18/05/2026
PORQUE DECIMOS QUE ES IGLESIA ROMANA???
Por haber sido Roma la ciudad donde los gloriosos apóstoles Pedro y Pablo murieron por el evangelio, fue tenida desde los albores del cristianismo como la sede principal de la Iglesia de Jesucristo.
Hacia el año 95, al final del reinado de Domiciano, se conserva una carta del papa San Clemente Romano (tercer sucesor de Pedro), a la comunidad cristiana de Corintio, cuando aún vivía el apóstol Juan en Efeso. Posteriormente, San Ignacio de Antioquia en el año 106 escribió: “A la Iglesia que preside en la ciudad de la región de los romanos, digna de Dios, digna de honor, digna de bendición, digna de alabanza, digna de ser escuchada, digna de castidad y presidente de la fraternidad según la ley de Cristo”.
Unos treinta cinco años después, Hermas, autor de un tratado místico titulado “El Pastor”, al terminar su obra, confió al obispo de la Ciudad Eterna, San Pío, el legado de transmitirla a todas las iglesias.
Más tarde, un obispo de frigia, de nombre Abercio, al redactar su propio epitafio antes de morir, contó que había ido a Roma a visitar a su obispo, llamándolo el “Buen Pastor”. También Hegesipo, quien expuso en sus Memorias el viaje que realizó desde Oriente buscando la “verdadera doctrina transmitida por los apóstoles”.
En su primer momento la encontró en Corintio, y luego en Roma. La ciudad de los dos “príncipes de los apóstoles” también fue visitada por Policarpo de Esmirna (discípulo de San Juan), el palestino Hegesippo y el samaritano Justino, como más tarde lo hizo Tertuliano de Cartago y Orígenes de Egipto.
Hacia el año 180 San Ireneo, obispo de Lyón, afirmó que la Iglesia de Roma debía tenerse por “la mayor, la más antigua y la más famosa de todas las iglesias”.
“Porque, efectivamente, con esta Iglesia y a causa de su elevada preeminencia, es con quien debe de estar de acuerdo toda la Iglesia, es decir, todos los fieles dispersos por el universo.
Pues en ella es donde los fieles de todos los países han conservado la tradición apostólica”.
En el siglo IV, San Ambrosio, obispo de Milán, en un sermón dice comentando aquellas palabras de Jesús.
“Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”: “”Donde está Pedro, allí está mi Iglesia; donde está la Iglesia, no hay muerte, sino vida eterna”.
Y otro insigne Doctor de la Iglesia, San Agustín en el siglo V, agregaba: “En la Iglesia romana estuvo siempre en vigor el primado de la cátedra apostólica”.
Posteriormente, en el siglo XVI, el monje y sacerdote agustino alemán, Martín Lutero, exclamó al contemplar la ciudad de los papas: “Te saludo santa Roma, tres veces santa por la sangre de tus mártires”.
LOS HISTORIADORES PROTESTANTES
Es un hecho, pues, que desde los primeros tiempos, y en todo caso en el siglo II, la Iglesia entera reconocía a Roma un primado que era a un tiempo de doctrina y de control.
Por eso, cuando, en 1924, el historiador protestante alemán, Adolfo Harnack, completó sus estudios que había iniciado a fines del siglo XIX, concluyó: “Ya expuse hace veintidós años, en mi Manual de Historia de los Dogmas, con ciertas reservas en calidad de historiador protestante, que Romano era igual a Católico.
Pero desde entonces esa tesis se ha robustecido tanto, que algunos historiadores protestantes no se sorprenderán ya de esta otra proposición: los elementos capitales del catolicismo se remontan hasta la edad apostólica…Parece cerrarse así el anillo y triunfar la concepción que de esta historia se forjan los católicos”.
EL MARTIRIO: TESTIMONIO DE LA FE
A medida que se iba cumpliendo las palabras del apóstol de los gentiles que señalaba a Cristo como el “salvador de la iglesia” (Efesios 5,23); el Diablo, como “león rugiente”, provocaba a la vez persecuciones a los creyentes en todo el mundo (1 Pedro 5,8-9); el mismo Divino Maestro así lo había profetizado (Juan 15,20).
Los primeros cristianos soportaban con mucha paciencia varias penalidades (2 Corintios 6,4-5), convirtiéndose en verdaderos “testigos de Jesús” (Apocalipsis 17,6), para estar con El en su gloria (Romanos 8,17).
En este punto, nuestra iglesia es la que ha dado más mártires en el cristianismo; se estima que en veintiún siglos han sido 70 millones, entre los que se encuentran papas, obispos, sacerdotes, religiosos, monjas, misioneros, catequistas, neo-catecúmenos, seglares, niños y niñas.
Solamente en los cuatro primeros siglos del cristianismo durante las represarías del imperio romano, se estima que fueron once millones, los cuales eran ajusticiados de varias maneras:
- Eran condenados “ad bestias” (a las bestias), donde se les colocaba pieles de animales para ser devorados por los leones y los mastines en el circo máximo.
- En el anfiteatro eran obligados a representar escenas teatrales antes de ser aniquilados por las fieras.
- Se les colocaba la llamada “túnica molesta”, que era un s**o embadurnado de pez y azufre, colgándolos después en postes, donde se les prendía fuego, y alumbraran así por la noche los jardines del Emperador, donde se realizaban carreras nocturnas de carros tirados por caballos.
- Eran crucificados vivos en masas.
Así se cumplía la célebre frase de Tertuliano: “la sangre de los mártires es semilla para nuevos cristianos” (comparar con Apocalipsis 18,24).
Ya en el siglo XX hubo 27 millones que murieron por la fe; como en las persecuciones religiosas en España, México, la Alemania n**i, en la época de la ex Unión Soviética, en la China comunista, en las guerras internas de algunos países de África, América Latina y demás (Comparar con 1 Pedro 2,20-21).
Ellos son “los que han lavado sus ropas y las han blanqueado en la sangre del Cordero” (Apocalipsis 7,14), están “vestidos de blanco y llevando hojas de palma en las manos” (Apocalipsis 7,9); y por eso, San Agustín decía que “La Iglesia Católica va peregrinando entre las persecuciones de los hombres y los consuelos de Dios”.
IGLESIA MISIONERA
Esta labor evangelizadora se cumple desde la misma orden dada por el Señor de dar a conocer su mensaje hasta los confines de la tierra (Mateo 24,14; 28,19-20; Hechos 1,8; Colosenses 1,23; Apocalipsis 14,6).
Fue así como los apóstoles “todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo” (Hechos 5,42; 20,20).
Posteriormente, se ha visto testificada en la historia del cristianismo, con la conversión del gran imperio de los Césares, con Constantino en el siglo IV y después con Teodosio en el siglo VI.
Misioneros y monjes benedictinos hicieron lo mismo en Europa con las tribus Bárbaras de los godos, vikingos, francos, germanos y demás.
A partir del siglo XVI el catolicismo se extendió por América, la India, China, Japón y el África gracias a la Predicación de valientes sacerdotes y religiosos franciscanos, dominicos, jesuitas, mercedarios y agustinos (Salmo 68,11).
EL AMOR AL PRÓJIMO
Otro sello distintivo era la atención que se prestaba a los huérfanos y a las viudas (Santiago 1,27); Jesús y los apóstoles tenían un fondo común para ayudar a los israelitas necesitados (Mateo 26, 6-9; Juan 13,29); en las iglesias el día domingo se recogía una colecta voluntaria para tal propósito (1 Corintios 16,1-2).
Desde los tiempos de la iglesia primitiva, los obispos católicos construían hospitales para los enfermos, casas de protección para las viudas y huérfanos, y albergues para los peregrinos; así por ejemplo en tiempos del papa Cornelio (251-253), la Iglesia romana atendía a 1.500 viudas y huérfanos (Comparar con Hechos 2,44-45; 4,32; 6,1-3; 11,28-30; Gálatas 2,7-10).
Hoy en día cuenta con sanatorios, dispensarios, leprosarios, centros de salud, ancianatos, orfelinatos, guarderías, escuelas públicas, talleres de capacitación, restaurantes infantiles, bancos de alimentos para los pobres, comedores populares, centros de rehabilitación para drogadictos y alcohólicos, para enfermos del SIDA y demás. Obedeciendo con esto el mandato del apóstol Santiago: “la fe sin obras, esta muerta” (2,14-18).
CONCLUSIÓN
Hay que reconocer que la Iglesia de Cristo en su parte humana, se ha cumplido la parábola de “la cizaña en el trigo” (Mateo 13,24-30), a través de los tiempos.
De hecho, el Papa Juan Pablo II declaró honradamente que en el catolicismo ha habido “luces y sobras”.
No obstante, el poder del in****no no podrá vencerla (Mateo 16,18), porque “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24,35), “la palabra del Señor permanece para siempre” (1 Pedro 1,25).
El Mesías siempre estará con los suyos (Mateo 28,20; 1 Corintios 5,4); según la sentencia del maestro de la ley, Gamaliel (Hechos 5,38-39); Ya que existe una íntima unión entre Dios, la iglesia y Cristo Jesús, “por todos los siglos y para siempre” (Efesios 3,21)