24/01/2026
“Quien carga su propia cruz no tiene manos libres para aplaudirse a sí mismo.”
Queridos Jóvenes, seguir a Cristo no es un camino de reconocimiento humano, sino un llamado a la entrega diaria. Nuestro Señor Jesús nos dijo con claridad:
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23).
Cargar la cruz significa renunciar al orgullo, al deseo de ser vistos y a la necesidad de exaltarnos. Cuando las manos están ocupadas en sostener la cruz, no quedan libres para la vanagloria. El discípulo verdadero no vive para su propia gloria, sino para la gloria de Dios.
La Palabra nos enseña que la exaltación no proviene del esfuerzo humano, sino de Dios:
“El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mateo 23:12).
Por eso, la vida cristiana es una escuela de humildad, donde Dios forma nuestro carácter a través de la obediencia y, muchas veces, a través del sufrimiento.
El apóstol Pablo comprendió esta verdad cuando declaró:
“Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gálatas 6:14).
Cargar la cruz no nos hace menos, nos hace dependientes de Cristo. Y en esa dependencia encontramos la verdadera vida, la verdadera libertad y la verdadera gloria: vivir para Él.