Padre Francisco ofm

Padre Francisco ofm 𝖑𝖆𝖘 𝖕𝖆𝖑𝖆𝖇𝖗𝖆𝖘 𝖒𝖚𝖊𝖛𝖊𝖓, 𝖑𝖔𝖘 𝖍𝖊𝖈𝖍𝖔𝖘 𝖆𝖗𝖗𝖆𝖘𝖙𝖗𝖆𝖓

Recordando a nuestro padre Francisco Ofm .Es una idea piadosa y santa rezar por los difuntos. La Iglesia así lo ha creíd...
24/06/2025

Recordando a nuestro padre Francisco Ofm .

Es una idea piadosa y santa rezar por los difuntos. La Iglesia así lo ha creído y practicado siempre. Y vosotros, familiares y amigos de nuestroqueridoPadre Francisco ofm., habéis querido atender tan cristiana recomendación. Al cumplirse el aniversario de su muerte, mantenéis vivo su recuerdo y reafirmáis la esperanza en la resurrección, orando por él. La eucaristía es el marco adecuado para ello, porque es memorial del paso de Cristo de la muerte a la vida y es oración eficaz para que los que se nos van den ese mismo paso con el Señor.

Resulta consolador, queridos familiares y amigos todos, encontrar personas a las que el paso del tiempo no borra las huellas de los seres queridos que se fueron; personas que mantienen su recuerdo vivo y se unen con fe a la Iglesia orante, pidiendo por ellos.

Es un gesto eficaz de la «comunión de los santos»: los que aún peregrinamos entramos en comunión con los que ya partieron hacia la casa del Padre. Nosotros aportamos nuestros pobres méritos y pedimos a Dios que los acepte junto a los méritos infinitos de Cristo, para que ellos, los difuntos, purificados de sus culpas, formen parte de la comunidad triunfante del cielo. A su vez, ellos intercederán ante Dios por nosotros, a fin de que nuestro discurrir por el mundo enderece el rumbo y encuentre el camino que conduce a la patria celeste.

Entendemos, por tanto, a la Escritura que nos dice: «Es una idea piadosa y santa rezar por los difuntos». Y así mismo, entendemos el por qué la Iglesia ha mantenido siempre la tradición de encomendar a los difuntos. Encomendar a los difuntos es orar, es recordar y reflexionar, es agradecer y continuar, y es ponerlos en las manos de Dios.

Esto es orar: es pedir por ellos, para que Dios les conceda el perdón de los fallos que, como seres humanos, cometieron. Reconocemos humildemente la limitación humana. En más de una ocasión nos hemos creído intachables y autosuficientes, incapaces de aceptar nuestros errores ante los demás. A la hora de la verdad, cuando uno se enfrenta a solas con su conciencia y con Dios, no le queda otro remedio que confesar que todos somos pecadores y que sólo Dios es santo.

Por eso comenzamos cada eucaristía diciendo: «Antes de celebrar los sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados». Y nos confesamos pecadores. Y por eso también, al pedir por los difuntos, las oraciones de la liturgia se dirigen al «Dios de la misericordia y del perdón» y piden que sean purificados de sus faltas para que puedan entrar a vivir junto al Señor.

Encomendar a los difuntos es recordar y reflexionar. Cuando alguien ora a Cristo, a la Virgen o a algún santo, se acuerda y piensa en ellos, en algún pasaje de su vida, en alguna frase de su mensaje. Cuando uno encomienda a los difuntos, acude a su mente toda una película con multitud de sus gestos, palabras, costumbres, gustos... ¡Multitud! Sobre todo en fechas señaladas: navidad, cumpleaños... o en un día como hoy, el aniversario de su muerte.

Es bueno recordar. Reconforta, y da que pensar. Hace reflexionar en el trabajo y sacrificio que nuestros antecesores realizaron por conseguirnos un modo de vida mejor que el que ellos tuvieron. Somos deudores de ríos de sudor y lágrimas. Y repasamos también todo lo bueno que nos ofrecieron día a día: sonrisas, detalles, caricias... y correcciones. Sí, también sus censuras, porque nos ayudaron a enmendarnos y a mejorar.

Todo eso es de agradecer. Y merece ser continuado. Decíamos que encomendar a los difuntos incluye este aspecto. Es más: la mejor forma de reconocer lo bueno que de ellos recibimos es continuarlo en nosotros mismos, en nuestra relación familiar, con nuestros amigos y vecinos, en la vida diaria.

Encomendar a los difuntos es, final y especialmente, ponerlos en las manos de Dios. Las mejores manos. Las manos del Padre. De él sólo cabe esperar amor infinito y entrañable, y vida plena y eterna. Sobre todo si, como en la eucaristía que celebramos, el mismo Cristo se une a nuestra oración, cumpliendo el anuncio del evangelio: «Esta es la voluntad del Padre que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día». Que sea así para nuestro hermano (nuestra hermana) N. y para todos los difuntos.

“Paz y Bien”Cuaresma: ¿agobio u oportunidad?Año con año celebramos la cuaresma la cual inicia con el miércoles de ceniza...
04/03/2025

“Paz y Bien”

Cuaresma: ¿agobio u oportunidad?
Año con año celebramos la cuaresma la cual inicia con el miércoles de ceniza, pero ¿Cómo la celebramos?, como nos sentimos en este tiempo, es suficientemente corto como para no agobiarnos, pero suficientemente largo como para darnos tiempo de adquirir nuevos buenos hábitos. ¿Es una oportunidad para la conversión? O un tiempo de espera muy largo para que llegue semana Santa y poder salir de vacaciones y relajarnos en las playas

Vayamos viendo y analizando un poco sobre el tema con ejemplos simples y cotidianos hasta llegar al significado y cómo podemos vivirla nosotros como cristianos.

A un atleta que aspira a obtener medallas de oro en las Olimpiadas le dan oportunidad de pasar un tiempo en un centro de entrenamiento especializado para detectar y corregir sus fallas y mejorar su rendimiento: se pone feliz.

Al ejecutivo de una empresa que aspira a ir escalando puestos y llegar a lo más alto, le dan oportunidad de recibir una capacitación especial que le permitirá descubrir en qué áreas necesita mejorar su desempeño y qué pasos debe dar para lograrlo: se pone feliz.

A un católico que aspira a llegar al Cielo le dan oportunidad de pasar un tiempo deshaciéndose de vicios y pecados que le estorban para alcanzar la santidad y se queja: ‘¡oh nooo, ya llegó otra vez la Cuareeeesma!!’

¿Por qué será que la gente suele valorar y agradecer poder dedicar un tiempo especial a perfeccionar aquello a lo que se dedica, pues ello le permitirá recibir beneficios que anhela, y en cambio muchos católicos, al ver llegar el tiempo de Cuaresma dicen: ‘¡oh noooo, qué lata, otra vez llegaron esos temidos días de ayuno y abstinencia!’, ‘ay qué fastidio, otra vez tendré que dar limosna!’, ‘uf, qué agobio eso de tener que dedicarle más tiempo a la oración, justo ahora que tengo tanto trabajo!’

Ver la Cuaresma como un tiempo para pasarla mal es el enfoque equivocado. La Cuaresma es ¡todo lo contrario!, es un período de 40 días que nos hace un grandísimo bien porque nos da oportunidad de examinar cómo está nuestra vida de fe, reconocer qué nos está haciendo falta corregir y ¡corregirlo!

Es un tiempo en el que la gracia de Dios se derrama sobre nosotros de modo especial para ayudarnos a superar faltas que por nosotros mismos no lograríamos superar jamás.

Un tiempo, suficientemente corto como para no agobiarnos, pero suficientemente largo como para darnos tiempo de adquirir nuevos buenos hábitos.

Así que vivámosla así.
Pidamos al Señor que nos envíe Su Espíritu Santo para saber de qué manera realizar las tres prácticas que propone la Iglesia: ayuno/abstinencia (¿de qué puedes privarte para beneficiar a alguien que lo necesita?), oración (¿Qué puedes hacer para hacer más íntima y personal tu comunicación con Dios?) y limosna (¿Qué obras de misericordia puedes practicar?, ¿a quién debes perdonar?, ¿en qué puedes ayudar?).

Como el atleta que aspira a ganar medallas y el ejecutivo que aspira a obtener un alto puesto, valoran y agradecen poder dedicar tiempo a mejorar, también nosotros valoremos y agradezcamos poder dedicar 40 días a abandonar viejos malos hábitos y a adquirir los que nos ayuden a alcanzar nuestra meta: la santidad.

¿Qué se ofrece tradicionalmente en Cuaresma?
La Cuaresma es un tiempo de penitencia, por lo que es frecuente ofrecer al Señor un sacrificio, tanto para pedir la gracia de la conversión personal como para fortalecer la voluntad para poder cooperar con esa gracia. Ambos fines van juntos porque sin Dios no podemos hacer nada (Jn 15,5)

El mejor sacrificio que podemos hacer es dejar de pecar. Las liturgias de los primeros días de Cuaresma apelan a este tema de la vanidad de la oración y la penitencia sin conversión moral. Para los católicos, el examen de conciencia diario, la Confesión más asidua, así como la participación más frecuente en la Misa y Santa Comunión, son modos especialmente recomendables para prepararse para Pascua. Sería también aconsejable leer las Sagradas Escrituras, rezar la Coronilla de la Divina Misericordia y el Santo Rosario, diariamente si es posible, meditando los textos y oraciones.

También es frecuente hacer algún sacrificio material, uno que exija fuerza de voluntad y renuncia, sea dejar de ver televisión o usar las redes sociales, sea no comer alguna comida o postre que uno disfrute especialmente, o bien recreaciones u otros placeres que nos permitimos en exceso y que nos alejan de la oración y las buenas obras. El tiempo que se gana al dejar de lado esas actividades puede destinarse a la oración y al servicio, por ejemplo ofreciéndose en la parroquia o alguna obra de caridad local como un apostolado de ayuda a los pobres o a embarazadas en situación vulnerable.

Santa Catalina de Génova dijo: “Los ayunos de Cuaresma me hacen sentir mejor, más fuerte y más activa que nunca”. El Tiempo de Cuaresma debería ayudarnos a ser más activos en la caridad: amor a Dios y a los hermanos. Esa es la mejor preparación para celebrar el mayor acto de amor de la historia.

“Que María, nuestra guía en el camino de la Cuaresma, nos lleve a un conocimiento más profundo de Cristo mu**to y Resucitado, nos ayude en el combate espiritual contra el pecado y nos sostenga en la oración que rezamos con convicción: ‘Converte nos, Deus salutaris noster’, ‘Conviértenos a ti, o Dios, nuestra salvación’” - Papa Benedicto XVI

FUENTE: Desde la Fe y EWTN, la Red Católica Mundial

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FRANCISCO JAVIER

“Paz y Bien”Catequesis. El Espíritu y la Esposa. El Espíritu Santo guía al Pueblo de Dios al encuentro con Jesús, nuestr...
19/02/2025

“Paz y Bien”

Catequesis. El Espíritu y la Esposa. El Espíritu Santo guía al Pueblo de Dios al encuentro con Jesús, nuestra esperanza 15. Los frutos del Espíritu Santo. La alegría

Después de haber hablado de la gracia santificante y de los carismas, quisiera detenerme hoy en una tercera realidad vinculada a la acción del Espíritu Santo: los «frutos del Espíritu». ¿Qué cosa es el fruto del Espíritu? San Pablo ofrece una lista de éstos en su Carta a los Gálatas. Escribe: «el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia» (5,22). Nueve frutos del Espíritu. ¿Pero qué cosa es este “fruto del Espíritu”?

A diferencia de los carismas, que el Espíritu concede a quien quiere y cuando quiere para el bien de la Iglesia, los frutos del Espíritu – repito: amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad, dominio propio – son el resultado de una colaboración entre la gracia y la nuestra libertad.

Estos frutos expresan siempre la creatividad de la persona, en la que «la fe obra por medio de la caridad» (Gal 5,6), a veces de forma sorprendente y llena de alegría.

No todos en la Iglesia pueden ser apóstoles, profetas, evangelistas; pero todos indistintamente pueden y deben ser caritativos, pacientes, humildes, constructores de paz, y etcétera. Todos nosotros, si, debemos ser caritativos, debemos ser pacientes, debemos ser humildes, artífices de paz y no de guerra.

Entre los frutos del Espíritu indicados por el Apóstol, me gustaría destacar uno de ellos, recordando las palabras iniciales de la exhortación apostólica Evangelii gaudium: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.» (n. 1). A veces habrá momentos tristes, pero siempre existirá la paz. Con Jesús existe la alegría y la paz.

La alegría, fruto del Espíritu, tiene en común con cualquier otra alegría humana un cierto sentimiento de plenitud y satisfacción, que hace desear que dure para siempre. Sin embargo, sabemos por experiencia que eso no ocurre, porque todo aquí abajo pasa rápidamente: Todo pasa rápidamente. Pensemos juntos: la juventud, pasa rápidamente, ¿la salud, las fuerzas, el bienestar, las amistades, el amor... duran cien años? Pero después no más.

Por otra parte, aunque estas cosas no pasaran rápidamente, después de un tiempo ya no son suficientes, o incluso se vuelven aburridas, porque, como dijo San Agustín a Dios: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» [1]. Existe la inquietud del corazón por buscar la belleza, la paz, el amor, la alegría.

La alegría del Evangelio, la alegría evangélica, a diferencia de cualquier otra alegría, puede renovarse cada día y volverse contagiosa. «Sólo gracias a ese encuentro —o reencuentro— con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la auto referencialidad. [...] Allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?» (Evangelii gaudium, 8). Esta es la doble característica de la alegría que es fruto del Espíritu: no sólo no está sujeta al inevitable desgaste del tiempo, ¡sino que se multiplica al compartirla con los demás! Los demás. Una verdadera alegría se comparte con los demás, y se “contagia”.

Hace cinco siglos, vivía en Roma un santo llamado Felipe Neri. Él pasó a la historia como el santo de la alegría. A los niños pobres y abandonados de su Oratorio les decía: “Hijos, estén alegres; no quiero escrúpulos ni melancolía; me basta con que no pequen”. Y todavía: “¡Sean buenos, si pueden!”. Menos conocida es, sin embargo, la fuente de la que procedía su alegría. San Felipe Neri sentía un amor tal por Dios que a veces parecía que el corazón le iba a estallar en el pecho. Su alegría era, en el sentido más pleno, un fruto del Espíritu. El santo participó en el Jubileo de 1575, que enriqueció con la práctica, mantenida posteriormente, de visitar las Siete Iglesias. Fue, en su época, un verdadero evangelizador a través de la alegría. Y tenía esta característica de Jesús: perdonaba siempre, perdonaba todo. Quizás alguno de nosotros puede pensar: “pero he cometido este pecado, y esto no tendrá perdón…”. Escuchen bien: Dios perdona todo, Dios perdona siempre. Y esta es la alegría: ser perdonados por Dios. A los sacerdotes y a los confesores siempre digo: perdonen todo, no preguntar mucho, pero perdonar todo, todo y siempre.

La palabra «evangelio» significa buena nueva. Por tanto, no se puede comunicar con caras largas y rostro sombrío, sino con la alegría de quien encontró el tesoro escondido y la perla preciosa. Recordemos la exhortación que San Pablo dirigió a los creyentes de la Iglesia de Filipos, y que ahora nos dirige a todos nosotros: «Estén siempre alegres en el Señor, les repito estén alegres, y den a todos muestras de un espíritu muy abierto. El Señor está cerca» (Fil 4,4-5).

Que Dios los bendiga y que la Virgen Santa los cuide.

Resumen

En la catequesis de hoy reflexionamos sobre los frutos del Espíritu Santo. San Pablo, en la Carta a los Gálatas, nos dice que «el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia» (Gal 5,22). Estos frutos son el resultado de una colaboración entre la gracia de Dios y la libertad humana, algo que todos estamos llamados a cultivar, para poder crecer en la virtud.

Entre todos estos frutos, quisiera destacar el fruto de la alegría. A diferencia de cualquier otra alegría que podamos experimentar en la tierra, que al final será siempre pasajera, la alegría del Evangelio no está sujeta al tiempo, puede renovarse cada día y se vuelve contagiosa. Más todavía, compartirla con los demás hace que crezca y se multiplique. Este fruto del Espíritu Santo lo vemos presente, por ejemplo, en la vida de muchos santos. Por ejemplo, san Felipe Neri, que supo dar testimonio del Evangelio contagiando a todos la alegría, la bondad y la sencillez de corazón.

FUENTE: Audiencia general del papa Francisco del 27 de noviembre de 2024

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FRANCISCO JAVIER

¿Realmente conoces a Jesús? El Papa Francisco te invita a redescubrirloEl pasado enero el papa Francisco invitó a los fi...
13/02/2025

¿Realmente conoces a Jesús? El Papa Francisco te invita a redescubrirlo

El pasado enero el papa Francisco invitó a los fieles que creen conocer “demasiado bien a Jesús” a redescubrir su verdadero rostro y a reconocerlo como “el portador de un anuncio de salvación que nadie más puede darnos”. Reflexionó sobre el Evangelio de San Lucas (cfr. Lc 4,21), que presenta a Jesús entrando a la sinagoga de Nazaret, el pueblo donde creció, el día de reposo.

Allí, Jesús lee el pasaje del profeta Isaías que anuncia la misión evangelizadora y liberadora del Mesías, y luego, en medio del silencio general, declara: “Hoy se ha cumplido esta Escritura”.

“Imaginemos la sorpresa y el desconcierto de los conciudadanos de Jesús, que lo conocían como el hijo del carpintero José y que nunca hubieran pensado que Él pudiera presentarse como el Mesías, fue un desconcierto”, el Pontífice remarcó que este fue “un feliz anuncio para todos, especialmente para los pobres, los prisioneros, los ciegos, los oprimidos”. En este sentido, subrayó que en la sinagoga “nadie pudo dejar de preguntarse: ¿Él es solamente el hijo del carpintero que se atribuye un papel que no le corresponde, o es verdaderamente el Mesías, enviado por Dios para salvar al pueblo del pecado y de todo mal?”.

El Santo Padre destacó que “los nazarenos no consiguieron reconocer en Jesús al consagrado del Señor. Creían conocerlo demasiado bien, y eso, en lugar de facilitar la apertura de sus mentes y de sus corazones, los bloqueó, como un velo que oscurece la luz”. Afirmó que “la presencia y las palabras de Jesús nos interpelan” y que “también nosotros estamos llamados a reconocer en Él al Hijo de Dios, a nuestro Salvador”. Sin embargo, lo mismo puede sucedernos a nosotros hoy, “que creemos que ya lo conocemos, que ya sabemos todo de Él: hemos crecido con Él en la escuela, en la parroquia, en el catecismo, en un país de cultura católica… Y, de este modo, también para nosotros Él es una Persona cercana, ‘demasiado’ cercana”.

Por ello, invitó a los fieles a preguntarse: “¿Advertimos la autoridad única con la que habla Jesús de Nazaret? ¿Reconocemos que Él es portador de un anuncio de salvación que nadie más puede darnos? Y yo, ¿me siento necesitado de esta salvación? ¿Siento que, de algún modo, yo también soy pobre, prisionero, ciego, oprimido? ¡Entonces, exclamó el papa, solo entonces, el ‘año de gracia’ será también para mí!”.

Por último, animó a pedir a la Virgen María poder reconocer el Rostro del Hijo de Dios, “a fin de que no nos escandalicemos de su humanidad y de su amor por los pequeños y los pobres”.

“Pidamos a María que en este año jubilar podamos redescubrir a Jesús con nuevo asombro y sentir en el corazón una alegre certeza: ¡Sí, es Él, es el Salvador!”, concluyó el Papa Francisco.

FUENTE: Aciprensa

Dios los bendiga y los guarde
FRANCISCO JAVIER

“Paz y Bien”La salud y la enfermedad son parte integral de la vida, del proceso biológico y de las interacciones medio a...
07/02/2025

“Paz y Bien”

La salud y la enfermedad son parte integral de la vida, del proceso biológico y de las interacciones medio ambientales y sociales. Generalmente, se entiende a la enfermedad como la pérdida de la salud, cuyo «efecto negativo» es consecuencia de una alteración estructural o funcional de un órgano a cualquier nivel.

Al respecto, el papa Francisco con ocasión de la ###III jornada mundial del enfermo que se llevará a cabo el 11 de febrero de 2025, nos manda un mensaje con antelación a esta jornada, comenzando con una cita bíblica «La esperanza no defrauda» (Rm 5,5) y nos hace fuertes en la tribulación.

Son expresiones consoladoras, pero que pueden suscitar algunos interrogantes, especialmente en los que sufren. Por ejemplo: ¿cómo permanecer fuertes, cuando sufrimos en carne propia enfermedades graves, invalidantes, que quizás requieren tratamientos cuyos costos van más allá de nuestras posibilidades? ¿Cómo hacerlo cuando, además de nuestro sufrimiento, vemos sufrir a quienes nos quieren y que, aun estando a nuestro lado, se sienten impotentes por no poder ayudarnos? En todas estas situaciones sentimos la necesidad de un apoyo superior a nosotros: necesitamos la ayuda de Dios, de su gracia, de su Providencia, de esa fuerza que es donde su Espíritu (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1808).

Detengámonos pues un momento a reflexionar sobre la presencia de Dios que permanece cerca de quien sufre, en particular bajo tres aspectos que la caracterizan: el encuentro, el don y el compartir.

1. El encuentro. Jesús, cuando envió en misión a los setenta y dos discípulos (cf. Lc 10,1-9), los exhortó a decir a los enfermos: «El Reino de Dios está cerca de ustedes» (v. 9). Les pidió concretamente ayudarles a comprender que también la enfermedad, aun cuando sea dolorosa y difícil de entender, es una oportunidad de encuentro con el Señor. En el tiempo de la enfermedad, en efecto, si por una parte experimentamos toda nuestra fragilidad como criaturas —física, psicológica y espiritual—, por otra parte, sentimos la cercanía y la compasión de Dios, que en Jesús ha compartido nuestros sufrimientos. Él no nos abandona y muchas veces nos sorprende con el don de una determinación que nunca hubiéramos pensado tener, y que jamás hubiéramos hallado por nosotros mismos.

La enfermedad entonces se convierte en ocasión de un encuentro que nos transforma; en el hallazgo de una roca inquebrantable a la que podemos aferrarnos para afrontar las tempestades de la vida; una experiencia que, incluso en el sacrificio, nos vuelve más fuertes, porque nos hace más conscientes de que no estamos solos. Por eso se dice que el dolor lleva siempre consigo un misterio de salvación, porque hace experimentar el consuelo que viene de Dios de forma cercana y real, hasta «conocer la plenitud del Evangelio con todas sus promesas y su vida» (S. Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes, Nueva Orleans, 12 septiembre 1987).

2. Y esto nos conduce al segundo punto de reflexión: el don. Ciertamente, nunca como en el sufrimiento nos damos cuenta de que toda esperanza viene del Señor, y que por eso es, ante todo, un don que hemos de acoger y cultivar, permaneciendo “fieles a la fidelidad de Dios”, según la hermosa expresión de Madeleine Delbrêl (cf. La speranza è una luce nella notte, Ciudad del Vaticano 2024, Prefacio).

Por lo demás, sólo en la resurrección de Cristo nuestros destinos encuentran su lugar en el horizonte infinito de la eternidad. Sólo de su Pascua nos viene la certeza de que nada, «ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios» (Rm 8,38-39). Y de esta “gran esperanza” deriva cualquier otro rayo de luz que nos permite superar las pruebas y los obstáculos de la vida (cf. Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi, 27.31). No sólo eso, sino que el Resucitado también camina con nosotros, haciéndose nuestro compañero de viaje, como con los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-53). Como ellos, también nosotros podemos compartir con Él nuestro desconcierto, nuestras preocupaciones y nuestras desilusiones, podemos escuchar su Palabra que nos ilumina y hace arder nuestro corazón, y nos permite reconocerlo presente en la fracción del Pan, vislumbrando en ese estar con nosotros, aun en los límites del presente, ese “más allá” que al acercarse nos devuelve valentía y confianza.

3. Y llegamos así al tercer aspecto, el del compartir. Los lugares donde se sufre son a menudo lugares de intercambio, de enriquecimiento mutuo. ¡Cuántas veces, junto al lecho de un enfermo, se aprende a esperar! ¡Cuántas veces, estando cerca de quien sufre, se aprende a creer! ¡Cuántas veces, inclinándose ante el necesitado, se descubre el amor! Es decir, nos damos cuenta de que somos “ángeles” de esperanza, mensajeros de Dios, los unos para los otros, todos juntos: enfermos, médicos, enfermeros, familiares, amigos, sacerdotes, religiosos y religiosas; y allí donde estemos: en la familia, en los dispensarios, en las residencias de ancianos, en los hospitales y en las clínicas.

Y es importante saber descubrir la belleza y la magnitud de estos encuentros de gracia y aprender a escribirlos en el alma para no olvidarlos; conservar en el corazón la sonrisa amable de un agente sanitario, la mirada agradecida y confiada de un paciente, el rostro comprensivo y atento de un médico o de un voluntario, el semblante expectante e inquieto de un cónyuge, de un hijo, de un nieto o de un amigo entrañable. Son todas luces que atesorar pues, aun en la oscuridad de la prueba, no sólo dan fuerza, sino que enseñan el sabor verdadero de la vida, en el amor y la proximidad (cf. Lc 10,25-37).

Queridos enfermos, queridos hermanos y hermanas que asisten a los que sufren, en este Jubileo ustedes tienen más que nunca un rol especial. Su caminar juntos, en efecto, es un signo para todos, «un himno a la dignidad humana, un canto de esperanza» (Bula Spes non confundit, 11), cuya voz va mucho más allá de las habitaciones y las camas de los sanatorios donde se encuentren, estimulando y animando en la caridad “el concierto de toda la sociedad” (cf. ibíd.), en una armonía a veces difícil de realizar, pero precisamente por eso, muy dulce y fuerte, capaz de llevar luz y calor allí donde más se necesita.

Toda la Iglesia les está agradecida. También yo lo estoy y rezo por ustedes encomendándolos a María, Salud de los enfermos, por medio de las palabras con las que tantos hermanos y hermanas se han dirigido a ella en las dificultades:

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!

El Señor los bendiga y los guarde
FRANCISCO JAVIER

“Paz y Bien”¡Feliz Navidad!Una Navidad que no ponga a Jesucristo en su centro, como razón y sentido de nuestra existenci...
24/12/2024

“Paz y Bien”

¡Feliz Navidad!
Una Navidad que no ponga a Jesucristo en su centro, como razón y sentido de nuestra existencia, se reduce a un carnaval al servicio del consumismo. Tenemos que abrir los ojos para comprender que, a la estrategia consumista, no le interesa nuestra felicidad, por la sencilla razón de que la gente feliz consume menos. Como decía Fréderic Beigbeder: La insatisfacción es el alma verdadera del comercio. Recuerdo un diálogo de la película Comprométete (Casomai), en el que una de las protagonistas afirmaba: «He llegado a pensar que la infelicidad es el auténtico motor del beneficio económico. Dos que se separan dan trabajo a abogados y jueces, multiplican por dos el número de casas y de coches, multiplican el consumo. Cuando yo me he sentido infeliz, he ido a comprarme un vestido rojo». Algo de esto parecía entender Santa Teresa de Jesús, cuando escribía sus conocidos versos: Quien a Dios tiene nada le falta. Solo Dios basta.

Y dado que uno de los más claros indicios de la felicidad es el agradecimiento, todos estamos invitados a dar gracias a Dios, bendiciendo la mesa esta Nochebuena.

Bendice, Señor, en esta Noche Santa, esta mesa y a los que en torno a ella nos reunimos, así como a todos nuestros seres queridos y a los que echamos en falta: En esta noche en la que viniste a nosotros, sin encontrar posada donde alojarte, queremos abrirte las puertas de nuestro hogar y las de nuestros propios corazones para que entres y hagas tu morada en ellos. Da pan a los que tienen hambre, y hambre de Dios a los que tienen pan. Concédenos la gracia de reunirnos un día toda la familia en la mesa celestial. Amén

¡No nos avergoncemos de la palabra felicidad! No caigamos en la tentación de pensar que se trata de un término rosa, idílico e inalcanzable. Digamos con pleno sentido y permitir que diga: ¡Feliz Navidad para todos!

Dios los bendiga y los guarde
FRANCISCO JAVIER

“Paz y Bien”San Andrés ApóstolSan Andrés nació en Betsaida y tuvo el honor y el privilegio de haber sido el primer discí...
30/11/2024

“Paz y Bien”

San Andrés Apóstol
San Andrés nació en Betsaida y tuvo el honor y el privilegio de haber sido el primer discípulo que tuvo Jesús, junto con San Juan el evangelista. Los dos eran discípulos de Juan Bautista, y este al ver pasar a Jesús (cuando volvía el desierto después de su ayuno y sus tentaciones) exclamó: "He ahí el cordero de Dios". Andrés se emocionó al oír semejante elogio y se fue detrás de Jesús, Jesús se volvió y les dijo: "¿Qué buscan?". Ellos le dijeron: "Señor: ¿dónde vives?". Jesús les respondió: "Venga y verán". Y se fueron y pasaron con Él aquella tarde.

Esa llamada cambió su vida para siempre. San Andrés se fue luego donde su hermano Simón y le dijo: "Hemos encontrado al Salvador del mundo" y lo llevó a donde Jesús quien encontró en el gran San Pedro a un entrañable amigo y al fundador de su Iglesia. El día del milagro de la multiplicación de los panes, fue San Andrés el que llevó a Jesús el muchacho que tenía los cinco panes. El santo presenció la mayoría de los milagros que hizo Jesús y escuchó, uno por uno, sus maravillosos sermones, viviendo junto a él por tres años.

En el día de Pentecostés, San Andrés recibió junto con la Virgen María y los demás Apóstoles, al Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, y en adelante se dedicó a predicar el evangelio con gran valentía y obrando milagros y prodigios.
La tradición coloca su martirio el 30 de noviembre del año 63, bajo el imperio de Nerón. Es considerado patrono de la Iglesia Ortodoxa, de los pescadores y fabricantes de cuerda.

Dice al respecto San Juan Crisóstomo:
«Andrés, después de permanecer con Jesús y de aprender de él muchas cosas, no escondió el tesoro para sí solo, sino que corrió presuroso en busca de su hermano, para hacerle partícipe de su descubrimiento. Fíjate en lo que dice a su hermano: Hemos encontrado al Mesías que significa Cristo… Son las palabras de un alma que desea ardientemente la venida del Señor, que espera al que vendrá del cielo, que exulta de gozo cuando se ha manifestado y que se apresura a comunicar a los demás tan excelsa noticia».

En los Evangelios, Andrés es mencionado varias veces. Por ejemplo, es él quien escucha decir a Felipe que hay unos griegos que quieren conocer al Señor, y decide acompañarlo para presentarlos a Jesús (ver: Jn 12, 20-41). Andrés también protagoniza el episodio del milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Es él quien lleva ante Jesús al muchacho que tenía los cinco panes y los dos peces (ver: Jn 6, 8-14).

La Cruz de San Andrés
La tradición señala que el apóstol San Andrés, después de Pentecostés, fue a predicar la Buena Nueva entre los griegos y, de acuerdo a ciertos relatos, habría llegado hasta Kiev (Ucrania) en el ejercicio de su predicación. Se le considera el fundador de la Iglesia en Constantinopla -hoy, Estambul, Turquía-. Son precisamente los herederos del cristianismo oriental quienes lo llaman “Prōtoklētos” (Πρωτόκλητος), que en griego quiere decir “el primer llamado”.

El apóstol murió crucificado en Acaya (Grecia). De acuerdo a la tradición, fue puesto sobre una cruz en forma de una “X”. De aquí surge la llamada “cruz aspada”, conocida popularmente como la “Cruz de San Andrés”. Esta cruz sigue formando parte de la simbología occidental, como es posible notar en estandartes y banderas nacionales, siendo la bandera de Escocia uno de los casos más emblemáticos.

Fue sepultado en el año 357 en un altar de Constantinopla por orden de Flavio Julio Constante, el hijo de Constantino I el Grande. En el año 1210, los cruzados robaron sus restos y los llevaron a Amalfi, al suroeste de Italia.

Aunque hay varias teorías, la tradición cuenta que la cabeza del apóstol se quedó en Grecia, en el lugar donde el apóstol fue martirizado. Posteriormente, en 1460, el gobernador de la ciudad, llamado Tomás Paleólogo, se vio obligado a abandonar Patras debido a la invasión musulmana y se llevó consigo la cabeza del apóstol San Andrés, que entregó a la Iglesia en Roma.

El Papa Pío II ordenó colocar la cabeza de San Andrés en uno de los pilares que sostenían la antigua cúpula de la Basílica de Constantino, previa a la Basílica de San Pedro, que se convirtió en un lugar de devoción. Peregrinos de todo el mundo llegaron a Roma para adorar una de las reliquias más importantes del hermano de Simón Pedro, que también se conservó en la basílica actual.

Esta reliquia permaneció en Roma hasta junio de 1964, cuando por voluntad del Papa Pablo VI la cabeza fue devuelta en señal de amistad hacia la Iglesia ortodoxa al obispo metropolitano de Patras. Es allí donde hoy se conserva, en la Catedral dedicada a San Andrés, edificada en el lugar que la tradición señala como el de su martirio.

Por la unidad de los que creen en Cristo
El Papa Francisco, en noviembre de 2014, tuvo un encuentro con Bartolomé, Patriarca de Constantinopla, cabeza de la Iglesia Ortodoxa y sucesor de San Andrés. Los patriarcas ortodoxos se reclaman sucesores de San Andrés de manera semejante a como los Papas señalan ser sucesores de Pedro.

Aquel encuentro marcó un hito en la larga historia de acercamientos entre cristianos ortodoxos y católicos, involucrados en la tarea de reconstruir la unidad del Pueblo de Dios perdida por el Gran Cisma (1054). Uno de los momentos más emotivos de aquella histórica visita papal tuvo lugar en las vísperas de la Fiesta de San Andrés, cuando el Papa Francisco le pidió la bendición a Bartolomé e inclinó la cabeza para recibirla. El Patriarca, quien en varias oportunidades llamó a Francisco "hermano", lo bendijo y lo besó en la cabeza.

Reflexionemos la vida de San Andrés
La vida de San Andrés es una poderosa narrativa de fe, sacrificio y milagros que nos recuerda la capacidad del ser humano para ser instrumento de la gracia divina. Su legado perdura como fuente de inspiración, recordándonos que, al igual que él, podemos marcar la diferencia en el mundo a través de nuestra relación con Cristo.

Oremos:
Oh, glorioso San Andrés, tú fuiste el primero en ser llamado por nuestro Señor, y con amor valiente, moriste como un mártir y ofreciste la sangre de tu vida para construir el Reino. Suscita en nuestros corazones el deseo de salvar almas y de hacer todo para la gloria de Dios.

Encomendamos a tu poderosa intercesión nuestro anhelo de construir una magnífica casa de Dios. Que sea una morada sagrada, digna de Su presencia, que inspire a muchas almas a seguir a Cristo con tu misma pasión y sacrificio.

Sustituye nuestros miedos mundanos por confianza y amor valiente, para que la gracia de Dios inspire generosidad con los dones que nos ha dado. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor.

y nunca dejarás que enfrente solo mis peligros. Amén

San Andrés, enséñanos a llevar otros a Cristo solamente por amor a Él y a dedicarnos a su servicio. Ayúdanos a aprender la lección de la cruz y a llevar nuestras cruces diarias sin quejarnos, para que puedan llevarnos a Dios. Amén.

Dios los bendiga y los guarde
FRANCISCO JAVIER

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Lima

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