícito pagar tributo al emperador. Jesús, sin evadir la pregunta ni caer en su trampa, respondió con autoridad: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”. Esta respuesta no solo asombró a sus enemigos, sino que reveló con claridad la soberanía de Dios sobre todas las esferas de la vida.
La elección del verbo griego apodidōmi (“dad”) por parte de Jesús no fue casual ya que significa pagar o devolver, lo que implica una deuda. En efecto, la respuesta de Jesús encierra una enseñanza profunda: los impuestos, lejos de ser una concesión opcional al estado, constituyen una obligación legítima. Como enseña el apóstol Pablo en Romanos 13, toda autoridad ha sido establecida por Dios, y pagar tributos forma parte del deber moral del creyente. Incluso bajo gobiernos paganos, corruptos o idólatras —como lo era Roma en tiempos de Cristo— el pueblo de Dios está llamado a honrar a las autoridades en todo lo que no contradiga los mandamientos del Señor. En esto se manifiesta nuestra obediencia, no solo externa, sino también de conciencia, sabiendo que no hay autoridad que no haya sido ordenada por nuestro soberano Dios.
Sin embargo, el Señor deja en claro un límite inquebrantable: hay cosas que no pertenecen al César, sino únicamente a Dios. Cristo no separa lo secular de lo sagrado como cree el pensamiento moderno; más bien, afirma que todo pertenece a Dios, pero que, en su providencia, ha delegado ciertas responsabilidades a los gobiernos humanos. Por tanto, mientras el César exija tributo, obedecemos con pagar los tributos. Pero cuando el César exige adoración, resistimos. Este principio fue redescubierto y proclamado con poder durante la Reforma protestante del siglo XVI, cuando hombres como Lutero, Calvino y otros reafirmaron que solo Dios es Señor de la conciencia, y que ni el rey ni el Estado pueden usurpar ese lugar. ¡Debemos vivir en obediencia civil sin claudicar jamás en la fidelidad a Jesucristo como nuestro Rey y Señor!
Por: Josué Fernández