20/01/2026
La preeminencia del amor
Una pregunta que muchos nos hemos hecho, quienes deseamos agradar a Dios, es esta:
¿Cuál es la iglesia verdadera? ¿Dónde está la verdadera religión?
Todo aquel que reconoce la necesidad de buscar a Dios en una congregación suele ser diligente en esa búsqueda.
Es cierto: la doctrina es importante, la fe es importante, y congregarse con personas celosas de buenas obras es profundamente edificante. Sin embargo, la Escritura —inspirada por el Espíritu de Dios— no presenta estas cosas como lo más preeminente.
El apóstol Pablo es claro cuando afirma que puedo tener muchos dones, mucha fe, hacer grandes sacrificios, conocer todas las verdades teológicas y poseer toda la ciencia; pero si carezco de lo más importante, que es el amor (o, como dicen nuestros hermanos católicos, la caridad), entonces soy como un metal que suena o un platillo que retiñe. Delante de Dios, nada soy.
Todas mis obras, toda mi fe y todos mis sacrificios no tendrían valor alguno sin amor.
Necesitamos comprender la magnitud —la anchura, la longitud, la altura y la profundidad— de la palabra de Cristo, cuando Él resume toda la Ley en dos grandes mandamientos: amar a Dios y amar al prójimo.
Y como el amor no es solo un sentimiento, sino una acción voluntaria que nace del corazón, el apóstol Santiago nos enseña que la fe se manifiesta por medio de las obras. Si veo a mi hermano en necesidad, sin alimento ni vestido, y no lo socorro, entonces no estoy agradando a Dios, y probablemente ni siquiera esté viviendo como un verdadero hijo suyo.
La Escritura lo resume así:
La religión pura y sin mácula delante de Dios es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones.
Gracias a Dios, he conocido personas preciosas entre mis hermanos pentecostales, bautistas y católicos. En cada una de estas congregaciones he encontrado hombres y mujeres que aman conforme a la Palabra de Dios.
Pero también he visto, dentro de esas mismas expresiones de fe, personas con muchos dones y virtudes —aun de las que menciona el apóstol Pablo en 1 Corintios 13— pero sin amor.
Y tú, mi hermano…
¿Estás en la religión verdadera?