27/05/2025
SAN FELIPE NERI Y EL ESPÍRITU SANTO
Entre las miles de devociones que un cristiano puede tener, hay un que normalmente pasa por desapercibida: es justamente la devoción a una de las tres personas de la Santísima Trinidad. Sí, el Espíritu Santo es ese “gran desconocido” del cual hablaba el gran escritor, el P. Royo Marín; ni más ni menos que Esposo de la Santísima Virgen, acompaña misteriosamente las acciones de los hombres y los hace crecer en gracia. Felipe sabía bien que debía pedir sus dones y es por eso que en la primavera romana del año 1544, en las primeras vísperas de la fiesta de Pentecostés sucedió lo que sigue.
Felipe se encontraba rezando en las catacumbas de San Sebastián, a las afueras de Roma, y pedía insistentemente recibir los dones que el Espíritu Divino prodiga a todos aquellos que se lo ruegan: inteligencia, sabiduría, ciencia, consejo, temor de Dios, piedad y fortaleza. Improvistamente, se vio inundado de una alegría inmensa y vio como todo el lugar en que se hallaba comenzó a iluminarse
de una extraña luz. El santo se levantó y vio descender desde lo alto un especie de globo de fuego que entrando por su boca, inflamó su pecho haciéndole sentir un fuego interior que le parecía morir. Su corazón, al contacto con las llamas, comenzó a dilatarse rápidamente al punto que sus huesos no resistieron más y dos de sus costillas terminaron por romperse.
Sintiendo un fuerte temblor en todo el cuerpo, podía percibir cómo su corazón ardía como devorado en llamas; era un dolor fortísimo, pero a la vez precioso, ya que no quemaba para destruir, sino para mostrar el amor que Dios tenía por su hijo. Tanto era su alegría en aquel momento que llegó a exclamar:
- Basta… ¡oh Señor, por favor, basta!
El Espíritu Santo, que tanto Felipe había pedido, había descendido sobre él, como hacía 1500 años lo había hecho con María y los Apóstoles reunidos en el Cenáculo. Desde aquel momento Felipe sentirá permanentemente arder todo su cuerpo, al punto tal que no sentirá jamás frío y hasta en las heladas más crudas del invierno, permanecerá con ropa ligerísima sin sentir nada de frío. En verano, sin embargo, sufrirá el calor al punto de no poder ni siquiera usar los ornamentos litúrgicos que la Iglesia solicitaba para algunos momentos del año; el Papa se encargará de dispensarlo.