15/02/2021
UN ROBO SACRÍLEGO: EL TEMPLO ES DE MI PROPIEDAD
POR: EDUARDO LUZA PILLCO
Entre tantos papeles viejos que guarda el Archivo Arzobispal del Cusco, hay uno, en que da cuenta de un robo sacrílego ocurrido en el pueblo de Alca, el documento interesa, por el día en que ocurrieron los hechos. A continuación les relato lo acontecido.
El viernes 10 de abril de 1857, el pueblo de Alca, recordaba la muerte de Jesucristo. Como era costumbre, la población se dio cita en el templo, para dar inicio a los preparativos de Sábado de Gloria, todo el día los parroquianos (indios, mestizos, españoles) del pueblo, iban arreglando y limpiando el templo. Ese día, la población recordaba el descendimiento de la Cruz. Era el parasceve, era el Viernes Santo, fecha en que los pobladores alqueños, demarraban lágrimas viendo al redentor. Con este motivo en el templo se acostumbraba exhibir el Crucifijo en la nave principal del templo, también se observaba todos los aparatos del martirio de Jesús, casi al finalizar de la actividad, el párroco del templo, recitó al pueblo que se hallaba en el templo, junto a los cantores, los maitines.
Al escuchar el oficio religioso (maitines), la feligresía comenzó a entrar en llanto, no había pupilas de los ojos que no estuvieran humedecidos, mujeres, hombres, ancianos, niños, entraban en una crisis de llanto. Más aún cuando se comenzó a rezar el miserere, todos pedían perdón por sus pecados, el templo estaba en penumbras, muchos fieles comenzaron a lastimar sus cuerpos con unos azotes que habían traído y que el párroco previamente los había bendecido, otros ajustaban el silicio que traían alrededor del estómago o en los muslos, la gente bramaba de dolor, caían rendido al pie del crucifijo, era un espectáculo desgarrador.
Allí estaba Cristo, el Dios de Israel colgado de una cruz, observando mudo todo lo que acontecía. Después de un momento, encendieron las velas, y el templo se iluminó por completo, algunas personas yacían en el suelo, mientras que otros estirados en los bancos del tempo gemían.
En medio de la confusión provocada por el llanto de los asistentes, se escucharon un par de disparos, esto generó más confusión, todos se callaron, el párroco se arrodillo detrás de la mesa de sacrificio, nadie sabía lo que pasaba, cuando de pronto irrumpieron en el templo más cincuenta montoneros, todos armados con pistolas, unos cuantos a caballo, gritando ¡¡¡Cristo Vive!!!, cuatro de los asaltantes, subieron al presbítero y cogieron todas las piezas de oro que estaban sobre la mesa, uno de ellos alcanzó a darle un golpe en la cabeza al cura que no atinó a decir solamente ¿perdónalos porque no saben lo que hacen”, una vez con el botín en un bolsa salieron en estampida haciendo disparos.
El párroco, se puso de pie y a trompicones intentó alcanzar a los facinerosos, el intento fue en vano, al llegar a la puerta cayó desmayado, el violento golpe que recibió más el ayuno que había realizado todo el día colaboraron en el desvanecimiento de cura. Los parroquianos acudieron al sacerdote, le hicieron beber un poco de aguardiente, y cuando reaccionó solo decía que fue Aybar, Antonio Aybar.
Después de unas horas cuando la calma había retornado el cura sentado en una banca les dijo que había reconocido a Antonio Aybar, quién unos meses antes estando borracho, había blasfemado indicando que el templo era de su propiedad y que podía entrar cuando se le pegara la gana.
Después del acontecimiento nunca más se le volvió a ver por el pueblo a Antonio Aybar.