29/03/2026
“ TAYTA NASHA “
Por: Prof. Jorge W. Grandez López
La entrada triunfal del Divino Nazareno a Jerusalén, marca el inicio de la Semana Santa, festividad que celebra la cristiandad con diversas manifestaciones basadas en el relato bíblico y la tradición popular con visos de originalidad en cada lugar, festividad que en Chachapoyas se configuró definitivamente con la presencia de la imagen quiteña de Nuestro Señor desde el año 1859.
La imagen de Jesús Nazareno, ingresó a la ciudad junto con su Mama Asunta, al compás de danzas típicas, bailes de payas y cánticos de alegria, para entronizarse en la Iglesia de indios de Santa Ana, tradición inalterable en sus esenciales aspectos que aún recuerdan las personas de ochenta años, así como el chaparrón mañanero que anuncia el corte de las palmas en los lugares pantanosos de la provincia, iniciándose el inmediato traslado en larga y dificultosa travesía hacia la ciudad por una recua de asnos, para ser depositada en un lugar seguro del templo hasta la alborotada distribución del sábado por la tarde.
En la tarde de la víspera, en el atrio se exhibían los votos, cada vez de mayor tamaño por sus aumentos incluyendo a los animales de corral vivos, esperando la entrega a los nuevos mayordomos los que son evaluados para garantizar su exacta devolución el siguiente año. Antaño, al fondo de la Iglesia, las niñas pequeñas ultimaban sus ensayos para tirar pétalos de flores al Señor durante el recorrido procesional. La banda de música deleitaba con sus sones populares a la cada vez más gruesa concurrencia. A las cinco de la tarde “Tayta Nasha” luciendo su mejor atuendo era depositado en su sillón para recibir adoración custodiado por sus cholos y chinas esperando hasta las siete para rezarlo con loas alusivas, dirigidas por el capellán con el alegre y continuo detonar de cohetes de golpe y los destellos multicolores de los cohetes de luz. Concluido el ritual se quemaba el castillo y los cholos encargados de la vigilancia cerraban las pesadas puertas de la iglesia.
El Domingo de Ramos la gente madrugaba para asistir a la misa de bendición de palmas y olivos por el capellán revestido de rojo, símbolo de jolgorio triunfal. A la una de la tarde causaba alboroto la llegada del tierno burrito pulcramente oloroso para ser enjaezado en vistoso correaje de fina platería. El pollino estaba en ayunas solo alimentado con doce bizcochos de buen tamaño representando a los apóstoles. Dicen que al comer el último, se atragantó: era Judas Iscariote, el traidor.
A las tres, salía la procesión bajo palio con dirección a la Catedral a los acordes de la marcha “El Pariachi” - marcha triunfal que identifica a esta devoción - con largas paradas en las esquinas para recibir los frescos pétalos de flores que le tiraban las niñas. Nuestro hermoso “Nasha” confundido dentro de la multitud repartía bendiciones con la expresiva mirada de sus negros ojazos mirando al horizonte, meditando: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, el que me sigue nunca morirá”.
Concluido el acto litúrgico el divino Jesús regresaba a su templo con el fondo dorado del atardecer, esperando el trágico amanecer del Lunes Santo representado en la compostura de la oración del huerto de Getsemaní para beber el cáliz de la amargura de la pasión, entregando su cuerpo y alma a la humanidad, que no supo comprender la dimensión de su mensaje que cambió la faz del mundo terrenal, cumpliendo todo lo narrado en las sagradas escrituras desde el primer día de la creación.
Fotografía: Salida procesional de Jesús Nazareno en el atrio de Santa Ana. Toma restaurada, aproximadamente de la década de 1940.