27/04/2026
Los discípulos se retiran con Jesús al monte de los Olivos. Allí Pedro, alterado, afirma que jamás traicionará a su maestro. Jesús desea orar en el huerto de Getsemaní. Se siente muy conmocionado, y al mismo tiempo emocionado. La pena y el miedo le invaden. «Mi alma está afligida hasta la muerte», dice a dos de sus discípulos, «quedaos aquí y velad conmigo». Tras caminar unos pasos, Él se arroja al suelo. Reza y acaso también llora. «Padre mío», le oyen decir los dos, «si es posible, aparta de mí este cáliz. Mas no se haga mi voluntad, sino la tuya.»
He aquí uno de los textos más conmovedores e impresionantes del Nuevo Testamento. No hay que dejar de reflexionar sobre este misterio del miedo de Cristo, como han hecho los grandes de la fe.
Yo veo ahí una cierta lucha entre el alma humana y el alma divina de Cristo. Jesús ve el abismo de suciedad y de espanto humanos que ha de soportar y recorrer. Desde esta perspectiva, que trasciende con creces nuestro entendimiento —también nosotros podemos sentirnos horriblemente mal si observamos las atrocidades de la historia humana, el abismo de la negación de Dios que destruirá a las personas—, desde esta perspectiva, Él ve la espantosa carga que se le avecina. No es sólo el miedo al instante de la ejecución, es el enfrentarse al atroz y abismal destino humano que Él debe asumir.
El teólogo griego san Máximo el Confesor expuso con gran penetración este proceso: muestra cómo durante la oración del monte de los Olivos se realiza la «alquimia del ser». La voluntad de Jesús se hace una con la del Hijo y, por tanto, con la del Padre. Esta oración explicita la resistencia de la naturaleza humana, que se opone a la muerte y a los horrores que Él ve. Jesús tiene que superar la resistencia del ser humano frente a Dios. Tiene que superar la tentación de actuar de otra manera, una tentación que alcanza aquí su punto culminante. Sólo la quiebra de la resistencia se convierte en aceptación. La desaparición de la voluntad propia, humana, desemboca en la voluntad de Dios y con ello en la petición: «Mas no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Los discípulos de Jesús son un grupo muy cansado. Cuando regresa el maestro se los encuentra dormidos. Jesús se siente desilusionado. «¿Es que ni siquiera habéis podido velar una hora conmigo?», les reprocha. Cierto, está desilusionado. Y los creyentes de todos los tiempos comprueban cómo esas palabras de Jesús trascienden ese instante y recorren toda la historia de la Iglesia.
Los discípulos se duermen una y otra vez. Suele ocurrir que, mientras la causa divina arrostra el máximo peligro, los suyos duermen. Él los ha llevado consigo para que le quiten el peso de la soledad, pero al parecer a ellos no les afecta el horror del momento.
Y Cristo prosigue: «Despertad y rezad para que no caigáis en la tentación. El espíritu está pronto pero la carne es débil».
Esta cita retoma las palabras que Dios pronuncia después del diluvio: «Veo que sólo son carne, que son débiles, y necesitan indulgencia y compasión». Finalmente, su desilusión desemboca en compasión.
Judas se presenta con un numeroso grupo de hombres armados. Se dirige a Jesús y lo besa. Es la señal. Cuando los soldados prenden a Cristo, Pedro se interpone, coge su espada y corta una oreja a uno de los esbirros de los sumos sacerdotes. Jesús se limita a decir: «Guarda tu espada en la vaina, porque el que a hierro mata a hierro morirá».
Pedro quiere demostrar que su valerosa afirmación de que nunca traicionaría al maestro es cierta. Que en ese momento también está dispuesto a arriesgarse a morir. Ciertamente aprenderá enseguida que, cuando el ataque resulta infructuoso, la valentía del atacante se apaga de inmediato.
Pero sobre todo Jesús vuelve a dirigirse aquí a toda la historia: la causa de Dios, advierte, no puede ser defendida con la espada, como por desgracia se ha intentado hacer siempre. Quien pretende defender a Dios recurriendo a la violencia, ya por ese mero hecho se enfrenta a Él.
(J. Ratzinger. "Dios y el mundo").