02/08/2026
NOVENA A SAN RUFINO DE ASÍS
(Del 2 de agosto al 10 de agosto)
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Criador y Redentor mío, por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido; pésame también porque me podéis castigar con las p***s del In****no: propongo firmemente de nunca más pecar, y de apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, y de confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta, y de restituir y satisfacer si algo debiere: ofrézcoos mi vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados; y así como os lo suplico, así confío en vuestra bondad y misericordia infinita me los perdonaréis, por los merecimientos de vuestra preciosísima Sangre, Pasión y Muerte, y me daréis gracia para enmendarme y para perseverar en vuestro santo servicio hasta la muerte. Amén.
PRIMER DÍA: La iluminación de Dios para con el hermano Rufino
FLORECILLAS:
«El hermano Rufino estaba tan absorto en Dios por su dedicación asidua a la contemplación, que se había vuelto ajeno a todo lo demás. Hablaba poquísimas veces, y aun entonces tan embarazado, que daba la impresión de que lo hacía a disgusto y por no tener más remedio. Por lo cual, ni tenía gracia para transmitir la palabra de Dios, ni valor para hablar en público.
Un día, el bienaventurado Francisco le mandó que subiera a Asís, entrara en tal iglesia, y predicara al pueblo lo que el Señor le inspirare. El hermano Rufino le replicó:
-- Padre, ahórramelo. No me envíes a eso. Bien sabes tú que no tengo gracia para hablar, y que soy simple e ignorante.
Entonces San Francisco le dijo:
-- Ya que no me has obedecido de inmediato, te mando por obediencia que subas a Asís desnudo, con solos los calzones, entres así desnudo en esa iglesia y así desnudo prediques al pueblo reunido.
Y el hermano Rufino, prefiriendo la obediencia a todo, se despojó del hábito y así, desnudo, se dirigió a Asís, entró en la dicha iglesia, y, hecha la reverencia ritual, subió al púlpito y se puso a predicar.
Los niños y los grandes empezaron a reírse, diciendo:
-- Míralos: éstos hacen tanta penitencia que pierden la chaveta.
Entre tanto, San Francisco se quedó pensando en la pronta obediencia del hermano Rufino, y en su recio mandato. Y empezó a increparse:
-- ¿De dónde a ti, hijo de Pedro Bernardón, hombrecillo vil, que mandas al hermano Rufino, que es uno de los más nobles ciudadanos de Asís, a predicar desnudo al pueblo? ¡Por Dios!, yo he de hacer que experimentes en ti lo que has mandado a otro.
Dicho y hecho. Con gran fervor, se quitó el hábito, encargó al hermano León que le acompañara llevando el suyo y el del hermano Rufino, y se encaminó a la ciudad. Los de Asís, al verlo de esa guisa, desvestido, lo miraban pasar con sonrisa burlona, pensando, como del hermano Rufino, que la mucha penitencia les había trastornado el juicio. Pero el bienaventurado Francisco fue derecho donde el hermano Rufino, el cual, en ese momento, estaba diciendo con premiosidad:
-- ¡Oh amadísimos!, huid del mundo, abandonad el pecado, devolved lo ajeno, si queréis evitar el in****no. Y guardad los mandamientos, amando a Dios y al prójimo, si queréis ir al cielo. Y haced penitencia, porque se acerca el reino de los cielos (Mt 3,2).
Y, en ese punto, San Francisco subió al púlpito. Y predicó tan estupendamente sobre el desprecio del mundo, y sobre la penitencia santa, y sobre la pobreza voluntaria, y sobre el deseo del reino celestial, y sobre la desnudez y el sufrimiento del Señor Jesús en la cruz, que todos -que habían acudido allí en gran número- empezaron a llorar y a sollozar en voz alta, y a implorar la misericordia de Dios con singulares muestras de compunción. Y aquel día hubo tantas lágrimas en Asís como nunca se había conocido con ningún sermón sobre la pasión de Cristo.
Y así, con esta edificación del pueblo, los dos se vistieron el hábito y regresaron a la Porciúncula, glorificando y alabando a Dios, porque habían logrado vencerse a sí mismos y habían mostrado el desprecio del mundo. Y, desde aquel día, los asisienses se tenían por dichosos si lograban tocar la fimbria de su vestido» (cf. Flor 30).
Quede ahí la florecilla, con su preciosa lección -aunque tan inusualmente dada- sobre las virtudes radicales del cristiano.
La cruz de la convivencia
Y pasemos a otra, en que veremos más de manifiesto la enseñanza psicológica y práctica del hermano Rufino. No que ésta fuera la única crisis grave en que le pusieron a nuestro protagonista el diablo y su idiosincrasia, y la Vida nos refiere hasta tres; la verdad es que su renuencia para identificarse con su nueva familia fue tal, que le atacó la tentación de irse por el camino de los anacoretas. Y lo intentó. En ese momento crucial vamos a conocerlo ahora. Lo transcribo de las Florecillas:
«El hermano Rufino, uno de los más nobles caballeros de Asís, compañero de San Francisco y hombre de gran santidad, fue un tiempo fortísimamente atormentado y tentado en su interior por el demonio acerca de su predestinación. Esto le hacía andar triste y melancólico, porque el demonio le hacía creer que estaba condenado y que no era del número de los predestinados a ir a la vida eterna, siendo inútil todo lo que hacía en la Orden. Como esta tentación perdurara varios días, y él no se atreviera a manifestarla a San Francisco por vergüenza, y sin omitir por ello las oraciones y las penitencias que acostumbraba, el demonio comenzó a añadirle tristeza sobre tristeza, combatiéndolo en un doble frente: con la batalla interior y con falsas apariciones exteriores. Una vez se le apareció en la forma del Crucificado, y le dijo:
-- ¡Oh hermano Rufino! ¿A qué viene macerarte con penitencias y rezos, si tú no estás predestinado a ir a la vida eterna? Créeme: yo sé muy bien a quiénes he elegido y predestinado, y no creas a ese hijo de Pedro Bernardone si te dice lo contrario. Y no le preguntes sobre esto, porque ni él ni ningún otro lo sabe, sino yo, que soy el Hijo de Dios. Créeme, pues, si te digo que tú eres del número de los condenados, y todos los que le siguen están engañados.
Al oír estas palabras, el hermano Rufino comenzó a verse tan entenebrecido por el príncipe de las tinieblas, que estaba para perder por completo la fe y el amor que había profesado a San Francisco, y ya no se cuidaba de confiarle nada. Pero lo que el hermano Rufino no dijo al santo padre, se lo reveló a éste el Espíritu Santo. Viendo, pues, en espíritu San Francisco el gran peligro en que se hallaba el pobre hermano Rufino, mandó al hermano Maseo a buscarlo. El hermano Rufino le respondió con brusquedad:
-- ¿Qué tengo que ver yo con el hermano Francisco?
Entonces, el hermano Maseo, todo lleno de sabiduría divina, entreviendo la perfidia del demonio, le dijo:
-- Hermano Rufino, ¿no sabes que el hermano Francisco es como un ángel de Dios, que ha iluminado a tantas almas en el mundo, y por medio del cual hemos recibido nosotros la gracia del Señor? Quiero absolutamente que vengas a él, porque veo claramente que el demonio te está engañando.
A estas palabras, el hermano Rufino se puso en camino para ir a San Francisco. Viéndole venir de lejos, San Francisco comenzó a gritarle:
-- ¡Oh hermano Rufino! Tontuelo, ¿a quién has dado crédito?
Llegado el hermano Rufino, San Francisco le manifestó punto por punto toda la tentación que había sufrido interior y exteriormente del demonio, haciéndole ver que aquel que se le había aparecido era el diablo y no Cristo, y que en manera alguna debía hacer caso de sus insinuaciones. Y añadió:
-- Si vuelve otra vez el demonio a decirte: "Estás condenado", no tienes más que responderle: "¡Abre la boca, y te la lleno de inmundicia!", y verás cómo huye en cuanto le digas esto; señal de que es el diablo. Y debías haber conocido que era el demonio al ver cómo endurecía tu corazón para todo bien; pues éste es su oficio. En cambio, Cristo bendito jamás endurece el corazón del hombre fiel; antes al contrario, lo ablanda, como dice por boca del profeta: Yo os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne (Ez 36,26).
Entonces, el hermano Rufino, al ver que el hermano Francisco le decía punto por punto cómo había sido su tentación, se compungió con sus palabras, rompió a llorar a lágrima viva, y cayó a los pies de San Francisco, reconociendo humildemente la culpa que había cometido ocultando su tentación. Quedó, así, muy consolado y confortado con las recomendaciones del padre santo, y totalmente cambiado para mejor. Por fin, le dijo San Francisco:
-- Anda, hijo, confiésate, y no abandones el ejercicio acostumbrado de la oración. No dudes de que esta tentación te servirá de gran utilidad y consuelo, como lo comprobarás muy pronto.
Volvió el hermano Rufino a su celda en el bosque. Y, hallándose en oración con muchas lágrimas, he aquí que vuelve el enemigo bajo la figura de Cristo y le dice:
-- ¡Oh hermano Rufino! ¿No te dije que no debes creer al hijo de Pedro Bernardone, y que es inútil que te fatigues en lágrimas y oraciones, puesto que estás condenado sin remedio? ¿De qué te sirve atormentarte cuando estás en vida, si al morir te has de ver condenado?
De inmediato le replicó el hermano Rufino:
-- ¡Abre la boca, y te la lleno de inmundicia!
El demonio, enfurecido, se fue al punto, causando tal tempestad y cataclismo de piedras que caían del monte Subasio a una y otra parte, que por largo espacio de tiempo siguieron cayendo piedras hasta abajo; y era tan grande el ruido de las piedras chocando las unas con las otras al rodar, que se llenaba el valle del resplandor de las chispas. Al ruido tan espantoso que producían, salieron del eremitorio, alarmados, San Francisco y sus compañeros para ver lo que ocurría, y pudieron contemplar aquel torbellino de piedras.
Entonces, el hermano Rufino se convenció claramente de que había sido el demonio quien le había engañado. Volvió a San Francisco y se postró otra vez en tierra reconociendo su pecado. San Francisco le animó con dulces palabras, y le mandó a su celda totalmente consolado. Estando en ella devotamente en oración, se le apareció Cristo bendito, le enardeció el alma en el amor divino, y le dijo:
-- Has hecho bien, hijo, en creer a Francisco, porque el que te había llenado de tristeza era el diablo. Pero yo soy Cristo, tu Maestro. Y, para que no te quepa duda alguna, te doy esta señal: mientras vivas, no volverás a sentir tristeza ni melancolía.
Dicho esto, desapareció Cristo, dejándolo lleno de tal alegría y dulzura de espíritu y elevación del alma, que día y noche estaba absorto y arrobado en Dios» (Flor 29).
Es la lucha del mal y del bien, entre el Ángel de las tinieblas y el Ángel de la luz, que se desarrolla dramáticamente en el corazón de cada hombre. De toda esa florecilla, lo que a mí me agrada más cada vez que la leo es esa observación psicológica del discernimiento espiritual del Pobrecillo: «En esto debías haber conocido que era el demonio: en que endurecía tu corazón para todo bien. Al contrario, Cristo bendito jamás endurece el corazón del hombre, sino que lo ablanda». Regla de oro para discernir si las raíces de nuestro corazón -y el hombre es lo que es su corazón- están sanas o envenenadas.
Pero aquí estamos mirando el caso difícil del hermano Rufino, paradigmático de cuantos sufren la convivencia como una tortura. Su terquedad -fruto de su temperamento tímido y temoso- le llevó a separarse de sus hermanos, y hasta a desconfiar del mismo San Francisco. Pero ni éste ni la fraternidad se desentendieron de él. Aquel trato fraterno comprensivo, paciente, amoroso, salvó la paz del hermano Rufino. Y puede salvar, en similares marcos existenciales, a un hijo, a un esposo, a un amigo, a una persona. Estas heridas de la convivencia, sólo un amor a toda prueba las sana: acogiendo, insistiendo, amando, y recordando que, si ese modo de ser es un pecado de la naturaleza, con el pecado se lleva el tal ya bastante penitencia; es vivir en el vence al mal a fuerza de bien, de San Pablo (Rom 12,21). Y el fruto de esta acogida evangélica llega: la terquedad se cambia en humildad; la dureza de corazón, en suavidad del espíritu; el tormento de la tentación, en el gozo de la paz. Sólo es preciso no cansarse de aplicar permanentemente, a los mismos males, los mismos remedios. El triunfo final es siempre del amor.
El beso de la paz
Ya he dicho que eso fue como en su noviciado franciscano, a los principios de su nueva vida. Pero el hermano Rufino era hombre noble de casta y de espíritu, sincero, leal, y, dentro de su timidez natural, capaz de grandes decisiones radicales. De la superación de aquel momento crucial surgió el auténtico hermano Rufino para el resto de sus días, que fueron muchos. Y se le cumplió la promesa del Señor: «Mientras vivas, no volverás a sentir tristeza ni melancolía». Y le vino miel sobre hojuelas: gracias a la libertad evangélica de la fraternidad franciscana -superadora de su tendencia al anacoretismo-, realizó en plenitud su vocación contemplativa. Dice su Vida que «se entregó de tal modo a la oración y fue tan confirmado por Dios en la elevación mística, que, por él, estaría -y muchos días estaba- sin salirse de un pequeño círculo, contemplando a Dios día y noche, si no se lo interrumpieran los hermanos». Y esa contemplación era para él paz, reposo supremo. Ese fue su carisma, y hemos visto al principio que por ahí le ponía el Pobrecillo como modelo para los demás. Por eso puede aplicársele -quizá como a ningún otro- lo que afirma Celano del mismo San Francisco: «que no sólo era todo él un hombre orante, sino un hombre hecho oración»; hasta llegar a esa hipérbole que traen unánimemente los biógrafos primitivos, y el mismo San Francisco: «que permanecía en oración hasta cuando dormía».
La verdadera contemplación -la que es «arrobamiento y no abobamiento», con la salerosa distinción de nuestra Santa Teresa- es también un termómetro alto de la santidad.
«Estando una vez San Francisco con un grupo de hermanos platicando de Dios, el hermano Rufino no se hallaba con ellos en la conversación, porque estaba contemplando en el bosque. Mientras ellos continuaban hablando de Dios, el hermano Rufino salía del bosque y pasaba a cierta distancia de ellos. San Francisco, al divisarlo, se volvió a sus compañeros y les preguntó:
-- Decidme, ¿quién creéis vosotros que es el alma más santa que tiene Dios en el mundo?
Como a coro de admiración y de cariño, le respondieron que seguramente sería él. Pero San Francisco prosiguió:
-- Yo, hermanos, soy el hombre más indigno y más vil que tiene Dios en la tierra. Pero ¿veis a ese hermano Rufino, que sale ahora del bosque? El Señor me ha revelado que su alma es una de las más santas que El tiene en este mundo. Os lo aseguro: yo no dudaría en llamarlo «San Rufino» ya en vida, porque su alma está confirmada en gracia, santificada y canonizada en el cielo por nuestro Señor Jesucristo.
Y este panegírico lo hizo más de una vez, pero nunca en presencia del hermano Rufino» (Flor 31).
Le llegó su fin beatíficamente. Se hallaban gravemente enfermos en la Porciúncula tres de nuestros primitivos: el hermano León, el hermano Rufino y el hermano Bernardo. Y éste falleció. Y el hermano León, que parecía más grave, vio en sueños una larga teoría de hermanos celestiales, que caminaban en procesión hacia la Porciúncula. Venía con ellos uno, espléndido entre todos los demás, tanto que el mirarlo ofuscaba. El hermano León preguntó a uno de la celeste comitiva:
-- ¿Quiénes sois y a qué venís?
-- Venimos a recoger el alma de un hermano, enfermo aquí en la Porciúncula, que va a fallecer pronto.
-- ¿Y quién es -siguió interrogando el hermano León- ese de los ojos tan resplandecientes?
-- Pero ¿no lo conoces? Es el hermano Bernardo de Quintaval, que a todos miraba bien, y en su humildad pensaba bien hasta de los malos, y cuanto veía de hermoso en las criaturas lo refería a su Creador.
Y la visión se esfumó en el sueño. El hermano León se lo contó al día siguiente al hermano Rufino, concluyendo con esta gozosa convicción:
-- Amadísimo, espero partir pronto hacia Dios.
Pero el hermano Rufino le replicó, con la seguridad de quien sabe bien lo que se dice:
-- Yerras, hermano, pues es mi pronta muerte y mi salvación la que te ha sido revelada.
Y se enzarzaron en una deliciosa discusión. La cerró el hermano Rufino con esta declaración:
-- Amadísimo, tú lo viste en sueños. Yo he visto y oído lo mismo estando bien despierto. Y en esa comitiva celeste figuraba también el bienaventurado Francisco, el cual me ha dicho que venían a llevarme ya con ellos. Y, al decirme esto, me ha dado sobre los labios un beso dulcísimo, que ha dejado mi boca rebosando de una fragancia maravillosa. Acércate a mí, y sentirás ese perfume delicioso.
Y el hermano León se acercó, y percibió que la boca del hermano Rufino exhalaba tal y tanta fragancia, que era como para embriagarse de placer. Y le creyó. Y el hermano Rufino convocó a todos los hermanos, les exhortó a que guardasen la pobreza y el amor mutuo, y con estas palabras se durmió plácidamente en el Señor. Sus labios quedaron sellados para siempre con el «beso dulcísimo» de la paz franciscana.
Era el 14 de noviembre de 1270, justo un año antes que el hermano León. «Lo sepultaron con gran honor y mucha concurrencia del pueblo en la basílica de San Francisco», el cuarto de los dos pares que acompañan allí al Pobrecillo de generación en generación. Aquel que estuvo en un tris de abandonarle definitivamente por aferrarse con tozudez a su temperamento, tiene ahora el honroso privilegio de que se cumpla en él la bendición de Dios a los amantes perfectos: que ni la muerte los separe.
ORACIÓN INICIAL
Oh Dios, que concediste a San Rufino de Asís la gracia de ser valiente testigo de la fe en medio de la persecución, concédenos, por su intercesión, la fortaleza para enfrentar cualquier adversidad y permanecer fieles a Ti. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Oración final:
Dios misericordioso y amoroso, te pedimos que derrames tu gracia sobre nosotros por la intercesión de San Rufino de Asís, mártir y defensor intrépido de la fe cristiana. Inspirados por su valentía y firmeza en medio de la persecución, te rogamos que nos concedas la fuerza y la fortaleza para mantenernos fieles a tu Evangelio en todo momento y lugar.
Así como San Rufino se mantuvo firme en su testimonio incluso en las circunstancias más difíciles, te pedimos que nos ayudes a superar cualquier obstáculo que se interponga en nuestro camino espiritual. Que su ejemplo de devoción y su amor por Cristo nos inspiren a vivir con coraje y determinación, proclamando tu verdad y compartiendo tu amor con aquellos que nos rodean.
Padre celestial, te pedimos que nos concedas la gracia de ser testigos valientes de la fe, al igual que San Rufino lo fue en su tiempo. Que podamos vivir de acuerdo con tus mandamientos, siguiendo el ejemplo de tu siervo fiel. Concédenos también la capacidad de perdonar a aquellos que nos persiguen o nos tratan injustamente, imitando el amor y la compasión que San Rufino demostró incluso hacia sus perseguidores.
Te encomendamos nuestras necesidades y aspiraciones, confiando en que, a través de la intercesión de San Rufino, serás nuestra guía y nuestro refugio en momentos de dificultad. Que su valentía y devoción nos inspiren a vivir vidas de santidad y servicio a tu Reino.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
LETANÍAS A SAN RUFINO DE ASÍS :
Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, Ten Piedad.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
Dios Padre celestial, ten piedad de nosotros.
Dios hijo Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.
Santa Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros.
(Respondemos a cada invocación: Ruega por nosotros)
Fiel aliado de Jesucristo, ruega por nosotros
Amado de Dios, ruega por nosotros
Imitador de Jesucristo, ruega por nosotros
Espejo de humildad, ruega por nosotros
Maestro de dulzura, ruega por nosotros
Santo celebrado en el onceavo día del octavo mes del año, ruega por nosotros
Laborador de los servicios del Señor, ruega por nosotros, ruega por nosotros
Elegido de Dios, ruega por nosotros
Guía en los caminos de Dios, ruega por nosotros
Columna de la Iglesia, ruega por nosotros
Consuelo de los que mueren, ruega por nosotros
santo de las lágrimas, ruega por nosotros
santo del pudor, ruega por nosotros
santo patrono de los anacoretas, ruega por nosotros
santo patrono de los que sufren tentaciones mentales, ruega por nosotros
santo de las penitencias, ruega por nosotros
santo iluminado, ruega por nosotros
santo que tuve el privilegio de ver a Cristo en la Tierra,ruega por nosotros
Amigo íntimo de todos los santos y de la Virgen ahora en el Reino celestial, ruega por nosotros
Gozo nuestro, ruega por nosotros
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, perdónanos Señor
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, escúchanos Señor.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
V. El Señor lo amó y lo engalanó.
R. Lo vistió con vestidura de gloria.
Oración: Despierta señor, en tu Iglesia, el Espíritu al cual sirvió Nuestro santo Franciscano San Rufino de Asís, para que llenos de él, busquemos amar lo que él amó, y poner por obra lo que él enseñó.
Por Cristo Nuestro Señor. Amén.
PETICIONES:
*Por la salud y buenas energías de su devoto Alexander Roger Ramírez Melgarejo, para que todo le vaya bien en su vida, y sea un hombre feliz, roguemos al Señor, te lo pedimos Señor✝️En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén