09/06/2022
“Por ellos te ruego: que el amor que me tenías esté también en ellos”
(Jn 17,1-26)
Hoy la Liturgia nos invita a celebrar a Jesús, sumo y eterno sacerdote. El evangelio de hoy nos presenta al sacerdote Jesús intercediendo por sus discípulos, diciendo al Padre Dios que el amor que le tenía esté también en ellos, es decir, en los discípulos, y en los discípulos de todos los tiempos. Jesús pide al Padre que ame a todos ellos y a los que crean gracias a la predicación de los primeros discípulos, y, entre estos, estamos también nosotros
El NT explica el ministerio de Jesús como un sacerdocio. Jesús ha cumplido plenamente la antigua alianza, su culto es auténtico al consistir en la oblación de su persona. Esa entrega oblativa santifica a la Iglesia (Jn 17,19ss). Cristo Jesús, siervo obediente, que por su misterio pascual ha entrado en el cielo, lo ha hecho como sumo sacerdote para siempre, a la manera del sacerdote Melquisedec (Hb 4). Él es el mediador de la nueva alianza (1Tm 2,5; Hb 8,6; 9,1-28); en él se da la comunión entre Dios y los hombres (Jn 14,6)
Si tenemos a Jesús como sacerdote, debemos acudir a él para expresar nuestras acciones de gracias y nuestras inquietudes. Él mismo dijo a los discípulos: todo lo que pidan al Padre en mi nombre, el Padre se lo concederá. En cada Eucaristía, Jesús ejerce el sacerdocio en la persona del ministro. Cuando uno celebra, es Cristo quien celebra; cuando el ministro bautiza, es Cristo quien bautiza, etc. Por eso, con el salmo 22 decimos: Señor, “preparas una mesa junto a mí… tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré en la casa del Señor todos los días de mi vida”.
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Lectura del santo evangelio según san Juan 17, 1-2.9. 14-26
En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad.
Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».