Parroquia Santa María de la Providencia

Parroquia Santa María de la Providencia Somos parroquia de la Diócesis de Carabayllo

24/08/2026
24/08/2026

24 AGOSTO 2026
San Bartolomé, apóstol
Año toribiano.
Parroquia Santa María de la Providencia

Primera Lectura
Lectura del libro del Apocalipsis (21,9b-14):
El ángel me habló así: «Ven acá, voy a mostrarte a la novia, a la esposa del Cordero.»
Me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. Brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido. Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel. A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y a occidente tres puertas. La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero.
Palabra de Dios

Salmo
Sal 144,10-11.12-13ab.17-18
R/. Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R/.
Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y la majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R/.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.

Segunda Lectura
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Juan (1,45-51):
En aquel tiempo, Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.»
Natanael le replicó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?»
Felipe le contestó: «Ven y verás.»
Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.»
Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?»
Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.»
Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»
Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has ver cosas mayores.» Y le añadió: «Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»
Palabra del Señor
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Cuando estudiaba “De fide per ecclesiam” recuerdo que se decía que la infalibilidad de la Iglesia no afectaba a las decisiones pastorales. Éstas podían ser erróneas, e injustas, o falibles y exageradas.
Por eso debemos orar unos por otros. Para que Dios nos consuele, ayude y conceda paz y esperanza.
Una cosa es que Dios todo lo conduce al bien de los que le aman, y otra cosa distinta es que el hombre no se equivoque en lo que dice o hace.
Dios no es responsable de nuestros pecados, ni de nuestros errores, aunque sepa sacar el bien de nuestro mal.
Hoy, día de San Bartolomé, lo primero que salta a la vista, en el Evangelio es que Bartolomé se equivoca al decir “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”
El prejuicio le dificulta la escucha de la verdad.
Sin embargo, Jesús, de Bartolomé, dice: “Ése sí es un israelita de verdad en quien no hay engaño”.
Bartolomé se equivoca, Jesús no.
Pero, ante la verdad, Bartolomé reacciona con la fe.
Bartolomé llega a la fe por un detalle simplemente, porque Jesús le dice que cuando estaba bajo la higuera le vio. Bartolomé sabe reconocer sus errores. Y grita entusiasmado que ha llegado en Cristo la salvación del mundo.
No es fácil reconocer los propios errores.
La maldición del chisme consiste en dos puntos:
El primer punto por el que el chisme es malo está en que no sabemos todo,y, por eso, si no es necesario juzgar, no lo debemos hacer. Y, en segundo lugar, en que es mejor no juzgar porque lo solemos hacer sin caridad y siguiendo prejuicios, casi siempre invisibles para nosotros. Como en el caso de Bartolomé sobre Nazaret.
El que acierta es Felipe, que, ante el prejuicio de Bartolomé, le contesta: “Ven y lo verás”.
Sabe que su amigo, ante la realidad, va a tener la hidalguía de arrepentirse. Y así fue: “¡Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel!”
El Rey Felipe II arrinconó en una especie de destierro al mejor general del mundo, al duque de Alba. Tenía sus motivos. Era un hombre duro y podía equivocarse en sus decisiones. Mas cuando tuvo que defender sus derechos al trono de Portugal lo sacó de su destierro. Reconoció su error. Y el súbdito, humildemente, volvió a servirle.
Ojalá fuéramos todos tan honestos como el Rey Felipe y tan humildes.

César Buendía

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LA PALABRA DEL PAPA
Natanael, en la escena de vocación narrada por el evangelio de san Juan, está situado al lado de Felipe, es decir, en el lugar que tiene Bartolomé en las listas de los Apóstoles referidas por los otros evangelios. A este Natanael Felipe le comunicó que había encontrado a "ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús el hijo de José, el de Nazaret" (Jn 1, 45). Como sabemos, Natanael le manifestó un prejuicio más bien fuerte: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?" (Jn 1, 46). Esta especie de contestación es, en cierto modo, importante para nosotros. En efecto, nos permite ver que, según las expectativas judías, el Mesías no podía provenir de una aldea tan oscura como era precisamente Nazaret (véase también Jn 7, 42). Pero, al mismo tiempo, pone de relieve la libertad de Dios, que sorprende nuestras expectativas manifestándose precisamente allí donde no nos lo esperaríamos. (…) La historia de Natanael nos sugiere otra reflexión: en nuestra relación con Jesús no debemos contentarnos sólo con palabras. Felipe, en su réplica, dirige a Natanael una invitación significativa: "Ven y lo verás" (Jn 1, 46). Nuestro conocimiento de Jesús necesita sobre todo una experiencia viva: el testimonio de los demás ciertamente es importante, puesto que por lo general toda nuestra vida cristiana comienza con el anuncio que nos llega a través de uno o más testigos. Pero después nosotros mismos debemos implicarnos personalmente en una relación íntima y profunda con Jesús. (Benedicto XVI - Audiencia general, 4 de octubre de 2006)
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Hoy celebramos la fiesta del apóstol san Bartolomé. Es uno de esos apóstoles que se han quedado un poco en la zona gris del grupo, de los que no sobresalen. Ni siquiera el nombre lo tenemos claro porque damos por supuesto que el Bartolomé de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) es el que aparece con el nombre de Natanael en el evangelio de Juan, ya que en este no aparece ningún Bartolomé entre los apóstoles. Esto no es un problema. La mayoría de los cristianos estamos en ese grupo de los grises. Nuestro nombre no va a pasar a la historia. Pero eso no significa que no hayamos sido fieles discípulos de Jesús, que su presencia arrolladora no nos haya deslumbrado y dejado marca en nuestras vidas. Con nuestras limitaciones, con nuestras miserias, pero ahí estamos, fieles y leales.
Quizá porque ha habido algún momento en nuestras vidas como el que nos narra el texto evangélico de hoy: el primer encuentro de Natanael con Jesús. Es un relato un poco confuso. Da la impresión de que Natanael estaba buscando algo. Así se entiende que Felipe le señale a Jesús como la posible respuesta a las inquietudes de Natanael. Sus inquietudes no significan que esté dispuesto a creer al primer predicador que se le pase por delante. Parece que los orígenes de Jesús no le convencían de entrada.
Pero se produce el encuentro y la impresión que nos deja el relato es que Natanael queda deslumbrado. Algo le llega de tal modo al corazón y a la mente, que no puede más que reconocer en Jesús al Hijo de Dios. Y a partir de ahí, entendemos que todo cambió en la vida de Natanael. No digo que se le fueran todas las preguntas y las dudas. No digo que fuese el mejor de los apóstoles. También él salió corriendo en el momento de la cruz. Pero volvió y fue fiel. Y dedicó su vida a anunciar el reino y a hablar de Jesús.
Quizá sería bueno que dedicásemos un momento a revivir aquel primer encuentro o primeros encuentros con Jesús. Aquel que nos llevó a ir más allá de pensar en el pecado o en la salvación para descubrir que vale la pena tratar de seguir a Jesús, de actuar como él, de hacer presente el amor de Dios en nuestro mundo.
Fernando Torres, cmf
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“La muralla de la ciudad tenía doce cimientos”
En la fiesta de san Bartolomé apóstol se presenta, en primer lugar, un texto tomado del Apocalipsis, el último libro de la Biblia y se cree que fue compuesto cuando finalizaba el siglo I. Su género literario contrasta con los demás que se utilizan en el Nuevo Testamento, pero persigue el mismo objetivo que los otros: acercarnos la figura de Cristo, como centro de la historia y plenitud de la vida celestial.
De manera alegórica se presenta al Cordero, Jesús, que se inmoló en su muerte y es cabeza de la Iglesia glorificada, su esposa, que ha alcanzado ya la plenitud de la vida eterna. Hacia esta culminación se invita a dirigir una mirada de fe. Esta se aclara con el apoyo de la revelación. Lo que existe en la eternidad se fragua en la temporalidad en la que el Señor se introdujo con su encarnación. Entre lo terreno y lo celestial hay una fluida comunicación.
Quienes formamos parte de la Iglesia peregrina tenemos posibilidad de una verdadera comunicación con la Iglesia celestial, en la que brilla toda la plenitud. «Resplandece como piedra de jaspe cristalino». La comunicación es siempre a través de Cristo, de los justos del Antiguo Testamento, los apóstoles del Cordero, los santos y, en una palabra, de la totalidad de la Iglesia militante que lucha con nosotros y forma un todo con la Iglesia triunfante, o en vías de serlo en plenitud.
“Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado”
El texto evangélico trata del encuentro con Cristo de parte de dos apóstoles, Felipe y Natanael. El primero condujo a Natanael o Bartolomé, porque los dos nombres se utilizan para un mismo sujeto. Se trataba de dos personas versadas en el Antiguo Testamento, que todo él se desarrolla hacia un punto central: el Mesías que llegará.
Los devotos judíos frecuentaban la sinagoga que, además, estaba repartida por el mundo al servicio de los hebreos de la diáspora. En estos recintos de paz, oración lectura, cánticos, interpretaciones autorizadas, se reflexionaba, por encima de todo, del Salvador de su pueblo que llegaría.
Felipe y Bartolomé eran, no solo asiduos del lugar del encuentro común, sino discípulos aventajados que profundizaban en el sentido pleno de las Escrituras. Descubrieron con prontitud los rasgos de identidad del mesías en Jesús de Nazaret.
Se trataba de una figura hasta poco antes sumergida en el silencio, llevando una vida ordinaria en el hogar de José y María, humilde, obediente, abierto a todos, sin pretensiones políticas, muy centrado en la adoración de los designios de Dios y sediento de comunicar el camino que conduce a la vida. De Dios procedía por la mediación humana de María y el cuidado de José. A Dios conducía desde la vida temporal, pero conectada con la eterna como su verdadero objetivo.
Los dos apóstoles tenían integrado en su esperanza a un Mesías lleno de bondad, aún más, la plena bondad. La bondad en la antigüedad judía se atribuye a Dios, que es rico, grande en este atributo, lo muestra y con ella guía al pueblo rescatado, su mano es bondadosa, muestra su bondad en el perdón, se suspiraba por ver la bondad de Dios en la tierra de los vivos.
No es extraño que Bartolomé preguntara a su amigo Felipe: «De Nazaret puede salir algo bueno? ¿Puede la bondad de Dios estar encerrada en un pueblo? Pero Felipe invitó a Bartolomé a comprobarlo: «Ven y verás». Pudo experimentar que Jesús lo conocía por dentro. Seguramente se llenó de rubor por lo que le decía: un israelita de verdad en el que no hay engaño.
Le bastó ver y hablar con Jesús para formular la más plena confesión: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Semejante confesión se llenó todavía de contenido al seguir al Maestro y anunciarlo, la tradición apunta a la India, Armenia, o zonas que bordean el Mar Negro.

Fray Vito T. Gómez García O.P.
Convento de Ntro. Padre Sto. Domingo (Torrente, Valencia)

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San Bartolomé

Fue uno de los Apóstoles de Jesús, es mencionado en los tres evangelios sinópticos, siempre en compañía de Felipe. Su martirio y muerte se atribuyen a Astiages, rey de Armenia y hermano del rey Polimio a quien San Bartolomé había convertido al cristianismo

Las fiestas de los apóstoles revisten gran importancia en la liturgia y en el sentir del pueblo cristiano. La existencia, misión y martirio del apóstol (de todo apóstol) es lo que recordamos y veneramos, aunque en concreto sepamos poco de la vida de San Bartolomé.
Con toda probabilidad —aunque hay que recordar que ha habido opiniones divergentes— se trata de la misma persona que en los Evangelios es conocida con dos nombres, entonces cosa corriente. Natanael sería el nombre personal (jn 1, 45-50; 21, 2) y Bartolomé el apellido, sobrenombre o patronímico, cuyos elementos son aramaicos: Bar-Talmai, hijo de Talmai (Mt 10, 3; Mc 3, 18; Le 16, 14; Hch 1, 13). (Como ocurre con Simón Bar-Jona). Bajo dos nombres diferentes es siempre el mismo hombre, el mismo discípulo, el mismo apóstol.
Los evangelistas sólo nombran a Bartolomé en la lista de los apóstoles, que creemos identificado con el Natanael que nace en Caná de Galilea y que el apóstol Felipe presenta a Jesús. […]
Misión Evangelizadora
Según la tradición, más o menos consistente, después de la Ascensión del Señor, a Bartolomé se le atribuyen largos viajes en misión predicando el Evangelio en la India, tal vez también en Frigia y Armenia, etc. En el siglo II, Panteno, fundador de la Escuela Catequética de Alejandría, en un viaje por el Oriente descubre el apostolado de San Bartolomé; y trae como recuerdo del apóstol, un ejemplar en arameo del primer Evangelio, el Evangelio de Mateo.
San Bartolomé confirma con su vida apostólica el cumplimiento de las palabras de Jesús: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación, El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea, se condenará”. (Mc 16, 15-16), como dice Mateo: «Id y haced discípulos a todos los pueblos (28, 19). De este modo, Bartolomé encara el camino y el futuro entre diáspora y cercanía, entre universalidad y amistad, entre palabra y gesto, entre esperanza y riesgo.
Por y con la experiencia de la Resurrección del Señor, los apóstoles son hechos testigos de la fe y misioneros de la buena noticia, aventureros de la mejor ventura. Bartolomé, con la misma franqueza con la que aparece en el diálogo-alabanza con Jesús, debió lanzarse por los caminos del mundo anunciando a su 'Rey de Israel» que es el Resucitado, esto es, que lo imposible es posible, c***o la fe esperanzada y amorosa, esperanzante y amante, será creer lo increíble, esperar lo inesperado y amar a aquellos que son considerados menos amables.
Misión evangelizadora también para nosotros o cómo ser narración de la vida de Dios, del Dios-Amor para el mundo. Ésta es siempre la cuestión y el reto. La invitación: Jesús proclama e interpela a la mente. Tras resucitar, su proclama se toma vivencia e interpela a la vida. Y se hace experiencia y misión de amor contagioso y vivificador. El compromiso: cómo lograr que nuestra vida sea una visibilidad llamativa, testimonial, del amor operativo de Dios. […]
Martirio por el Evangelio
No está claro el género de martirio que sufrió San Bartolomé: ¿crucifixión, decapitación, desollamiento? Pero sí que su vida y apostolado fueron coronados por el martirio.
Los apóstoles recibieron de Jesucristo la misión de ser testigos «en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8), para que todos los hombres y los pueblos «encuentren en la Iglesia el sacramento de la salvación» (oración colecta). El ministerio apostólico es testimonial y martirial.
Ser testigo fiel abre las puertas al martirio, pues es prueba de un Dios que no abandona nunca a su pueblo, del Jesús pastor que no deja el rebaño ante la dificultad, de un Dios Amor que prueba cada día el amor, dando la vida por los amigos, por el mundo. Mártir es aquel que vive en sintonía existencial con Cristo vivo, que pone a Cristo y a su Reino como núcleo central de su vida. La muerte violenta es el coronamiento de su vida. […]
La misión evangelizadora lleva inherente el paso por la cruz, la proclama de que uno solo es el Señor, contra idolatrías e idólatras; la proclamación de la paternidad de Dios y de la fraternidad universal, contra atropellos e injusticias, marginación y exclusión, lleva también a exponerse a la pasión y muerte y a dejarse la piel en el empeño. El arte se ha complacido en pintar vivamente el martirio de San Bartolomé, simbolizándolo con una piel de desollado sobre el brazo y con el cuchillo del verdugo. Despojarse y «despellejarse». El apóstol se sacrifica por los demás y así consagra su vida. Se expropia a favor del otro y de los otros, a causa del Señor Jesús y como él, y por este «vía crucis» llega a la corona de la gloria. […]
Dejarse la piel será siempre una expresión de elocuente y generosa dedicación al trabajo, a la familia, a la misión. Cosa bien distinta significará quitar la piel a alguien o desollarle vivo. Así como, a causa de la tradición del desollamiento, a San Bartolomé se le atribuye el patrocinio sobre las enfermedades de la piel y sobre algunas profesiones emparentadas con su especial martirio, bien podría interceder para que el amor fraterno de palabra y de obra pase siempre por dejarse la piel en la entrega y nunca por quitarla a nadie.
Tras diversas peripecias, las reliquias habrían arribado a Roma, donde se las venera en la isla del Tíber. Vicisitudes y peripecias que no deben distraernos de lo fundamental: su mejor reliquia es su vida y su muerte, hechas evangelio. Para ello, en la liturgia latina celebramos su recuerdo festivo el 24 de agosto.
Bartomeu Bennássar
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AVISOS

Del 11-17 de Noviembre viene el Papa al Perú
E El Jueves próximo, a las 7 pm, tendremos consejo parroquial. El tema es la aplicación de las recomendaciones de la Visita Pastoral.
En Santa Rosa, el día 30, celebraremos la misa de la patrona a las 12. No habrá misa de 7.30 am.
DEL 28 AL 30 DE AGOSTO, RETIRO DE PROMOCIÓN CATÓLICA DE MUJERES..

24 AGOSTO 2026San Bartolomé, apóstolAño toribiano.Parroquia Santa María de la ProvidenciaPrimera LecturaLectura del libr...
24/08/2026

24 AGOSTO 2026
San Bartolomé, apóstol
Año toribiano.
Parroquia Santa María de la Providencia

Primera Lectura
Lectura del libro del Apocalipsis (21,9b-14):
El ángel me habló así: «Ven acá, voy a mostrarte a la novia, a la esposa del Cordero.»
Me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. Brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido. Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel. A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y a occidente tres puertas. La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero.
Palabra de Dios

Salmo
Sal 144,10-11.12-13ab.17-18
R/. Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R/.
Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y la majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R/.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.

Segunda Lectura
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Juan (1,45-51):
En aquel tiempo, Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.»
Natanael le replicó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?»
Felipe le contestó: «Ven y verás.»
Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.»
Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?»
Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.»
Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»
Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has ver cosas mayores.» Y le añadió: «Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»
Palabra del Señor
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Cuando estudiaba “De fide per ecclesiam” recuerdo que se decía que la infalibilidad de la Iglesia no afectaba a las decisiones pastorales. Éstas podían ser erróneas, e injustas, o falibles y exageradas.
Por eso debemos orar unos por otros. Para que Dios nos consuele, ayude y conceda paz y esperanza.
Una cosa es que Dios todo lo conduce al bien de los que le aman, y otra cosa distinta es que el hombre no se equivoque en lo que dice o hace.
Dios no es responsable de nuestros pecados, ni de nuestros errores, aunque sepa sacar el bien de nuestro mal.
Hoy, día de San Bartolomé, lo primero que salta a la vista, en el Evangelio es que Bartolomé se equivoca al decir “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”
El prejuicio le dificulta la escucha de la verdad.
Sin embargo, Jesús, de Bartolomé, dice: “Ése sí es un israelita de verdad en quien no hay engaño”.
Bartolomé se equivoca, Jesús no.
Pero, ante la verdad, Bartolomé reacciona con la fe.
Bartolomé llega a la fe por un detalle simplemente, porque Jesús le dice que cuando estaba bajo la higuera le vio. Bartolomé sabe reconocer sus errores. Y grita entusiasmado que ha llegado en Cristo la salvación del mundo.
No es fácil reconocer los propios errores.
La maldición del chisme consiste en dos puntos:
El primer punto por el que el chisme es malo está en que no sabemos todo,y, por eso, si no es necesario juzgar, no lo debemos hacer. Y, en segundo lugar, en que es mejor no juzgar porque lo solemos hacer sin caridad y siguiendo prejuicios, casi siempre invisibles para nosotros. Como en el caso de Bartolomé sobre Nazaret.
El que acierta es Felipe, que, ante el prejuicio de Bartolomé, le contesta: “Ven y lo verás”.
Sabe que su amigo, ante la realidad, va a tener la hidalguía de arrepentirse. Y así fue: “¡Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel!”
El Rey Felipe II arrinconó en una especie de destierro al mejor general del mundo, al duque de Alba. Tenía sus motivos. Era un hombre duro y podía equivocarse en sus decisiones. Mas cuando tuvo que defender sus derechos al trono de Portugal lo sacó de su destierro. Reconoció su error. Y el súbdito, humildemente, volvió a servirle.
Ojalá fuéramos todos tan honestos como el Rey Felipe y tan humildes.

César Buendía

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LA PALABRA DEL PAPA
Natanael, en la escena de vocación narrada por el evangelio de san Juan, está situado al lado de Felipe, es decir, en el lugar que tiene Bartolomé en las listas de los Apóstoles referidas por los otros evangelios. A este Natanael Felipe le comunicó que había encontrado a "ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús el hijo de José, el de Nazaret" (Jn 1, 45). Como sabemos, Natanael le manifestó un prejuicio más bien fuerte: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?" (Jn 1, 46). Esta especie de contestación es, en cierto modo, importante para nosotros. En efecto, nos permite ver que, según las expectativas judías, el Mesías no podía provenir de una aldea tan oscura como era precisamente Nazaret (véase también Jn 7, 42). Pero, al mismo tiempo, pone de relieve la libertad de Dios, que sorprende nuestras expectativas manifestándose precisamente allí donde no nos lo esperaríamos. (…) La historia de Natanael nos sugiere otra reflexión: en nuestra relación con Jesús no debemos contentarnos sólo con palabras. Felipe, en su réplica, dirige a Natanael una invitación significativa: "Ven y lo verás" (Jn 1, 46). Nuestro conocimiento de Jesús necesita sobre todo una experiencia viva: el testimonio de los demás ciertamente es importante, puesto que por lo general toda nuestra vida cristiana comienza con el anuncio que nos llega a través de uno o más testigos. Pero después nosotros mismos debemos implicarnos personalmente en una relación íntima y profunda con Jesús. (Benedicto XVI - Audiencia general, 4 de octubre de 2006)
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Hoy celebramos la fiesta del apóstol san Bartolomé. Es uno de esos apóstoles que se han quedado un poco en la zona gris del grupo, de los que no sobresalen. Ni siquiera el nombre lo tenemos claro porque damos por supuesto que el Bartolomé de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) es el que aparece con el nombre de Natanael en el evangelio de Juan, ya que en este no aparece ningún Bartolomé entre los apóstoles. Esto no es un problema. La mayoría de los cristianos estamos en ese grupo de los grises. Nuestro nombre no va a pasar a la historia. Pero eso no significa que no hayamos sido fieles discípulos de Jesús, que su presencia arrolladora no nos haya deslumbrado y dejado marca en nuestras vidas. Con nuestras limitaciones, con nuestras miserias, pero ahí estamos, fieles y leales.
Quizá porque ha habido algún momento en nuestras vidas como el que nos narra el texto evangélico de hoy: el primer encuentro de Natanael con Jesús. Es un relato un poco confuso. Da la impresión de que Natanael estaba buscando algo. Así se entiende que Felipe le señale a Jesús como la posible respuesta a las inquietudes de Natanael. Sus inquietudes no significan que esté dispuesto a creer al primer predicador que se le pase por delante. Parece que los orígenes de Jesús no le convencían de entrada.
Pero se produce el encuentro y la impresión que nos deja el relato es que Natanael queda deslumbrado. Algo le llega de tal modo al corazón y a la mente, que no puede más que reconocer en Jesús al Hijo de Dios. Y a partir de ahí, entendemos que todo cambió en la vida de Natanael. No digo que se le fueran todas las preguntas y las dudas. No digo que fuese el mejor de los apóstoles. También él salió corriendo en el momento de la cruz. Pero volvió y fue fiel. Y dedicó su vida a anunciar el reino y a hablar de Jesús.
Quizá sería bueno que dedicásemos un momento a revivir aquel primer encuentro o primeros encuentros con Jesús. Aquel que nos llevó a ir más allá de pensar en el pecado o en la salvación para descubrir que vale la pena tratar de seguir a Jesús, de actuar como él, de hacer presente el amor de Dios en nuestro mundo.
Fernando Torres, cmf
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“La muralla de la ciudad tenía doce cimientos”
En la fiesta de san Bartolomé apóstol se presenta, en primer lugar, un texto tomado del Apocalipsis, el último libro de la Biblia y se cree que fue compuesto cuando finalizaba el siglo I. Su género literario contrasta con los demás que se utilizan en el Nuevo Testamento, pero persigue el mismo objetivo que los otros: acercarnos la figura de Cristo, como centro de la historia y plenitud de la vida celestial.
De manera alegórica se presenta al Cordero, Jesús, que se inmoló en su muerte y es cabeza de la Iglesia glorificada, su esposa, que ha alcanzado ya la plenitud de la vida eterna. Hacia esta culminación se invita a dirigir una mirada de fe. Esta se aclara con el apoyo de la revelación. Lo que existe en la eternidad se fragua en la temporalidad en la que el Señor se introdujo con su encarnación. Entre lo terreno y lo celestial hay una fluida comunicación.
Quienes formamos parte de la Iglesia peregrina tenemos posibilidad de una verdadera comunicación con la Iglesia celestial, en la que brilla toda la plenitud. «Resplandece como piedra de jaspe cristalino». La comunicación es siempre a través de Cristo, de los justos del Antiguo Testamento, los apóstoles del Cordero, los santos y, en una palabra, de la totalidad de la Iglesia militante que lucha con nosotros y forma un todo con la Iglesia triunfante, o en vías de serlo en plenitud.
“Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado”
El texto evangélico trata del encuentro con Cristo de parte de dos apóstoles, Felipe y Natanael. El primero condujo a Natanael o Bartolomé, porque los dos nombres se utilizan para un mismo sujeto. Se trataba de dos personas versadas en el Antiguo Testamento, que todo él se desarrolla hacia un punto central: el Mesías que llegará.
Los devotos judíos frecuentaban la sinagoga que, además, estaba repartida por el mundo al servicio de los hebreos de la diáspora. En estos recintos de paz, oración lectura, cánticos, interpretaciones autorizadas, se reflexionaba, por encima de todo, del Salvador de su pueblo que llegaría.
Felipe y Bartolomé eran, no solo asiduos del lugar del encuentro común, sino discípulos aventajados que profundizaban en el sentido pleno de las Escrituras. Descubrieron con prontitud los rasgos de identidad del mesías en Jesús de Nazaret.
Se trataba de una figura hasta poco antes sumergida en el silencio, llevando una vida ordinaria en el hogar de José y María, humilde, obediente, abierto a todos, sin pretensiones políticas, muy centrado en la adoración de los designios de Dios y sediento de comunicar el camino que conduce a la vida. De Dios procedía por la mediación humana de María y el cuidado de José. A Dios conducía desde la vida temporal, pero conectada con la eterna como su verdadero objetivo.
Los dos apóstoles tenían integrado en su esperanza a un Mesías lleno de bondad, aún más, la plena bondad. La bondad en la antigüedad judía se atribuye a Dios, que es rico, grande en este atributo, lo muestra y con ella guía al pueblo rescatado, su mano es bondadosa, muestra su bondad en el perdón, se suspiraba por ver la bondad de Dios en la tierra de los vivos.
No es extraño que Bartolomé preguntara a su amigo Felipe: «De Nazaret puede salir algo bueno? ¿Puede la bondad de Dios estar encerrada en un pueblo? Pero Felipe invitó a Bartolomé a comprobarlo: «Ven y verás». Pudo experimentar que Jesús lo conocía por dentro. Seguramente se llenó de rubor por lo que le decía: un israelita de verdad en el que no hay engaño.
Le bastó ver y hablar con Jesús para formular la más plena confesión: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Semejante confesión se llenó todavía de contenido al seguir al Maestro y anunciarlo, la tradición apunta a la India, Armenia, o zonas que bordean el Mar Negro.

Fray Vito T. Gómez García O.P.
Convento de Ntro. Padre Sto. Domingo (Torrente, Valencia)

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San Bartolomé

Fue uno de los Apóstoles de Jesús, es mencionado en los tres evangelios sinópticos, siempre en compañía de Felipe. Su martirio y muerte se atribuyen a Astiages, rey de Armenia y hermano del rey Polimio a quien San Bartolomé había convertido al cristianismo

Las fiestas de los apóstoles revisten gran importancia en la liturgia y en el sentir del pueblo cristiano. La existencia, misión y martirio del apóstol (de todo apóstol) es lo que recordamos y veneramos, aunque en concreto sepamos poco de la vida de San Bartolomé.
Con toda probabilidad —aunque hay que recordar que ha habido opiniones divergentes— se trata de la misma persona que en los Evangelios es conocida con dos nombres, entonces cosa corriente. Natanael sería el nombre personal (jn 1, 45-50; 21, 2) y Bartolomé el apellido, sobrenombre o patronímico, cuyos elementos son aramaicos: Bar-Talmai, hijo de Talmai (Mt 10, 3; Mc 3, 18; Le 16, 14; Hch 1, 13). (Como ocurre con Simón Bar-Jona). Bajo dos nombres diferentes es siempre el mismo hombre, el mismo discípulo, el mismo apóstol.
Los evangelistas sólo nombran a Bartolomé en la lista de los apóstoles, que creemos identificado con el Natanael que nace en Caná de Galilea y que el apóstol Felipe presenta a Jesús. […]
Misión Evangelizadora
Según la tradición, más o menos consistente, después de la Ascensión del Señor, a Bartolomé se le atribuyen largos viajes en misión predicando el Evangelio en la India, tal vez también en Frigia y Armenia, etc. En el siglo II, Panteno, fundador de la Escuela Catequética de Alejandría, en un viaje por el Oriente descubre el apostolado de San Bartolomé; y trae como recuerdo del apóstol, un ejemplar en arameo del primer Evangelio, el Evangelio de Mateo.
San Bartolomé confirma con su vida apostólica el cumplimiento de las palabras de Jesús: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación, El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea, se condenará”. (Mc 16, 15-16), como dice Mateo: «Id y haced discípulos a todos los pueblos (28, 19). De este modo, Bartolomé encara el camino y el futuro entre diáspora y cercanía, entre universalidad y amistad, entre palabra y gesto, entre esperanza y riesgo.
Por y con la experiencia de la Resurrección del Señor, los apóstoles son hechos testigos de la fe y misioneros de la buena noticia, aventureros de la mejor ventura. Bartolomé, con la misma franqueza con la que aparece en el diálogo-alabanza con Jesús, debió lanzarse por los caminos del mundo anunciando a su 'Rey de Israel» que es el Resucitado, esto es, que lo imposible es posible, c***o la fe esperanzada y amorosa, esperanzante y amante, será creer lo increíble, esperar lo inesperado y amar a aquellos que son considerados menos amables.
Misión evangelizadora también para nosotros o cómo ser narración de la vida de Dios, del Dios-Amor para el mundo. Ésta es siempre la cuestión y el reto. La invitación: Jesús proclama e interpela a la mente. Tras resucitar, su proclama se toma vivencia e interpela a la vida. Y se hace experiencia y misión de amor contagioso y vivificador. El compromiso: cómo lograr que nuestra vida sea una visibilidad llamativa, testimonial, del amor operativo de Dios. […]
Martirio por el Evangelio
No está claro el género de martirio que sufrió San Bartolomé: ¿crucifixión, decapitación, desollamiento? Pero sí que su vida y apostolado fueron coronados por el martirio.
Los apóstoles recibieron de Jesucristo la misión de ser testigos «en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8), para que todos los hombres y los pueblos «encuentren en la Iglesia el sacramento de la salvación» (oración colecta). El ministerio apostólico es testimonial y martirial.
Ser testigo fiel abre las puertas al martirio, pues es prueba de un Dios que no abandona nunca a su pueblo, del Jesús pastor que no deja el rebaño ante la dificultad, de un Dios Amor que prueba cada día el amor, dando la vida por los amigos, por el mundo. Mártir es aquel que vive en sintonía existencial con Cristo vivo, que pone a Cristo y a su Reino como núcleo central de su vida. La muerte violenta es el coronamiento de su vida. […]
La misión evangelizadora lleva inherente el paso por la cruz, la proclama de que uno solo es el Señor, contra idolatrías e idólatras; la proclamación de la paternidad de Dios y de la fraternidad universal, contra atropellos e injusticias, marginación y exclusión, lleva también a exponerse a la pasión y muerte y a dejarse la piel en el empeño. El arte se ha complacido en pintar vivamente el martirio de San Bartolomé, simbolizándolo con una piel de desollado sobre el brazo y con el cuchillo del verdugo. Despojarse y «despellejarse». El apóstol se sacrifica por los demás y así consagra su vida. Se expropia a favor del otro y de los otros, a causa del Señor Jesús y como él, y por este «vía crucis» llega a la corona de la gloria. […]
Dejarse la piel será siempre una expresión de elocuente y generosa dedicación al trabajo, a la familia, a la misión. Cosa bien distinta significará quitar la piel a alguien o desollarle vivo. Así como, a causa de la tradición del desollamiento, a San Bartolomé se le atribuye el patrocinio sobre las enfermedades de la piel y sobre algunas profesiones emparentadas con su especial martirio, bien podría interceder para que el amor fraterno de palabra y de obra pase siempre por dejarse la piel en la entrega y nunca por quitarla a nadie.
Tras diversas peripecias, las reliquias habrían arribado a Roma, donde se las venera en la isla del Tíber. Vicisitudes y peripecias que no deben distraernos de lo fundamental: su mejor reliquia es su vida y su muerte, hechas evangelio. Para ello, en la liturgia latina celebramos su recuerdo festivo el 24 de agosto.
Bartomeu Bennássar
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AVISOS
Del 11-17 de Noviembre viene el Papa al Perú
La visita pastoral del señor Obispo es el encuentro con Dios a través de su enviado. Oremos por este encuentro.
En Santa Rosa, el día 30, celebraremos la misa de la patrona a las 12. No habrá misa de 7.30 am.
DEL 28 AL 30 DE AGOSTO, RETIRO DE PROMOCIÓN CATÓLICA DE MUJERES.

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