04/09/2026
Meditación del Ps. Juan Chávez
NO DEJEMOS QUE EL ORGULLO ENTRE EN LA CASA DE DIOS
“Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.”
(Santiago 4:6)
Amados hermanos, hay algo que debemos cuidar profundamente en la Iglesia de hoy: nuestro corazón.
El orgullo puede entrar silenciosamente. No siempre se presenta diciendo: “Soy orgulloso”. A veces aparece cuando creemos que sabemos más que los demás, cuando nos cuesta recibir una corrección, cuando queremos ser reconocidos, cuando pensamos que nuestro servicio es más importante que el de otro, o cuando comenzamos a mirar los errores de los demás sin mirar los nuestros.
El orgullo nos hace querer ocupar un lugar que solamente le pertenece a Dios.
Jesús nos enseñó que en el Reino de Dios el que quiere ser grande debe aprender a servir. El verdadero liderazgo espiritual no se mide por cuánto nos reconocen, sino por cuánto estamos dispuestos a servir aun cuando nadie nos vea.
La Iglesia no necesita personas que compitan por posiciones; necesita hombres y mujeres que compitan por servir, amar, perdonar y levantar al que está caído.
Recordemos que todo lo que tenemos viene de Dios: nuestros dones, capacidades, ministerio, conocimiento, fuerzas y oportunidades. Por eso nunca debemos decir: “Esto lo hice yo”, sino reconocer: “Hasta aquí me ayudó Jehová.”
El orgullo divide, pero la humildad une.
El orgullo busca reconocimiento, pero la humildad busca agradar a Dios.
El orgullo dice: “Mírame”; la humildad dice: “Mira lo que Dios puede hacer.”
Como Iglesia, debemos examinarnos constantemente:
¿Puedo recibir una corrección sin ofenderme?
¿Puedo servir sin recibir aplausos?
¿Puedo alegrarme cuando otro hermano prospera?
¿Puedo pedir perdón aunque considere que tengo la razón?
¿Puedo reconocer que necesito crecer?
Si podemos responder afirmativamente, estamos permitiendo que Dios forme nuestro carácter.
La gloria nunca debe quedarse con el instrumento; siempre debe regresar al Autor.
Por eso, Iglesia Palabra de Vida, caminemos con humildad. No permitamos que el crecimiento espiritual, los dones, el conocimiento o las responsabilidades nos hagan olvidar de dónde venimos y quién nos llamó.
Que nuestra oración sea:
“Señor, líbrame de querer ser visto y enséñame a servir. Líbrame de querer tener siempre la razón y dame un corazón enseñable. Líbrame del orgullo y lléname de humildad.”
Porque cuando una Iglesia se humilla delante de Dios, Dios encuentra un pueblo al cual puede confiarle más de Su gloria.
Reflexión final
No necesitamos demostrar quiénes somos; necesitamos demostrar a quién pertenecemos.
Que en nuestra Iglesia no seamos conocidos por nuestros títulos, posiciones o capacidades, sino por nuestro amor, nuestra humildad, nuestro servicio y nuestra obediencia a Cristo.
“Menos de nosotros, más de Cristo.”
Ps. Juan Chávez