27/11/2025
https://www.facebook.com/share/p/19drMiNC98/
De niño crecí en una casa donde la fe estaba en cada día. Mi papá era predicador, mi abuelo también, y yo pasaba los domingos escuchando himnos y leyendo historias de la Biblia. Amaba el arte, el teatro, las carreras en la escuela, y soñaba con crear algo grande. Nunca imaginé que ese amor por el escenario me llevaría tan lejos.
Al hacerme adulto descubrí el rock, la música y los reflectores. Con mis amigos formé una banda que llegó a ser conocida como “Alice Cooper”. El personaje creció más rápido que yo. Un día desperté y ya era famoso. Giras, aplausos, maquillaje, luces. Pero lo que nadie veía era lo que pasaba cuando todo se apagaba. Por dentro me sentía desconectado, cansado y atrapado en hábitos que me estaban haciendo daño.
Lo que al principio parecía parte del “ritmo del show” terminó convirtiéndose en una rutina que ya no podía controlar. Mi cuerpo empezó a resentirlo. Mi matrimonio se dañó. Mi mente estaba agotada. Una noche pensé que mi historia ya no tenía futuro. No había público, no había escenario. Solo yo, mi dolor y el miedo por lo que podía pasar conmigo.
Y fue ahí, en ese silencio que pesaba, donde salió una oración que no hacía desde niño: “Dios, si eres real… ayúdame”. No fue religiosa. Fue sincera. Y Dios la escuchó.
Comenzó entonces mi regreso. Solté lo que me estaba destruyendo por dentro. Busqué ayuda. Restauré mi matrimonio. Volví a la Biblia que había conocido desde pequeño. Volví a la iglesia, no como artista, sino como alguien que necesitaba misericordia. Un día mi pastor me dijo algo que cambió mi vida: “Dios no se equivocó contigo. No dejes tu don. Úsalo para bien”.
Y eso hice. Desde entonces he aprovechado cada escenario y cada oportunidad para hablarle a otros de Jesús. He regalado Biblias a personas que no tenían esperanza y he buscado alcanzar a jóvenes que, como yo, estuvieron perdidos pero sé que pueden regresar a casa. Ya no subo al escenario desde un lugar oscuro. No necesito presión ni hábitos dañinos para hacer lo que amo. Ahora sé quién soy. No soy un personaje. Soy un hijo amado.
Llevo décadas viviendo con claridad. Tengo una familia restaurada. Leo la Biblia cada mañana. Sirvo a jóvenes que buscan sentido. Y cada vez que hablo con alguien que se siente perdido, les digo esto: si Dios pudo rescatarme a mí, también puede levantarte a ti.
A veces el cambio empieza con una oración sencilla, dicha en un susurro, pero escuchada en el cielo con toda claridad.