La hermosa y legendaria huamanga, linajuda de antaño de hidalgo y nobles hispanos cuyas almas han quedado palpitantes en sus Templos y casa, en sus calles y sus plazas, en sus artes y cantares, ostentan un secular Monasterio de la Orden de Santa Clara, que desde pretéritos días es jardín de nobleza y virtud, jardín admirable que dio preciadas flores cuyas fragancias trascienden a través de los sig
los hasta nuestros días de constantes inquietudes. Allí escondidas a los ojos del mundo falaz, las vírgenes y la belleza viven alimentadas de célico amor. En sus severos claustros, sus nidos fueron a colgar níveas palomas de escogidos hogares, desde las Antillas y Arica, desde Lima y el Cusco volaron ansiosas a morar a este divino palomar. Aún en nuestros días, como antes, purísimas doncellas le ofrendan sus vidas en aras de su vocación religiosa. Ni la peregrina hermosura de las hermanas Oré Díaz, que fueron las voluntarias prisioneras de aquella cárcel de virtud, mi los raros funerales del noble y fervoroso Don Antonio de Oré, padre de ellas, que fundó el Monasterio el año 1571; ni la milagrosa mina de oro de Canaria con que se hicieron las construcciones, admira y embarga tanto como la portentosa efigie de Jesús Nazareno de dicho Monasterio toda la tienen por tesoro más preciado. Él atrae irresistiblemente la mirada de todos los fieles. Él ha ganado el afecto de todos los corazones. A él acuden los afligidos a pedirle consuelos, los necesitados a demandarle remedios, Los enfermos y desgraciados derraman a sus pies mares de lágrimas doloridas y extienden sus brazos hacia su inclinado cuello que afanosamente sostiene la Cruz. Junto a él se ve frecuentemente escenas conmovedoras. Sorprendí que una madre le hacía entrega de tres criaturas de crespa cabellera, buscando su amparo a causa del criminal abandono de su padre; lloraba esa madre y sus hijos también lloraban con sus manecitas juntas que semejaban azucenas enlazadas. Los Ayacuchanos por mas lejos que se vayan jamás de él se olvidan. Yo que esto escribo, por mi tengo bien sabido que para sus fiestas que duran cuarenta y dos días, militares, políticos, damas, caballeros y obreros mandan dinero a sus familiares o amigos para que se le ofrezca solemnes oraciones y Misas a su intensión. Es tan milagroso, es tan atrayente, que no hay quien no tenga una fe segura, una fe ardiente. El día que bajan de su camarín de cedro dorado para sus solemnes novenas en el Altar Mayor y de su valiosa urna de cristales para su procesión, tocan su divino rostro y sus manos con pedazos de algodón absorbente para aplicarlos a las heridas y llagas, además cuentan que hay muchos casos en que las úlceras incurables han cicatrizado a su contacto, en poco días. ¡Cuantas maravillas Dios puede obrar cuando conviene, valiéndose de cosas pequeñas, allí donde arde una fe pura y firme! la efigie de Jesús Nazareno es de tamaño natural, con el pecho descubierto lleno de llagas, el cuerpo inclinado a la izquierda en actitud supremo de sostener la Cruz pesada que le rinde, su rostro un tanto volteado al mismo lado, es pálido y expresivo de inmenso dolor, amoratado y salpicado de sangre que baja de sus sienes a las que oprime tosca corona de espina; su nariz afilada como de moribundo, sus pómulos casi salientes y con llagas, sus mejillas hundidas como se hunden con los sufrimientos, su ondulada cabellera que cuelgan por sus hombros junto con un grueso cordel que ata su cuello. Su boca entreabierta en ademán de hablar como pidiendo compasión o una gota de agua para la sed que devora su garganta; y sus ojos ¡Ay, sus ojos! son temibles ¿Quién soporta un solo instante su mirada? ¿Quién no se rinde y se conmueve por mas endurecido que sea? Su mirada no es de misericordia sino de reproche amargo; no es del padre amoroso, sino del Juez severo, por esto no la buscan, la temen. ¡Cuantos malos hombres se han convertido con solo su mirada; de estos conozco a varios! Los primeros miércoles de todos los meses del año el capellán del Monasterio predica sus pasajes de dolor; son días de Retiro de la Hermandad de Señoras y de Caballeros de Jesús Nazareno. Desde la noche del miércoles de Ceniza hasta el miércoles Santo el templo reboza de fieles: después del sermón en la noche sale la imponentísima Procesión recorriendo por las calles hasta la Plaza de Armas, en una de cuyas esquinas cerca del Palacio Municipal se reconstruye el conmovedor encuentro con su Santísima Virgen Madre en medio de música y cantos que hacen llorar el alma. Para la procesión trasladan la imagen al Monasterio el Lunes Santo, recibiéndolo en las puertas las Monjas y vuelve a salir el día siguiente elegantemente revestido y alhajado, es de ver entonces la vehemencia de señoras y caballeros para basarla, siquiera para tocarle la túnica. De esa traslación al interior de la casa monacal se valen las gentes sencillas y los niños para decir ingenuamente que las Monjas le afeitan, le peinan y arreglan las barbas del Señor crecidas durante el año. Tiene un camarín propio de cal y piedra con un arco elevado. Para construirlo habrían desatado la porción que ocupa la pared del templo, el lado Este, porque fue edificado mucho antes, el año 1578. Se dice que el Camarín fue edificado allí con la intención de que constantemente la preciosa Imagen, mirará a Julcamarca donde se efectuó el prodigio de su aparición y de que las Religiosas le contemplarán siempre desde la Tribuna. A la venerable Madre Inés de la Encarnación la cuarta de las de las fundadoras del Monasterios, le había hablado el Señor repetidas veces desde su Camarín, cuando ella oraba en dicho lugar. ¿Dónde y quién hizo tan linda imagen?¿Como llego a la ciudad de Ayacucho?